1094.

Este pasado sábado, el suplemento cultural del periódico ABC publicaba una encuesta entre un nutrido grupo de escritores españoles. La pregunta que se les formulaba versaba sobre los libros que más les gustaban. El resultado fue la victoria de tres títulos: El Quijote, la Ilíada y la OdiseaAl terminar la lectura del artículo donde se recogían esos datos, me sentí tremendamente orgulloso al pensar lo afortunado que soy de poder acceder a los textos originales de esas tres obras fundamentales de la literatura universal.

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1088.

Conocías el mito cuando lo releíste en Nietzsche. El rey Midas preguntó a Sileno qué era lo mejor para el hombre. La respuesta fue que no haber nacido; pero, una vez en este mundo, trasponer pronto las puertas del Hades. Encontrado en El nacimiento de la tragedia cobró una envergadura que se te había pasado anteriormente. Iluminó en aquellos años de tu adolescencia un rincón de la mentalidad helénica, que es como decir de la naturaleza humana, hasta entonces en la sombra para ti. No obstante, la segunda parte de la sentencia te resultaba extraña. Una vez que el ser humano entra en el existir, la vida lo atrapa con todos sus tentáculos y lo envuelve en sus cantos de sirena de tal modo que salir de su abrazo se vuelve doloroso. Las ilusiones, los compromisos, los escasos placeres, los apegos hacen que, aun cuando seamos conscientes de la futilidad de la vida, ésta mantenga su dominio sobre nosotros. Sólo los suicidas se liberan de sus engañosos, pero eficaces sortilegios. Te quedas, de este modo, exclusivamente con la primera parte de la respuesta de Sileno.


1086.

Te encuentras con este pasaje releyendo las Historias de Heródoto. A veces, la clarividencia se hace un puesto en la niebla de la existencia.

[1] (…) Τραυσοὶ δὲ τὰ μὲν ἄλλα πάντα κατὰ ταὐτὰ τοῖσι ἄλλοισι Θρήιξι ἐπιτελέουσι, κατὰ δὲ τὸν γινόμενόν σφι καὶ ἀπογινόμενον ποιεῦσι τοιάδε· [2] τὸν μὲν γενόμενον περιιζόμενοι οἱ προσήκοντες ὀλοφύρονται, ὅσα μιν δεῖ ἐπείτε ἐγένετο ἀναπλῆσαι κακά, ἀνηγεόμενοι τὰ ἀνθρωπήια πάντα πάθεα· τὸν δ᾽ ἀπογενόμενον παίζοντές τε καὶ ἡδόμενοι γῇ κρύπτουσι, ἐπιλέγοντες ὅσων κακῶν ἐξαπαλλαχθεὶς ἐστὶ ἐν πάσῃ εὐδαιμονίῃ.

[1] En el resto de las costumbres, los trausos siguen las mismas que los demás tracios, pero en lo que respecta al que nace y al que fallece entre ellos actúan de la siguiente manera. [2] Los parientes rodean al que ha nacido lamentando la cantidad de males que deberá sufrir después de haber nacido y detallando todos los padecimientos humanos. En cambio, entierran al fallecido entre bromas y goces, añadiendo la cantidad de males de los que se ha librado en medio de su total felicidad.

Heródoto, Historias, V 4.1-2.


1082.

πάντων δ᾽ ὅσ᾽ ἔστ᾽ ἔμψυχα καὶ γνώμην ἔχει
γυναῖκές ἐσμεν ἀθλιώτατον φυτόν·
ἃς πρῶτα μὲν δεῖ χρημάτων ὑπερβολῇ
πόσιν πρίασθαι, δεσπότην τε σώματος
[λαβεῖν· κακοῦ γὰρ τοῦτ᾽ ἔτ᾽ ἄλγιον κακόν].
κἀν τῷδ᾽ ἀγὼν μέγιστος, κακὸν λαβεῖν
χρηστόν· οὐ γὰρ εὐκλεεῖς ἀπαλλαγαὶ
γυναιξὶν οὐδ᾽ οἷόν τ᾽ ἀνήνασθαι πόσιν.
ἐς καινὰ δ᾽ ἤθη καὶ νόμους ἀφιγμένην
δεῖ μάντιν εἶναι, μὴ μαθοῦσαν οἴκοθεν,
ὅπως ἄριστα χρήσεται ξυνευνέτῃ.
κἂν μὲν τάδ᾽ ἡμῖν ἐκπονουμέναισιν εὖ
πόσις ξυνοικῇ μὴ βίᾳ φέρων ζυγόν,
ζηλωτὸς αἰών· εἰ δὲ μή, θανεῖν χρεών.
ἀνὴρ δ᾽, ὅταν τοῖς ἔνδον ἄχθηται ξυνών,
ἔξω μολὼν ἔπαυσε καρδίαν ἄσης
[ἢ πρὸς φίλον τιν᾽ ἢ πρὸς ἥλικα τραπείς]·
ἡμῖν δ᾽ ἀνάγκη πρὸς μίαν ψυχὴν βλέπειν.
λέγουσι δ᾽ ἡμᾶς ὡς ἀκίνδυνον βίον
ζῶμεν κατ᾽ οἴκους, οἱ δὲ μάρνανται δορί,
κακῶς φρονοῦντες· ὡς τρὶς ἂν παρ᾽ ἀσπίδα  
στῆναι θέλοιμ᾽ ἂν μᾶλλον ἢ τεκεῖν ἅπαξ.

De todas cuantas tienen aliento y juicio, las mujeres somos la criatura más desgraciada. En primer lugar, deben comprar un marido con una exagerada cantidad de dinero y tomar un dueño de su cuerpo, y ésta es una desgracia aún más dolorosa que cualquier otra. En tomar uno malo o uno bueno reside nuestra mayor agonía, porque no hay separaciones honrosas para las mujeres ni es posible repudiar al marido. Si llega a una tierra con otras costumbres y leyes, debe adivinar, puesto que no las ha aprendido en su casa, cómo servir de la mejor manera posible al marido. Si un esposo convive bien con nosotras, que padecemos estas penalidades, sin imponernos violentamente su yugo, nuestros días son envidiables; pero si no, es mejor morir. Un hombre, cuando se hastía de la convivencia con los de casa, sale fuera y libera su corazón de la aflicción dirigiéndose junto a un amigo o a un coetáneo. Pero a nosotras nos es obligado mirar a una sola persona. Dicen, razonando erróneamente, que nosotras vivimos una vida sin peligros en la casa y que ellos combaten con la lanza, ¡tres veces quisiera yo estar a pie firme con el escudo que parir una sola vez!

Eurípides, Medea, versos 230-251.


1081.

Menos mal que nadie en la manada feminista e izquierdosa sabe quién fue Eurípides, si no le habrían sometido a censura por haber escrito Medea.


1077.

Los antiguos griegos tenían dioses. Veneraban a sus dioses, les temían, les hacían sacrificios, pero con esto no adoraban al creador del mundo, al señor del Tiempo. A través de sus dioses, se adoraban a sí mismos y a sus circunstancias, a su quintaesencia en tanto que humanos, a la propia humanidad que se contempla mejor en la distancia de unos seres asentados por encima del tráfago confuso de la mortalidad.


1076.

El mérito de los antiguos griegos fue desvelar y exponer a los ojos de todos la esencia lo humano. Eso los hace eternos. Y odiosos a quienes desean, drogados por la hybris, modelar lo inmodelable.