1040.

Cada vez que un representante del pueblo habla de hacer pedagogía, devienes niño de primaria o de secundaria. En la Universidad, la pedagogía no funge.


994.

La única estrategia válida contra el neocomunismo es cegar sus vías de comunicación. Con ellos no se puede dialogar. El diálogo requiere la aceptación por parte de cada interlocutor de la razón como criterio de validación de los juicios. Una razón que se basa en los tres principios aristotélicos: el tercero excluido, el principio de identidad y el de no contradicción. Luego, la cualidad dialéctica consiste en idear y manejar recursos para demostrar que su oponente atenta contra alguno de esos tres principios. Los neocomunistas, sin embargo, como bien demuestra este artículo, no aceptan la razón como fundamento del diálogo, sino que recurren a otros dos criterios: la descalificación personal del oponente y el recurso a las emociones elementales del ser humano. Y contra estos procedimientos no hay argumentación posible. Si para rebatir sus opiniones se dice del contrario que es más feo que Picio, que es más malo que un dolor o que quiere matar de hambre a la gente, es casi imposible erigir argumentos que acudan al núcleo de las cosas para iluminarlas desde un punto de vista u otro. Hay que reconocer su habilidad política (entiéndase “política” como la técnica de obtener el poder y mantenerlo), ya que gracias a las neurociencias sabemos que los seres humanos nos movemos fundamentalmente por las emociones. Este hecho, sin embargo, no invalida la necesidad de acudir a la razón como única posible vía para establecer acuerdos. Por todo ello, el diálogo es inútil y la única opción posible es callarles y excluirles con todos los medios que la legislación vigente permite. Es el arma a su medida, porque se trata del modo en que ellos combaten a sus enemigos. Previamente al poder, intentan callar con los recursos antes descritos a sus enemigos y una vez copado el poder, crean una legislación liberticida que sustenta su eliminación total.


972.

Humilde propuesta para la nueva presidencia de la Generalidad de Cataluña:

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969.

Fascinados por la coherencia de Sócrates, la brillantez de Platón y el rigor de Aristóteles, los pensadores en Occidente han creído que la política es un saber acerca de la convivencia en el interior de la polis. Hubiera sido necesario que el resplandor de esos tres sabios no hubiera ocultado la auténtica cara del fenómeno político, una faceta que sólo supo apreciar y examinar la agudeza de Tucídides. En nuestra historia intelectual, parece que solamente Maquiavelo se dio cuenta de ese aspecto fundamental y confirió a Tucídides la relevancia que mereceía. La política no es un asunto de ordenar convivencias, sino de cómo asaltar el poder y conservarlo. Lo demás son excusas. Para saber sobre política es mejor leer a Tucídides.


934.

Uno entiende por qué la progresía odia al cristianismo. En el fondo, lo envidian y desean ocupar su lugar en los cuerpos y las almas de las personas.


917.

Arcadi Espada recoge en su página web las siguientes palabras, tomadas a su vez de un artículo del economista Luis Garicano en El País: «Los grupos divergimos, y los valores importan, esto parece indudable. En el cole de mis hijos en Holanda, los padres nos turnamos para limpiar las clases desde que hubo recortes presupuestarios. En otros lugares, los padres preferirían hacer una manifestación protestando porque la clase está sucia. Cuando la ciudad decidió que el presupuesto no daba para cuidar a los ciervos que vivían en el parque, se organizó una rotación de 52 familias voluntarias del barrio para que hicieran turnos, una semana cada una, dando de comer y cuidando a los aproximadamente 20 ciervos. En otros lugares hubiéramos preferido comérnoslos.» Estas palabras te traen a la memoria aquello que pasó una vez mientras trabajabas en el instituto. Un día, un profesor entró en un aula a dar su clase y observó que estaba muy sucia. Decidió entonces que ese día no iba a impartir materia y ordenó a los alumnos que fueran al cuarto de las limpiadoras, se armaran de la parafernalia de limpieza y estuvieran la hora de clase adecentando el espacio. Al día siguiente, una representante de la asociación de padres y varias madres airadas se presentaron en el centro protestando. Decían que sus vástagos iban al instituto a estudiar (¿¡ah, oh!?) y que para limpiar estaban las limpiadoras, que para eso cobraban. El follón fue considerable. Jefe de estudios, director y profesor encargado de la noble acción aprendieron de la experiencia y desde aquel día a nadie se le ocurrió volver a emprender una lección práctica de civismo. Hay mentalidades y mentalidades. Y así nos va.


911.

Lees en el suplemento de cultura de ayer (viernes, 3 de julio de 2015) del diario El Mundo un artículo donde se plantea a algunos productores de cultura la reflexión sobre la vigencia de la dicotomía derecha/izquierda en ese proceloso entorno. A ti esa lectura te sugiere algunas reflexiones también. Por supuesto, se podría proceder de forma rigurosa y empezar por definir qué sean derecha e izquierda en el ámbito político y qué sea el concepto “cultura”. Pero tú te vas por otra senda más rastrera. Se te antoja que la diferencia entre un productor cultural de izquierdas y uno de derechas es que el primero desea vivir sostenido por el dinero de los contribuyentes y el segundo aspira a que la libre voluntad de gasto de los contribuyentes opte por proporcionarle los medios de vida. Dado que la cultura entendida seriamente es un producto minoritario, el izquierdista debe poner sobre el tablero una retórica que convenza a sus conciudadanos de que es bueno verse privado de un dinero para mantenerles y que no sientan dolor por pagar una película que nunca irán a ver, o un concierto de una música que odian, o ese objeto extraño que se llama “libro” y que no tienen la menor intención de tocar. De ahí que el productor de cultura izquierdista se convierta en un predicador de doctrina, mientras que el derechista opta por callar, crear y vender. De ahí que el izquierdista considere la cultura (“su cultura”) un derecho y el otro, una simple tarea con la que ganarse la vida ejerciendo su vocación.