1063.

Otra muestra más de la hegemonía de ese fenómeno llamado por algunos “marxismo cultural” (especie de agustinismo laico que promete la ciudad de Dios en este valle de lágrimas) es la creencia general en el poder taumatúrgico del estado. Como si el estado no fuera una turba de seres humanos (funcionarios y políticos) sometidos a las pasiones y díscolos aprendices de la racionalidad. Los ciudadanos desean disfrutar de vidas confortables, seguras, donde sus aspiraciones se vean colmadas, y depositan esos objetivos en el estado, esto es, en el intelecto de sus controladores. Luego, se quejan cuando comprueban que el estado y sus programadores son impotentes ante las innumerables y descontroladas asechanzas de la vida.  Mientras prosperan aquellos países donde los ciudadanos confían en sí mismos, no en sus señoritos, para lograr aquello que ansían, otros sólo combaten para sembrar más estado, o, lo que es más estúpido, crear uno nuevo.

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1052.

Actuar en política es para los que nunca piensan en la muerte.


1051.

Nuestros refugiados son los de Venezuela, no los de Libia, Siria, Afganistán…


1045.

El estado del bienestar lo inventaron los alemanes en el siglo XIX y lo perfeccionaron los escandinavos. Nada que ver con el Mediterráneo.


1043.

La principal aportación del comunismo a la humanidad es haber desempolvado la monarquía absoluta hereditaria. Con todos sus aditamentos: el derecho divino de la Historia, su aristocracia y clero auxiliares y un despotismo criminalmente ilustrado.


1040.

Cada vez que un representante del pueblo habla de hacer pedagogía, devienes niño de primaria o de secundaria. En la Universidad, la pedagogía no funge.


994.

La única estrategia válida contra el neocomunismo es cegar sus vías de comunicación. Con ellos no se puede dialogar. El diálogo requiere la aceptación por parte de cada interlocutor de la razón como criterio de validación de los juicios. Una razón que se basa en los tres principios aristotélicos: el tercero excluido, el principio de identidad y el de no contradicción. Luego, la cualidad dialéctica consiste en idear y manejar recursos para demostrar que su oponente atenta contra alguno de esos tres principios. Los neocomunistas, sin embargo, como bien demuestra este artículo, no aceptan la razón como fundamento del diálogo, sino que recurren a otros dos criterios: la descalificación personal del oponente y el recurso a las emociones elementales del ser humano. Y contra estos procedimientos no hay argumentación posible. Si para rebatir sus opiniones se dice del contrario que es más feo que Picio, que es más malo que un dolor o que quiere matar de hambre a la gente, es casi imposible erigir argumentos que acudan al núcleo de las cosas para iluminarlas desde un punto de vista u otro. Hay que reconocer su habilidad política (entiéndase “política” como la técnica de obtener el poder y mantenerlo), ya que gracias a las neurociencias sabemos que los seres humanos nos movemos fundamentalmente por las emociones. Este hecho, sin embargo, no invalida la necesidad de acudir a la razón como única posible vía para establecer acuerdos. Por todo ello, el diálogo es inútil y la única opción posible es callarles y excluirles con todos los medios que la legislación vigente permite. Es el arma a su medida, porque se trata del modo en que ellos combaten a sus enemigos. Previamente al poder, intentan callar con los recursos antes descritos a sus enemigos y una vez copado el poder, crean una legislación liberticida que sustenta su eliminación total.