1012.

PUERTO

 Si algo destaca de ella es su discreción. No sólo respecto a ese ámbito de exploración de intimidades ajenas que son los vecinos del bloque, del barrio, de la ciudad, sino, especialmente, ante sus hijos. El hombre no recuerda jamás una presión sobre un comportamiento, anunciado o realizado; jamás una opinión no requerida, un reproche, una reprimenda exacerbada. Sólo hay en la memoria suavidad y blandura, tanto como protección y guía. Y amor. También hay fuerza cuando la adversidad asalta la vida de la familia. Se presenta, como en todas, con frecuencia, de forma inesperada, invadiendo el círculo que se refugia entre las cuatro paredes del piso y llena de inquietudes a los moradores. El padre, por el contrario, es víctima de sus miedos, reflejados en el control que los nervios acaparan sobre su conducta. Las zozobras lo desbaratan y entonces, aparece ella con su calma, su serenidad, su certeza en medio de la incertidumbre, sin alharacas ni estridencias. Y se mantiene igual a pesar de la viudedad, a pesar del natural abandono del hogar que sus hijos llevaron a cabo en el momento adecuado, a pesar de la soledad en que transcurren sus días sólo rota por las visitas de esos mismos hijos acompañados de cónyuges y nietos en los fines de semana. Por eso, cuando se presenta en aquel hogar que es el suyo dieciocho años y dos meses después de que lo deja para casarse, el hombre siente que vuelve al refugio en calma. Consigo viene una maleta. Lo demás irá llegando poco a poco, aunque serán escasos objetos. La casa al completo queda a disposición de su ya ex esposa y de sus hijos hasta que éstos se emancipen. La mujer, la madre lo abraza, lo besa y enjuga una lágrima que surca débilmente la mejilla del hombre. Mientras lo acompaña a su antiguo cuarto, ya preparado, con esa voz que recuerda siempre como un amanecer tibio de principios de primavera, le revela que uno, siempre, acaba regresando al lugar del que parte un día.

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1010.

CRISIS

Es domingo. La tarde comienza a caer sobre el salón donde una mesa ancha testifica el paso por su espalda de una comida bien nutrida. Hay platos de postre dispersos con restos de lo que posiblemente es una tarta donde el chocolate impera sin rivales. Junto a los sitios donde hay varones adultos descansan copas con los reflejos del coñac en su interior, y donde hay mujeres, las copas presentan otras tonalidades en sus contenidos mucho más diversos e inidentificables. Los niños retozan en el jardín que se enseñorea del espacio al otro lado de la gran puerta de cristales cuya transparencia difumina la separación entre el lugar de comer y el lugar de disfrutar. También se divisa una piscina, ahora cubierta porque están en invierno. Con todo, es un cálido inicio vespertino, con un sol poderoso en su timidez invernal. La conversación parece que se está extendiendo. Los hombres repiten de vez en cuando echando mano a la historiada botella de coñac. Incluso hay uno que fuma un puro, mientras que otros enredan sus rostros entre las volutas del humo de cigarrillos. Los contertulios despliegan diversas edades, hay un hombre viejo, muy viejo, encorvado, con un bastón reposando en el borde de la gran mesa, que parece ausente. Su silencio lo sugiere, aunque sus ojos siguen las intervenciones de los demás. Hay tres parejas de mediana edad, otra mujer al inicio de la madurez y un joven con gesto cariacontecido. El anciano fija su mirada en él porque lleva un rato describiendo su vida actual. Que si le cuesta cinco años acabar la carrera de ingeniero, que si tiene un máster, que si no para de hacer cursos, que si su expediente es impecable, que si no encuentra un trabajo digno. Las cosas están fatal con la jodida crisis, continúa. Cuando, milagrosamente, se topa con un empleo, es más propio de indocumentados que de un ingeniero industrial. Y los sueldos son propios de la esclavitud. Va desgranando su peripecia entre unas caras que con su aura de tristeza o de indignación revelan asentimiento. Su madre, una de las presentes, cree adivinar una lágrima a punto de saltar de uno de sus ojos. Que si está desesperado, que para eso mejor no estudiar, que si no puede ni alquilarse un estudio donde iniciar una vida propia. Se produce una pausa que vuelve más intensa la amargura del muchacho y la compasión del resto. El anciano toma su bastón. Todos lo miran. Le preguntan adónde va. Con dificultad se pone en pie y con un gesto le indica al joven que le siga. Uno de los comensales se interesa con su vecina sobre cómo está una de sus parientes. En adelante, empezadas otras charlas, nadie repara en la marcha del viejo, a pasitos cortos, la cabeza gacha, cargando sobre los hombros su interminable sarta de años. El anciano tiene su habitación en la casa, pero no en la planta de arriba. La escalera es ya un obstáculo que se le antoja más propio de un experimentado alpinista. Los dos atraviesan la cocina y llegan al lugar donde el hombre mayor tiene su cubículo. De confortables dimensiones, está limpio y tiene un aspecto bastante digno. Calefacción, aire acondicionado, cuarto de baño adjunto con ducha, amplio ventanal que da al jardín, cama, mesita de noche, sillón de orejas, reposapiés, televisión de respetables pulgadas, estantería con libros, armario. Los dos entran y el anciano cierra la puerta. Le indica a su nieto que se suba en el reposapiés y que tome de lo alto del armario un bulto envuelto en plástico. El joven le obedece. Una vez sobre la cama, limpiado el polvo que acumula, el viejo saca del interior algo. Es una traqueteada maleta de cartón, con lamparones, casi a punto de deshacerse. Con cuidado, la abre. Dentro hay otra bolsa, esta vez de tela. Se percibe claramente que cuenta con muchos años y mucho trasiego. El viejo toma la bolsa, la abre y saca del interior un objeto que el nieto no identifica. Le pregunta qué es al abuelo. Antes de responder, el anciano da vueltas en sus manos a aquel par de cosas. Son mis alpargatas, le responde el anciano y, a continuación, le pregunta al nieto el número que calza. Cuando le da la respuesta, el hombre cargado de años sonríe. Toma, le dice, te las regalo. Tenemos el mismo número.


1004.

TRANSGRESIÓN

El hombre considera que es mejor no decirle nada a nadie. Su hija le trae aquel verano a su amiga del alma, veintitantos años repletos de vida. No es excesivamente hermosa ni su cuerpo provoca las miradas de los machos en celo que, por naturaleza, son casi la totalidad de su sexo. Pero es difícil que una joven no posea algún atractivo y su rostro exhala una cierta brisa de bondad que encandila al hombre. La circunstancia no daría más de sí, pero todo se vuelve enrevesado cuando la muchacha comienza a mirar al padre de su mejor amiga con unos ojos que claman una atención más intensa que el trato educado. Son quince días de convivencia en la casa de la playa que tiene el hombre y a la que acude la hija desde el divorcio. Durante ese tiempo, las mejores amigas cambian de rostro en varias ocasiones y crecen a la par de la criatura. Nunca el hombre procura ante esa presencia extraña más atenciones que la propia de la amabilidad y el deseo de que las niñas pasen unos días agradables bañándose y vagando, primero entre las olas y luego entre los muchachos que veranean en la localidad. Ahora es distinto. Es consciente de que hay electricidad entre los dos. Su primera preocupación es que no se entere la hija. La enamorada es prudente y discreta, aunque sus miradas, sus gestos, su tono, sus movimientos le dejan clara la ebullición que borbotea en su alma y en su cuerpo. Una mañana, el hombre se descubre mirándose al espejo en el cuarto de baño y reconociendo que a pesar de sus casi cincuenta años, todavía muestra una presencia agradable. Tiene mucho pelo, no sufre la típica barriga del hombre maduro, está musculado gracias al gimnasio y, como siempre le dicen en la empresa, goza de una simpatía natural que beneficia las ventas como ningún otro de los empleados. La conclusión a la que llega es simple. Aquella historia debe concluir con algo más que miraditas, sonrisas y actitudes. En el fondo, se siente orgulloso de sí mismo. Una mujer joven es una presa de caza mayor, mucho más que esas relaciones de una noche con las que ameniza su vida desde que, tras el divorcio, decidió firmemente no volver a comprometerse con ninguna mujer. Al final, la estancia de las dos chicas termina, hay una despedida en la estación del ferrocarril, unas lágrimas contenidas en la mejor amiga de su hija y una idea clara en la mente del cincuentón. Nada dirá de su transgresión. Hoy en día nadie comprendería que dejara escapar incólume la presa por el simple hecho de que quiere a su hija.  


998.

CARTA

 Alarga el brazo y enciende la lámpara de estudio que hay en la mesa. Está anocheciendo. La pantalla del ordenador lanza a su rostro una pálida llamarada en ese intervalo entre la tarde y la noche, antes de que la bombilla ilumine el entorno. El hombre pone sus codos en la mesa y observa el exterior a través del ventanal, grande, ambicioso, que se expande al otro lado de la máquina. Lleva peleando desde hace tiempo con el objeto del que va a ser su próximo libro. Nada original en cuanto al género y al enfoque. Muchos le tienen escrita una carta al padre muerto donde ajustan cuentas, le recriminan actuaciones, saldan viejas incomprensiones. Incluso hay quien, al final, se muestra indulgente y acepta el hecho de que nadie puede luchar contra sus hados, la principal de cuyas manifestaciones es el carácter, como bien dice Heráclito el Oscuro. Pasan los días y de su cabeza no salen sino tópicos sobre ese drama tan común donde un hijo antagoniza con un padre ausente ante una sala que se espera llena de lectores espectadores. La creatividad no brota, se resiste y eso le alarma. Hasta ese momento, las ideas estallan en su cabeza. Las tramas, los personajes, los ambientes nunca se le resisten en sus novelas y relatos; ni las ocurrencias brillantes en sus ensayos y artículos en prensa. No es porque no tenga reproches que hacerle a aquel padre que siempre ignora a sus hijos, que los deposita al margen de su vida, que engaña a su madre, tan sumisa, tan bondadosa, con amantes. Tampoco le faltan dardos que disparar contra su excesiva afición al ron y a los puros caros, descargada sobre una economía familiar que debido a su incuria, nunca fue boyante. La esposa entra en la habitación. Al fondo se oye la voz de una criatura de pocos años. Tan pocos que todavía hace falta que la hija, madre de la niña, haga funciones de intérprete para entender lo que su cerebro inmaduro expresa. Las tres reclaman su presencia. Hay café, batido de chocolate y dulces en la mesa del salón esperando que acuda para merendar. El escritor cierra el documento en blanco sin guardar unos cambios que no han sucedido, apaga el ordenador, la luz y concluye que es buen momento para ir pensando en su siguiente novela.


991.

HOMBRE

Cierra el portalón sur de la nave una vez lanzado al exterior el cuerpo. El hombre que aprieta los botones no se preocupa de envolverlo en ningún sudario. Por supuesto, nada de ataúdes ni objetos que a estas alturas son preciosos. El muerto se aleja de la nave, destacado en la negrura del cosmos por la claridad ajada de su ropa. No flota como un guiñapo, ni ejecutando aspavientos ridículos, sino rígido, estirado, diríase que solemne. El hombre se pregunta si allá fuera los organismos que finiquitan la materia del cuerpo abandonado por la vida pueden ejercer su labor. Lo más probable es que ese cuerpo consiga una eternidad incorrupta, tal vez momificado; tal vez, objeto de estudio para alguna especie de habitantes del espacio que se encontrarán con él en un plazo de varios millones de años. Terminada la faena, el hombre se vuelve lentamente y sale de la estancia. Sus pasos a través de los túneles y de los pasillos de la nave retumban suavemente. Es el único ruido de la nave, aparte de los zumbidos que atestiguan el funcionamiento de los soportes vitales. Hace tiempo que dejan de oírse otras voces. Primero son los sonidos emitidos por los animales; luego, las voces de los niños; luego, las de las mujeres. Voces estas cuya ausencia más siente el hombre mientras camina en dirección a su cámara. Aunque bien podría acomodarse en alguna otra de las cientos que tiene la nave. Todas vacías. Si por él fuera, dejaría de cultivar en los huertos, de fabricar proteínas en el laboratorio, de renovar el agua y controlar la sala de oxígeno. Todos de un tamaño tan excesivo para un solo ser humano, que queda abrumado cuando entra en sus recintos. Ya no habrá más funerales en la nave porque el hombre es el último ocupante. Al igual que aquel cuerpo ahora vagando por el espacio, la nave será hallada en millones de años por otros seres vivos y será estudiada. Y se preguntarán dónde están los tripulantes de ese armatoste inmenso que navega errante entre las galaxias cuyo origen, destino y errores podrán conocer gracias a los archivos. Y se extrañarán de que haya sólo un esqueleto perdido en algún rincón cuya calavera, a pesar de la rigidez de los huesos, deje entrever una silenciosa resignación, porque él nada dejará en los registros, nada le hablará a los ordenadores, ninguna constancia dejará de la libertad que al cabo encuentra entre esas soledades de metal.


989.

LIBRERÍA

El hombre está de viaje con su esposa. Es primavera y Semana Santa, unos días en los que se rompe el gris habitual de las jornadas en la oficina. Este año, desde enero, tienen previsto escaparse en ese período. Entre las opciones, se deciden por patear alguna vieja ciudad de su país, con sus iglesias casi milenarias, sus casas ya vencidas por el tiempo, los soportales, las calles adoquinadas, los edificios de gobierno ajados por la garra del tiempo. Y las gentes, tan semejantes a sus ancestros, aunque cambien las túnicas o los jubones por pantalones vaqueros y sudaderas. Pasean por esos rincones donde no hay tráfico porque con dificultad cabe un coche. Aquí y allá, brotando de una ventana abierta, se escucha como un denso tributo a la modernidad la música de estos tiempos, con frecuencia insoportable en su machaconeo y sus mostrencas armonías. Pero, en general, el ambiente es acogedor, tanto que apenas se hace presente a la pareja que ese suelo que están pisando se encuentra a más de mil kilómetros de su casa. Al pasar junto a una librería de viejo, el hombre comenta a su esposa que va a entrar un momento. Es una antigua afición que se repite en cada ciudad que visitan, aunque rara vez compra un libro. Los prefiere nuevos, pero el hurgar entre aquellos objetos que un día fueron importantes para ser desahuciados tiempo después le provoca un leve placer al que no renuncia siempre que se le presenta la oportunidad. Entra en el establecimiento y ojea las estanterías, las mesas con los volúmenes apilados en un orden caótico que sólo el librero, un vejete con melena blanca, gafas caídas en la nariz, manos huesudas y ropa pasada de moda, conoce con la exquisitez de un amante. El viajero toma algunos ejemplares, pasa sus hojas, curiosea. Mientras examina uno de esos libros abierto por su mitad, cuyo título nada le dice, observa los subrayados que un antiguo dueño ejecuta sobre las páginas, lee con cierta dificultad los comentarios que tiene escritos al margen. La letra le resulta conocida. Va a las primeras páginas y allí está, el viejo ex libris que utiliza durante algunos años en su perdida juventud y que deja de estampar tras el primer gran expurgo de su biblioteca. 


988.

REITERACIÓN

Lo encuentra la madre mientras investiga los bolsillos del pantalón que va a meter en la lavadora. Es un gesto inconsciente y mecánico que repite cada vez que lleva  a cabo la acción. Así no aparecen luego bolas de papel procedentes de pañuelos olvidados, caramelos mutados en bloques duros como el acero o, como sucedió en una ocasión, lo que antaño fue un reloj de plástico, ahora destripado, de esos que venden en los chinos por unas pocas monedas. Lo encuentra y lo observa un rato. Su mente vacila entre la preocupación y la serenidad. De un lado, es normal que su hijo de dieciséis años tenga ya relaciones sexuales y que precise del condón. Demuestra por su parte una madurez tranquilizadora. De otro lado, el paso del tiempo, la despedida de aquel niño que ya hace tiempo dejó de ser se hace más patente con la aparición de un objeto que indica, como ningún otro, el avance de un hijo por un camino en el que su padre y su madre ya no son necesarios. La mujer se guarda el preservativo, deposita el pantalón junto con el resto de la ropa de color dentro de la lavadora, llena el cajetín de detergente con suavizante y pone en marcha la máquina. Un poco más tarde, cuando el marido regresa del trabajo, le comenta el descubrimiento. Ambos deciden que el hombre debe hablar seriamente con el chaval y no puede evitar, mientras se dirige al cuarto del adolescente un poco más nervioso de la habitual, recordar aquella conversación, la única que tuvo con su padre en la que se trataba de algo diferente a las vicisitudes más cotidianas. En aquellos días del pasado, se vive con otra mentalidad. El padre, mientras conduce el coche camino de no recuerda dónde, le comenta que se ha enterado de que sale con una chica. El entonces joven de dieciocho años se lo confirma. Mientras llama a la puerta de la habitación, evoca la tensión implícita que pesaba en el interior de aquel coche, sin aire acondicionado, ni dirección asistida, ni elevalunas eléctrico, y evoca las palabras de su padre cuando le dice sobriamente, sin más explicaciones ni recomendaciones, que espera el comportamiento propio de un caballero. Del mismo modo que aquellas palabras de nada le sirvieron porque tenía la intención de comportarse como un crápula a la primera que se lo permitiese aquella morenita que fue su primera novia, sospecha que su charla con el hijo va a ser escuchada con escasa atención. Tampoco le sirve apelar a una caballerosidad que ya no está de moda. Quizá sea ahora más fácil, porque basta con decirle que siga teniendo cuidado, confiado en que las clases de educación sexual del colegio sean de mayor ayuda que los comentarios de los compañeros de curso, manual no impreso en el que aprende como buenamente puede, los rudimentos de la procreación. Su hijo le da permiso para entrar y al abrir la puerta, hollando aquel sancta sanctorum tan inviolable como el refugio en sagrado para el delincuente sorprendido in flagranti, reconoce que todo ahora es mucho más fácil. Incluso lo son las chicas, porque aquella morenita que fue su primera novia nunca le permitió hacer el crápula y tuvo que comportarse, muy a su pesar, como un caballero.