1061.

Mis escritos. Hay dos que están publicados y el resto están inscritos en Archive.org. Aquí los dejo para que se puedan descargar libremente. El autor sólo pide que se respete su nombre si se reproduce algo de su contenido. Gracias.

Emilio Díaz Rolando.- Historia de una vocación. Recuerdos de un helenista aficionado (Memorias)

Emilio Díaz Rolando.- Primera luz. Cincuenta haikus para María

Emilio Díaz Rolando.- Resueños (Relatos)

Emilio Díaz Rolando.- Terra incognita (Relatos)

Emilio Díaz Rolando.- El genio griego (Antología)

Emilio Díaz Rolando.- El jardín de grava (Haikus)

Emilio Díaz Rolando.- Esperando a los bárbaros (Relatos)

Emilio Díaz Rolando.- Haikus para mi hija

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1034.

Ya ha salido a la calle la reedición de mi traducción de La Alexíada en la editorial Ático de los libros. Se puede encontrar en este enlace: http://www.aticodeloslibros.com

 

 


1032.

Los últimos cien relatos recogidos en un solo documento.

emilio-diaz-rolando-terra-incognita


1024.

DE VITA BEATA

 Algo así como una cabaña hecha de troncos de madera,
austera y confortable, con el ajuar imprescindible,
al borde de un mar siempre calmado,
en un lejano y blanco país cerca de Thule,
la última de las tierras conocidas,
allí donde la luna y el sol contienden cada año
por dominar el curso absoluto de los días.        
Ver árboles llegar al cielo,
rotunda su presencia,
bordeando el único sendero,
una vegetación sin tregua
que oculte la señal del horizonte
y montañas altas como nubes.
Vivir solo sin anhelar más compañía
que la del hombre que traiga cada semana el suministro.
Estar rodeado de libros y un piano, quizás, con partituras.
Escuchar el ruido de tus manos,
mientras pasas lentamente las páginas de un libro
o el tocar en las teclas la música que amas.
Oír el rumor de las aguas,
el sonido del viento en el follaje
y el ulular de las criaturas.
Ignorar la enfermedad,
no por miedo a su zarpazo,
sino por evitar salir de tu refugio.
Gozar de rentas que permitan
la escueta comodidad del ermitaño,
y ver cómo pasan los días uno a uno,
sin dejar tras de ti nada que pueda perecer 
derrotado por la impía vastedad del tiempo.
Y una noche,
después de ir a dormir libre de miedos, libre de esperanza,
hundirte sin saberlo en el cuerpo desnudo de la nada.


1012.

PUERTO

 Si algo destaca de ella es su discreción. No sólo respecto a ese ámbito de exploración de intimidades ajenas que son los vecinos del bloque, del barrio, de la ciudad, sino, especialmente, ante sus hijos. El hombre no recuerda jamás una presión sobre un comportamiento, anunciado o realizado; jamás una opinión no requerida, un reproche, una reprimenda exacerbada. Sólo hay en la memoria suavidad y blandura, tanto como protección y guía. Y amor. También hay fuerza cuando la adversidad asalta la vida de la familia. Se presenta, como en todas, con frecuencia, de forma inesperada, invadiendo el círculo que se refugia entre las cuatro paredes del piso y llena de inquietudes a los moradores. El padre, por el contrario, es víctima de sus miedos, reflejados en el control que los nervios acaparan sobre su conducta. Las zozobras lo desbaratan y entonces, aparece ella con su calma, su serenidad, su certeza en medio de la incertidumbre, sin alharacas ni estridencias. Y se mantiene igual a pesar de la viudedad, a pesar del natural abandono del hogar que sus hijos llevaron a cabo en el momento adecuado, a pesar de la soledad en que transcurren sus días sólo rota por las visitas de esos mismos hijos acompañados de cónyuges y nietos en los fines de semana. Por eso, cuando se presenta en aquel hogar que es el suyo dieciocho años y dos meses después de que lo deja para casarse, el hombre siente que vuelve al refugio en calma. Consigo viene una maleta. Lo demás irá llegando poco a poco, aunque serán escasos objetos. La casa al completo queda a disposición de su ya ex esposa y de sus hijos hasta que éstos se emancipen. La mujer, la madre lo abraza, lo besa y enjuga una lágrima que surca débilmente la mejilla del hombre. Mientras lo acompaña a su antiguo cuarto, ya preparado, con esa voz que recuerda siempre como un amanecer tibio de principios de primavera, le revela que uno, siempre, acaba regresando al lugar del que parte un día.


1010.

CRISIS

Es domingo. La tarde comienza a caer sobre el salón donde una mesa ancha testifica el paso por su espalda de una comida bien nutrida. Hay platos de postre dispersos con restos de lo que posiblemente es una tarta donde el chocolate impera sin rivales. Junto a los sitios donde hay varones adultos descansan copas con los reflejos del coñac en su interior, y donde hay mujeres, las copas presentan otras tonalidades en sus contenidos mucho más diversos e inidentificables. Los niños retozan en el jardín que se enseñorea del espacio al otro lado de la gran puerta de cristales cuya transparencia difumina la separación entre el lugar de comer y el lugar de disfrutar. También se divisa una piscina, ahora cubierta porque están en invierno. Con todo, es un cálido inicio vespertino, con un sol poderoso en su timidez invernal. La conversación parece que se está extendiendo. Los hombres repiten de vez en cuando echando mano a la historiada botella de coñac. Incluso hay uno que fuma un puro, mientras que otros enredan sus rostros entre las volutas del humo de cigarrillos. Los contertulios despliegan diversas edades, hay un hombre viejo, muy viejo, encorvado, con un bastón reposando en el borde de la gran mesa, que parece ausente. Su silencio lo sugiere, aunque sus ojos siguen las intervenciones de los demás. Hay tres parejas de mediana edad, otra mujer al inicio de la madurez y un joven con gesto cariacontecido. El anciano fija su mirada en él porque lleva un rato describiendo su vida actual. Que si le cuesta cinco años acabar la carrera de ingeniero, que si tiene un máster, que si no para de hacer cursos, que si su expediente es impecable, que si no encuentra un trabajo digno. Las cosas están fatal con la jodida crisis, continúa. Cuando, milagrosamente, se topa con un empleo, es más propio de indocumentados que de un ingeniero industrial. Y los sueldos son propios de la esclavitud. Va desgranando su peripecia entre unas caras que con su aura de tristeza o de indignación revelan asentimiento. Su madre, una de las presentes, cree adivinar una lágrima a punto de saltar de uno de sus ojos. Que si está desesperado, que para eso mejor no estudiar, que si no puede ni alquilarse un estudio donde iniciar una vida propia. Se produce una pausa que vuelve más intensa la amargura del muchacho y la compasión del resto. El anciano toma su bastón. Todos lo miran. Le preguntan adónde va. Con dificultad se pone en pie y con un gesto le indica al joven que le siga. Uno de los comensales se interesa con su vecina sobre cómo está una de sus parientes. En adelante, empezadas otras charlas, nadie repara en la marcha del viejo, a pasitos cortos, la cabeza gacha, cargando sobre los hombros su interminable sarta de años. El anciano tiene su habitación en la casa, pero no en la planta de arriba. La escalera es ya un obstáculo que se le antoja más propio de un experimentado alpinista. Los dos atraviesan la cocina y llegan al lugar donde el hombre mayor tiene su cubículo. De confortables dimensiones, está limpio y tiene un aspecto bastante digno. Calefacción, aire acondicionado, cuarto de baño adjunto con ducha, amplio ventanal que da al jardín, cama, mesita de noche, sillón de orejas, reposapiés, televisión de respetables pulgadas, estantería con libros, armario. Los dos entran y el anciano cierra la puerta. Le indica a su nieto que se suba en el reposapiés y que tome de lo alto del armario un bulto envuelto en plástico. El joven le obedece. Una vez sobre la cama, limpiado el polvo que acumula, el viejo saca del interior algo. Es una traqueteada maleta de cartón, con lamparones, casi a punto de deshacerse. Con cuidado, la abre. Dentro hay otra bolsa, esta vez de tela. Se percibe claramente que cuenta con muchos años y mucho trasiego. El viejo toma la bolsa, la abre y saca del interior un objeto que el nieto no identifica. Le pregunta qué es al abuelo. Antes de responder, el anciano da vueltas en sus manos a aquel par de cosas. Son mis alpargatas, le responde el anciano y, a continuación, le pregunta al nieto el número que calza. Cuando le da la respuesta, el hombre cargado de años sonríe. Toma, le dice, te las regalo. Tenemos el mismo número.


1004.

TRANSGRESIÓN

El hombre considera que es mejor no decirle nada a nadie. Su hija le trae aquel verano a su amiga del alma, veintitantos años repletos de vida. No es excesivamente hermosa ni su cuerpo provoca las miradas de los machos en celo que, por naturaleza, son casi la totalidad de su sexo. Pero es difícil que una joven no posea algún atractivo y su rostro exhala una cierta brisa de bondad que encandila al hombre. La circunstancia no daría más de sí, pero todo se vuelve enrevesado cuando la muchacha comienza a mirar al padre de su mejor amiga con unos ojos que claman una atención más intensa que el trato educado. Son quince días de convivencia en la casa de la playa que tiene el hombre y a la que acude la hija desde el divorcio. Durante ese tiempo, las mejores amigas cambian de rostro en varias ocasiones y crecen a la par de la criatura. Nunca el hombre procura ante esa presencia extraña más atenciones que la propia de la amabilidad y el deseo de que las niñas pasen unos días agradables bañándose y vagando, primero entre las olas y luego entre los muchachos que veranean en la localidad. Ahora es distinto. Es consciente de que hay electricidad entre los dos. Su primera preocupación es que no se entere la hija. La enamorada es prudente y discreta, aunque sus miradas, sus gestos, su tono, sus movimientos le dejan clara la ebullición que borbotea en su alma y en su cuerpo. Una mañana, el hombre se descubre mirándose al espejo en el cuarto de baño y reconociendo que a pesar de sus casi cincuenta años, todavía muestra una presencia agradable. Tiene mucho pelo, no sufre la típica barriga del hombre maduro, está musculado gracias al gimnasio y, como siempre le dicen en la empresa, goza de una simpatía natural que beneficia las ventas como ningún otro de los empleados. La conclusión a la que llega es simple. Aquella historia debe concluir con algo más que miraditas, sonrisas y actitudes. En el fondo, se siente orgulloso de sí mismo. Una mujer joven es una presa de caza mayor, mucho más que esas relaciones de una noche con las que ameniza su vida desde que, tras el divorcio, decidió firmemente no volver a comprometerse con ninguna mujer. Al final, la estancia de las dos chicas termina, hay una despedida en la estación del ferrocarril, unas lágrimas contenidas en la mejor amiga de su hija y una idea clara en la mente del cincuentón. Nada dirá de su transgresión. Hoy en día nadie comprendería que dejara escapar incólume la presa por el simple hecho de que quiere a su hija.