468.

 

EPITAFIO DE UNA HETERA
HALLADO EN EL CERÁMICO DE ATENAS

El húmedo letargo de mis huesos
se hiela bajo el mármol lapidario.
Mientras, bajo el sol de mis amantes,
respiran un fervor enardecido
aquellas que ocuparon mi lugar.

 

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467.

La tentación acecha. Y cada día se aferra más a ti la seducción de su canto. Es la misma tentación hecha carne que en el helenismo lavó los corazones de los filósofos y los llevó a excavarse un hortus conclusus a modo de guarida. Recuerdas. Habían pasado los tiempos de las democracias. Los pueblos habían arruinado aquellos experimentos, infectados por idénticos virus a los de tu siglo. La demagogia y la corrupción (tan a la luz en los regímenes abiertos como sepulta a los ojos en los cerrados) mutaron en guadañas de una parca para las res publicæ. Alejandro III de Macedonia, el Magno, terminó de descolgar aquellas cabezas que ya sólo seguían unidas al cuerpo por el hilo de la nostalgia. En adelante, la democracia fue, donde la hubo, una marioneta desencajada y ridícula. La tentación se aproxima a ti. Esa tentación de cerrar más aún el hortus conclusus donde vives, con tus escuetas relaciones sociales, tus escuetos lujos, tus escuetas necesidades. Tu alma de ermitaño te tienta con el manjar de apostatar de la política. Dejar de pensar en quienes mandan. Porque, aunque te negaras a aceptarlo, parece que todos son iguales. Porque entre quienes siguen acogotándote con las ruinosas utopías del pasado y quienes no tienen el valor de romper con los melancólicos de bomba, pancarta y griterío la cosa pública es un vertedero, un quítate tú para ponerme yo, un ahora te toca a ti, ahora me toca a mí. Tienes ideología, tienes un pensamiento acerca de cómo organizar la convivencia, cuyas fuentes primigenias brotan de una roca helénica con dos mil quinientos años de existencia. Aquellos de quienes esperabas que la pusieran en práctica se han declarado en el mismo bando de quienes representan lo que tú no admites. Epicúreos y estoicos, apartados del ágora y la asamblea (¿por qué acudir, si ya no servían?). Éstos últimos, los griegos. Involucrarse en la política fue cosa de los estoicos romanos. Y Séneca, lo sabemos, era un farsante; tan hispano, pues, tan andaluz avant la lettre. Te dan ganas de decirles a los que mandan que los zurzan, si no vivieran de esquilmarte a ti y a quienes están mucho peor que tú. A veces imaginas que los tapones de cera que en tus oídos impiden tu defección son las palabras vivas de un Esquilo, un Sófocles, un Tucídides, un Demóstenes. Pero, está  a la vista, tú no eres Odiseo.


466.

Por doquier ves pruebas de que la progresía pretende imponer su religión sobre la existente. En su estulticia no son conscientes de que usan los mismos recursos que sus archienemigos. Uno de ellos es el sentimiento de culpa, tan arraigado en Occidente por su herencia cristiana. No es extraño que tus oídos sean perforados sin misericordia por el argumento de que tú (y todos los que habitamos los países occidentales) somos culpables de que haya negritos que mueran de hambre en África. Se supone que el resultado de ese lanzazo debe ser tu arrepentimiento y tu conversión a la fe progresista. No se pide de ti que te marches a África, sino que votes a partidos de izquierda y que asientas a que tu dinero vaya a engrosar las arcas de sus fundaciones, sindicatos, partidos y asociaciones. Con ello, tu conciencia está limpia. Aunque el converso sea aficionado a los buenos restaurantes, a los hoteles de cinco estrellas y a viajes en primera clase. Todo este tingladillo te resulta evocadoramente familiar. En aquellos lejanos tiempos en que luchabas cuerpo a cuerpo con la idea de Dios, asististe a uno de esos cursillos de cristiandad que te recluían un fin de semana para devolverte a la sociedad transmutado en un hombre nuevo y en un buen cristiano. Caíste en aquella red mientras duró el ensalmo. Pero nada más entrar por la puerta de tu casa, empezaste a reflexionar y todo se fue al garete. Te diste cuenta de que durante horas y horas, conferenciante tras conferenciante, te habían ido creando un intenso sentimiento de culpabilidad para devolverte a la vida en la eucaristía final, donde había una estudiada puesta en escena que conducía a un profundo sentimiento de comunidad. La conclusión que te deja todo este batiburrillo donde se mezcla la lucha de clases con la adhesión de la fe es que, al menos la Iglesia lo sabe hacer mejor. La Iglesia que no se avergüenza de serlo y no se camufla. Y es el original.


465.

ESTAMPAS ANDALUZAS

 Te cuentan la escena. Ha transcurrido en la cafetería donde a diario toma su desayuno la Sra. X (tostada con jamón ibérico, aceite y tomate; café con leche y zumo de naranja recién exprimido). Ha hablado de su experiencia en Alemania. Al parecer, estuvo de visita una vez porque la familia de su ex marido vivía y trabajaba allí. “Son unos muermos, unos aburridos. A las seis de la tarde, la ciudad está muerta”. La Sra. X tiene tres hijos. Los dos mayores se han independizado y el menor vive con su ex marido en otra ciudad. “Allí ves lo que aquí no hay: borrachos por la calle.” Consiguió que el juez ordenara una pensión sin límite de tiempo por parte de su ex marido porque desde que se casó hasta el divorcio sólo se había dedicado a las tareas del hogar. “Nos desprecian. Son unos racistas, casi nazis.” La Sra. X trabaja sin estar dada de alta en la Seguridad Social en el negocio de sus hermanos. También se saca un dinerillo del paro. Como casi todo el mundo en el pueblo. “Tienen la cabeza cuadrada. Sólo viven para trabajar y tiene que ser como ellos digan. Y todos los que viven por allí arriba son iguales. Todos, todos iguales. ¡Puah!” La Sra. X tiene como únicas aficiones salir y tomar cervezas con su grupo de amigos y ver Canal Sur. La intervención fue más larga. El amable lector imaginará su decurso.


464.

 ENEAS

Lo he visto llorando. Aunque era de noche, el cielo resplandecía con la luna llena y en el suelo una hoguera iluminaba su rostro rozándole con amarillos y azules. Sus lágrimas caían cautelosas, como si temieran salir de sus ojos y, una vez fuera, tuvieran miedo de hallar su final allí donde termina su mentón firme. Habrá quien crea que no es propio de un caudillo dejarse arrastrar por el sentimiento hasta el punto de verlo convertido en llanto. Pero nada hay que reprochar. A pesar  del capricho de los dioses, sé que hará todo lo posible para llevarnos a orillas donde intentaremos vernos a salvo del desastre. Allí quizá se nos permita encontrar la libertad que esos mismos dioses nos arrebataron cuando los aqueos sumieron la patria troyana en el abismo del fuego y la muerte. Me estremecí de compasión cuando le oí rogar a su madre Venus que lo dispensara del viaje. Sólo aspiraba a vivir en paz al frente de unos rebaños y unas tierras, junto a una esposa leal y silenciosa, al lado de muchos hijos. Esa patria deseaba, ese trono, esos ejércitos y riquezas, nada más, antes de que en medio de la calma le llegara el fin de sus días. Le oí decir que había padecido bastantes adversidades en su vida, que había conocido el dolor más allá de lo soportable, como todos nosotros. Pero bien sé que se resignará ante lo imposible de sus deseos y aceptará el destino que los dioses han decretado. Zarparemos con el sabor de la ceniza todavía aferrado a nuestras gargantas en busca de una nueva patria. Y, si los dioses nos permiten un respiro, logrará llevar a cabo hechos que alguien algún día considerará dignos de una epopeya.


463.

Esta mañana has tenido una especie de iluminación. Te preguntabas en el duermevela del despertar, emboscados los pensamientos en la jungla de la mente desbocada, cuál es la manifestación más indiscutible del amor entendido en el sentido más común. Hay otros amores: de un hijo, de unos padres, de los hermanos, primos, tíos, el amor de los amigos. Incluso, en quien lo crea, el amor de Dios o de la naturaleza. En estos próximos encuentras la palabra de ánimo, el socorro en la desdicha, el sostén en la caída. Hallas entre sus voces y sus gestos, si los dioses han tenido a bien el concedértelos, la luz que abre cauce entre las tinieblas de las malas horas físicas y mentales. Y la alegría, el disfrute de la vida buena compartida. Incluso la monotonía o el no tener que hablar para sentirte parte. Lo que se exige del amor en el sentido más común, el desfogue sexual, puedes hallarlo también en cuerpos para los que ese amor en el sentido más común no es requisito ni condición. Seguían tus neuronas cabalgando a todo trote por las praderas sinuosas de tu cerebro. A tu lado estaba ella. Dormía. Apenas estaba amaneciendo. Y estaba claro. Con la claridad del duermevela al amanecer. Además de todo lo dicho, poder pegarte a su cuerpo en esa hora, sentir su consentimiento, su armoniosa recepción, su aceptar tus brazos y tus piernas. Sí, ésa sin duda es la manifestación más evidente del amor en el sentido más común. Lo que no te darán ni tus hijos, ni tus padres, tus hermanos, ni tus primos, tíos o amigos. Tampoco te lo regaló aquel cuerpo ocasional, mercenario o no, que acogió tus ansias una noche ya olvidada. Adorable Aurora de rosáceos dedos, tú que das la clarividencia a los mortales.


462.

τὴν προαίρεσιν δὲ οὐδ᾽ Ζεὺς νικῆσαι δύναται.

A la voluntad ni siquiera Zeus puede vencerla.

 Epicteto, Discursos, I 23.24.

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αὕτη οὖν ἀρχὴ τοῦ φιλοσοφεῖν, αἴσθησις τοῦ ἰδίου ἡγεμονικοῦ πῶς ἔχει· μετὰ γὰρ τὸ γνῶναι ὅτι ἀσθενῶς οὐκ ἔτι θελήσει χρῆσθαι αὐτῷ πρὸς τὰ μεγάλα.

 Éste es el principio del filosofar, la percepción de cómo está el propio principio rector. Porque después de saber que se es débil, ya no querrá servirse de él para las grandes cuestiones.

 Epicteto, Discursos, I 26.15.

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 εἰ τι ἀγαθὸν θέλεις, παρὰ σεαυτοῦ λάβε·

Si quieres algo bueno, tómalo de ti mismo.

 Epicteto, Discursos, I 29.4. 

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αὕτη γὰρ γένεσις πάθους θέλειν τι καὶ μὴ γίνεσθαι. [11] ἔνθεν ἂν μὲν δύνωμαι τὰ ἐκτὸς μετατιθέναι πρὸς τὴν βούλησιν τὴν ἐμαυτοῦ, μετατίθημι· εἰ δὲ μή, τὸν ἐμποδίζοντα ἐκτυφλῶσαι θέλω.

Éste es el origen del sufrimiento, querer algo y que no suceda. De donde, si puedo cambiar las circunstancias exteriores en el sentido de mi voluntad, las cambio; y si no, voy a quedarme totalmente ciego para quien me lo impide.

 Epicteto, Discursos, I 27.10.

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 [2] τί ἐστιν αἴτιον τοῦ συγκατατίθεσθαί τινι; τὸ φαίνεσθαι ὅτι ὑπάρχει. τῷ οὖν φαινομένῳ ὅτι οὐχ ὑπάρχει συγκατατίθεσθαι οὐχ οἷόν τε. διὰ τί; ὅτι φύσις αὕτη ἐστὶ τῆς διανοίας τοῖς μὲν ἀληθέσιν ἐπινεύειν, τοῖς δὲ ψευδέσι δυσαρεστεῖν, πρὸς δὲ τὰ ἄδηλα ἐπέχειν.

 ¿Cuál es la causa de que se acepte algo? El creer que existe. No es posible aceptar aquello que no se cree que exista. ¿Por qué? Porque ésta es la naturaleza del pensamiento, asentir a lo que es verdadero, aborrecer lo que es mentira y abstenerse ante lo que no está claro.

 Epicteto, Discursos, I 28.2.

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 [10] ὅστις οὖν τούτου μέμνηται καθαρῶς ὅτι ἀνθρώπῳ μέτρον πάσης πράξεως τὸ φαινόμενον (…) [11] ὥστε καὶ τὰ οὕτω μεγάλα καὶ δεινὰ ἔργα ταύτην ἔχει τὴν ἀρχήν, τὸ φαινόμενον; ταύτην οὐδ᾽ ἄλλην.

 Que todos, entonces,  recuerden limpiamente que la medida para un hombre de toda acción es su opinión (…).

– ¿De este modo, las obras grandes y portentosas tienen este principio, la opinión?

– Éste y no otro.

 Epicteto, Discursos, I 28.2, 5, 10.