428.

Andas enredado ahora en tus lecturas en griego con los Discursos de Epicteto. En el libro I, capítulo 28 encuentras una forma bastante ingeniosa de demostrar hasta qué punto el control sobre nuestras opiniones acerca de lo que sucede es el fundamento de la virtud y, por ese camino, de la felicidad. Si Menelao, en vez de sentirse ofendido por el rapto de su esposa Helena (¿no fue fuga?) en los brazos de un joven y apuesto don Juan avant la lettre, hubiese pensado que bendito era tan afanoso mancebo que lo libraba de semejante pendón, nunca hubiera habido Guerra de Troya, ni muertos, ni destrucción, ni ruina, ni desgracia. Quién sabe, igual hubiera hecho zarpar en singladura hacia la altiva Ilión alguna nave con presentes para aquel mozalbete tan casquivano como benéfico en su acción. Menelao hubiera sido feliz, Helena hubiera sido feliz, Paris hubiera sido feliz, Héctor hubiera vivido con su amada Andrómaca viendo crecer felices a su Astianacte, etc. etc. etc. No has podido evitarlo. Una sonrisa se ha dibujado en tus labios y has pensado en ese puntito (o puntazo, según casos) de ingenuidad anacorética respecto a la realidad que siempre ha de tener quien se dedica al laberíntico menester de decir a los demás cuál es la mejor vida.

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427.

Los tres pasaron luego a la pieza inmediata, sólo ocupada en aquel momento por un hombre, en el cual conviene que nos fijemos por ser de estos individuos que, aun careciendo de todo mérito personal y también de maldades y vicios, dejan a su paso por el mundo más memoria y un rastro mayor que todos los virtuosos y los malvados todos de una generación. Estaba sentado, apoyado el codo en el pupitre y la mejilla en la palma de la mano, serio, meditabundo, parecido por causa del lugar y las circunstancias a un grande emperador de cuyos planes y designios depende la suerte de toda la tierra. Y la de España dependía tonces de aquel hombre extraordinariamente pequeño para colocado en las alturas de la monarquía. Tenía todas las cualidades de un buen padre de familia y de un honrado vecino de cualquier villa o aldea; pero ni una sola de las que son necesarias al oficio de Rey verdadero. Siendo, como era, rey de pretensiones, y por lo tanto batallador, su nulidad se manifestaba más, y no hubo momento en su vida, desde que empezó la reclamación armada de sus derechos, en que aquella nulidad no saliese a relucir, ya en lo político, ya en lo marcial. Era un genio negativo, o hablando familiarmente, no valía para maldita de Dios la cosa.

Su Alteza [el Infante D. Carlos] se parecía poco al Rey Fernando. Su mirada turbia y sin brillo no anunciaba, como en este, pasiones violentas, sino la tranquilidad del hombre pasivo, cuyo destino es ser juguete de los acontecimientos. Era su cara de esas que no tienen el don de hacer amigos, y si no fuera por los derechos que llevaba en sí como un prestigio indiscutible emanado del Cielo, no habrían sido muchos los secuaces de aquel hombre frío de rostro, de mirar, de palabra, de afectos y de deseos, como no fuera el vehemente prurito de reinar.

*               *               *

D. Carlos no tenía talento ni ambición, pero tenía fe, una fe tan grande en sus derechos que estos y los Santos Evangelios venían a ser para Su Alteza Serenísima una misma cosa. Esta fe que en lo moral producía en él la honradez más pura, y en los actos políticos una terquedad lamentable, fue lo que en tal momento salvó la causa apostólica, llenando de júbilo los corazones de aquellos señorones codiciosos y levantiscas princesas. Mientras duró la lectura, D. Carlos no quitó los ojos del cuadro de la Purísima, a quien sería mejor llamar Capitana por las prerrogativas militares que el príncipe le había dado. Después hubo una pausa silenciosa, durante la cual no se oyó más que el rumorcillo del papel al ser doblado por el conde de la Alcudia. Las infantas miraban a los labios de D. Carlos y D. Carlos se puso pálido, alzó la frente más ancha que hermosa, y tosió ligeramente. Parecía que iba a decir las cosas más estupendas de que es capaz la palabra humana, o a dictar leyes al mundo como su homónimo el de Gante las dictaba desde un rincón del alcázar de Toledo. Con voz campanuda dijo así:     

-No ambiciono ser rey; antes por el contrario desearía librarme de carga tan pesada que reconozco superior a mis fuerzas… pero…     

Aquí se detuvo buscando la frase. Doña Francisca estuvo a punto de desmayarse y la de Beira echaba fuego por sus ojos.

-Pero Dios -añadió D. Carlos- que me ha colocado en esta posición me guiará en este valle de lágrimas… Dios me permitirá cumplir tan alta empresa.     

Aún no se sabía qué empresa era aquella que Dios, protector decidido de la causa, tomaba a su cargo en este valle de lágrimas. El conde de la Alcudia que a pesar de estar secretamente afiliado al partido de D. Carlos, quería cumplir la misión que le había dado el Rey, dijo algunas palabras en pro de la avenencia. Pero entonces don Carlos, como si recibiera una inspiración del Cielo, habló con facilidad y energía en estos términos, que son exactos y textuales:

-«No estoy engañado, no, pues sé muy bien que si yo por cualquier motivo, cediese esta corona a quien no tiene derecho a ella, me tomaría Dios estrechísima cuenta en el otro mundo y mi confesor en este no me lo perdonaría; y esta cuenta sería aún más estrecha perjudicando yo a tantos otros y siendo yo causa de todo lo que resultare; por tanto no hay que cansarse, pues no mudo de parecer».     

Dijo y se sentó cansado. Las infantas dejaron a sus abanicos la expresión del orgullo y satisfacción que sentían por aquellas cristianísimas palabras. ¿Qué cosa más admirable que un príncipe decidido a reinar sobre nosotros, no por ambición, no por deseo de aplicar al Gobierno un entendimiento que se siente poderoso, sino por cristianismo puro, por temor de Dios y por miedo al Infierno? En aquel breve discurso nos explicó Su Alteza Serenísima la clave de sus ideas y de su modo de hacer la guerra y de gobernar. No era ambicioso ni conquistador, sino una especie de cruzado de la Tierra Santa de sus derechos. Según él, Dios estaba profundamente interesado en aquel negocio, y tanto, que no se sabe lo que habría pasado en los reinos celestiales si al buen Infante le da la mala tentación de dejar reinar a Isabelita. Es sabido que estas contiendas de familia se miran allá arriba como cosa de casa. Bien enterado estaba de todo el confesor de Su Alteza, que así le había pintado la imposibilidad de ser modesto y la urgente precisión de ceñirse la corona por estar así acordado allí donde se hacen y deshacen los imperios. ¿Y cómo se iba a atrever el pobre D. Carlos a confesar en el temeroso tribunal de la penitencia el horrible delito de no querer ser Rey? ¿Y además no estaba de por medio la infeliz España a quien Dios no podía abandonar? ¿Y qué era el príncipe más que el instrumento de Dios, protector decidido en todos tiempos de nuestra nación con preferencia a todas las demás que ocupan la interesante Europa, la América lozana, la negra África y el Asia opulenta? ¡Instrumento de la Providencia! Esto y no otra cosa era D. Carlos, y bien lo comprendía así el bueno, el evangélico, el seráfico obispo de León, cuando al salir de la cámara del Infante se abrió paso entre la multitud de cortesanos, diciendo con entusiasmo:     

-¡Paso al partido del Altísimo!     

Olvidábamos decir que D. Carlos, luego que dio aquella respuesta digna de un arcángel, encargado de defender una plaza del Cielo sitiada por los pícaros demonios, habló un rato con sus amigos y con su esposa y cuñada, repitiéndoles lo que ya les había dicho muchas veces, a saber: que se negaba resueltamente a apelar a las armas, que desaprobaba todas las conspiraciones fraguadas en su nombre y que se le enterase cada poco rato del estado de la salud del Rey.     

Luego se encerró en su oratorio donde rezó gran parte de la noche, pidiendo a Dios, su superior jerárquico, y a la Limpia y Pura, su generala en jefe, que salvaran la vida de su amado hermano Fernando. Tal era, ni más ni menos, aquel D. Carlos que en España ha llenado el siglo con su nombre lúgubre, monstruo de candor y de fanatismo, de honradez y de ineptitud.

Benito Pérez Galdós, Los Apostólicos, págs. 129 y 132-134.

 


426.

Ya has renunciado a la labor. En parte porque los destinatarios no se dan por aludidos y ni publican tus cartas. En parte porque es inútil esa tarea de Sísifo contra la pretenciosa ignorancia. Los periodistas y escritores se empeñan impunemente una y otra vez en usar expresiones latinas. Creerán que tiñen sus columnas de una pátina de cultura. Pero se quedan en culturilla apócrifa. Ves con estupor y enfado cosas como ínterin, in eligiendo, habemus crisis, homo depredatur, doy ut des. Una vez creíste sufrir una alferecía cuando leíste a una señor(it)a periodista (sospechas que joven) alegar que el quick de la cuestión era… Hubo, ipso facto, una carta de protesta al director del periódico. Nunca vio la luz en las impresas páginas. Pero el cansancio no obsta la furia. Te resignas a que el paso y signo de los tiempos arrinconen en el pudridero al Griego y al Latín, pero no te gusta que haya refocileo en la agonía. Dejen morir en paz al Latín, por favor, déjenlo morir en paz.


425.

EPITAFIO DE UN SOLDADO MUERTO EN QUERONEA

Hermoso como el alba,
ágil como un lucero, 
fuerte como el sol venció.
Y he muerto de frente.
Su valor y el mío
fecundan esta tierra. 

 


424.

– Por desgracia nuestro país no es liberal ni sabe lo que es la libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas… no pongo sino tres docenas… los españoles que más gritan pidiendo libertad entienden que esta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra, cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo…

-Luego usted -dijo D. Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza pétrea de su rostro- no es liberal al modo de acá.     

-Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios, aprendidos donde no son sólo principios sino hechos, prevalecerán en todo el mundo y conquistarán todas las tierras incluso España; pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser conquistados, me confundo, me mareo, porque todos los años me parecen pocos para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda darlos allí donde hay poquísimos liberales y de estos la mayor parte lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su humor, es la herencia leprosa de los siglos que no se cura sino con medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas han gobernado. Pues bien, esos han sido en todos sus actos déspotas insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado, el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el muñidor de elecciones, el juntero de pueblo y el que grita por las calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad entrando súbitamente aquí a principios del siglo nos dio fórmulas, discursos, modificó algo las inteligencias; pero ¡ay!, los corazones siguen perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen los sentimientos, mientras la envidia que aquí es como una segunda naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades. Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de vivir a costa ajena no habrá libertades. No habrá libertades mientras no concluya lo que se llama sobriedad española que es la holgazanería del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil y rastrero, ya levantisco y alborotado.

Benito Pérez Galdós, Los Apostólicos, págs. 104-105.


423.

Hace tiempo que opinas que el verdadero problema político de España es la actitud de los representantes de la izquierda. De sus formas no te queda más conclusión que percibir su aceptación de la legalidad cuando les viene bien a sus objetivos y el rechazo de la misma cuando contraviene sus intenciones. El espectáculo que está dando con el merecido juicio al juez Baltasar Garzón es otra más de las pruebas de ese carácter montaraz, asilvestrado y chulesco del que hace ostentación por doquier. Cuentan con el altavoz de casi todos los medios audiovisuales, la aquiescencia de una élite intelectual rendida y con una derecha acomplejada que ha entregado armas y bagajes a sus encantamientos faquirescos. El juez es juzgado por hacer lo que precisamente se ha comprometido a no violar. Si el ordenamiento legal prohíbe la escucha de las reuniones entre abogado y acusado excepto casos de terrorismo, el juez instructor es el primer garante de que se cumpla lo establecido. Y no sé cómo pueden calificarse esas cartas al presidente del Banco de Santander pidiéndole dinero para él y su hija, para no inhibirse posteriormente en un juicio a un personaje destacado del mismo banco. Callarás el resto de sus actuaciones conscientemente contra la ley, pero con el seguro de la cámara y el micrófono. Dice la izquierda que le acusan por perseguir la corrupción y el franquismo (¡cuándo dejarán de pasear del fantasmón del general!). Pero hasta ahora sólo hay en banquillo políticos del Partido Popular. Y eso que el Partido Socialista ha convertido Andalucía en una charca pestilente de corrupción, atraso y servilismo, sin que ninguno de sus políticos, con mucho más dinero despilfarrado y manipulado, haya tratado con jueces más que para insultarlos. Por cierto, escaso favor a la justicia hacen esos colegas del juez Garzón que se manifiestan a su favor. ¡Aviados vamos si nos lo encontramos en un tribunal! Jueces todos ejemplares, pero en negativo: justo lo que no deben ser.


422.

Hay pueblos que se transforman en sosiego, charlando y discutiendo con algaradas sangrientas de tres, cuatro o cinco años, pero más bien turbados por las lenguas que por las espadas. El nuestro ha de seguir su camino con saltos y caídas, tumultos y atropellos. Nuestro mapa no es una carta geográfica sino el plano estratégico de una batalla sin fin. Nuestro pueblo no es pueblo sino un ejército. Nuestro gobierno no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras no tienen generales. Nuestros montes son trincheras, por lo cual están sabiamente desprovistos de árboles. Nuestros campos no se cultivan, para que pueda correr por ellos la artillería. En nuestro comercio se advierte una timidez secular originada por la idea fija de que mañana habrá jaleo. Lo que llamamos paz es entre nosotros como la frialdad en física, un estado negativo, la ausencia de calor, la tregua de la guerra. La paz es aquí un prepararse para la lucha, y un ponerse vendas y limpiar armas para empezar de nuevo.

Benito Pérez Galdós, Los Apostólicos, págs. 26-27.