1106.

Esquilo.- Prometeo encadenado (trad. Emilio Díaz Rolando)

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1105.

ESTÁSIMO III

Tercera intervención del coro

[887-906]

CORO:

Sabio, sabio era el que por primera vez ponderó juiciosamente esto y lo expresó con su lengua, que el contraer matrimonio según propia condición es lo más ventajoso con mucho, y que quien es indigente no desee una boda ni con los consentidos por la riqueza, ni con los que se jactan de su linaje.

¡Ojalá nunca, nunca, venerables Parcas, me veáis como compañera de los lechos de Zeus, ni me acerque a un esposo que proceda del cielo! Me estremezco al ver a la doncella Ío, hostil a varón, destruida por el asendereado errar a causa de los pesares de Hera.

No me causa temor que una boda sea pareja. No la temo, y ojalá tampoco el deseo de los poderosos dioses me lance su irrechazable mirada. Esa guerra está perdida, es fuente de impotencia. Y no sé qué sería de mí, porque no veo cómo podría escapar de los artificios de Zeus.

ÉPODO

Epílogo

[907-1093]

 PROMETEO:

Sin duda que Zeus, inflexible en su corazón, será humilde, dado que se dispone a contraer un matrimonio que lo apartará inadvertidamente del poder y del trono. En ese momento, se habrá cumplido la maldición de su padre Crono, que profirió cuando fue derribado de su ancestral trono. La liberación de semejantes inquietudes ningún dios podría mostrarle claramente excepto yo. Yo las conozco y conozco el modo. Que por el momento permanezca sentado, arrogante ante todo esto, confiando en sus altivos golpes, agitando en sus manos el dardo ardiente, porque nada lo salvará de precipitarse en una caída no soportable, tal es el contendiente que se está preparando ahora contra él, un portento difícil de vencer. Dará con una llama más poderosa que el rayo, con un potente estallido que supera al trueno y despedazará el azote que sacude la tierra, el tridente, la lanza de Posidón. Golpeado por esta desgracia aprenderá en cuánto de diferencian el ser amo y el ser esclavo.

CORO:

Seguramente, tú te desfogas contra Zeus expresando tus deseos.

PROMETEO:

Digo lo que va a suceder junto con lo que ansío.

CORO:

¿Hay que esperar que alguien se convierta en el señor de Zeus?

PROMETEO:

Y sufrirá penalidades más humillantes que estas mías.

CORO:

¿Y cómo es que no te asustas al proferir tales palabras?

PROMETEO:

¿Qué podría temer yo, que no estoy destinado a la muerte?

CORO:

Pero podría procurarte fatigas más dolorosas que éstas.

PROMETEO:

Que las lleve a cabo. Todo lo espero.

CORO:

Quienes se inclinan ante la Necesidad son sabios.

PROMETEO:

Venera, suplica, adula siempre al que manda. Yo, poco o nada me preocupo por Zeus. Que lo haga, que gobierne este breve lapso como quiera, porque no mandará mucho tiempo sobre los dioses. Pero observo que viene ese mensajero de Zeus, el criado de ese nuevo señor. Llega con noticias completamente novedosas.

HERMES:

A ti te hablo, al sabio, al más amargo entre los amargos, al que pecó contra los dioses proporcionando honores a seres efímeros, al ladrón del fuego. El padre me ordena que tú le comuniques las bodas de las que alardeas y por las que será derrocado del poder. Y no lo hagas de forma en absoluto enigmática, sino explícalas en detalle. Tampoco me obligues a emprender un doble camino, Prometeo. Sabes que Zeus no se aplaca con tales cosas.

PROMETEO:

Arrogantes y llenas de altivez son tus palabras, como propias de un servidor de los dioses. Los jóvenes poseéis un poder joven y creéis habitar ciudadelas libres de pesares. ¿Es que no he visto yo caer a dos monarcas desde estas alturas? Y veré la del tercero, el que ahora gobierna, vergonzosa y veloz. ¿Te parece que me acobardo, que me asusto de los dioses nuevos? Lejos me hallo de todo eso. Tú apresúrate a reemprender el camino que seguías, porque no te informarás de nada de lo que me cuentas.

HERMES:

Por tus previas muestras de soberbia tú mismo has atracado en estos puertos de miseria.

PROMETEO:

No cambiaría, los sabes bien, mi desgracia por tu servidumbre. Creo que es mejor servir a esta roca que nacer siendo un fiel mensajero de Zeus padre. Así hay que portarse ultrajantemente con los que ultrajan.

HERMES:

Parece que disfrutaras con las circunstancias presentes.

PROMETEO:

¿Que disfruto? Ojalá viera yo a mis enemigos disfrutar de esta manera, y te incluyo entre ésos.

HERMES:

¿Es que de algún modo me acusas a mí de tus desgracias?

PROMETEO:

En una palabra, odio a todos los dioses a los que beneficié y que me devuelven mal de forma injusta.

HERMES:

Percibo yo mismo que has enfermado de una no nimia locura.

PROMETEO:

Enfermaría si la enfermedad es aborrecer a los enemigos.

HERMES:

Si te fuera bien serías insoportable.

PROMETEO:

¡Ay de mí!

HERMES:

¿Ay de mí? Esas palabras no las conoce Zeus.

PROMETEO:

Lo enseña todo al envejecer el tiempo.

HERMES:

Aunque tú, al menos, no sabes todavía ser juicioso.

PROMETEO:

No me hubiera dirigido a ti, que eres un criado.

HERMES:

Parece que no vas a decir nada de lo que te pide el padre.

PROMETEO:

Le daría las gracias si se lo debiera.

HERMES:

Te burlas de mí, está claro, como si fuera un niño.

PROMETEO:

¿Acaso no eres un niño e, incluso, eres más ingenuo que uno de ellos, si esperas de mí que te dé cuenta de algo? No existe tortura ni treta a la que me entregue Zeus para que hable antes de que me libere de estas dolorosas cadenas. Que una ardiente llama lance su fuego, que zarandee todo y lo agite con una nevada de blancas alas y con telúricos truenos, ninguna de esas fuerzas me doblegará hasta el punto de contar por quién debe ser él despojado de su poder.

HERMES:

Mira bien si esto parece ayudarte.

PROMETEO:

Está visto de tiempo atrás y decidido.

HERMES:

Ten el valor, insensato, ten el valor de reflexionar correctamente ante las presentes penalidades.

PROMETEO:

Me importunas en vano exhortándome como una ola. Que se te meta en la cabeza que yo nunca por temor a la voluntad de Zeus me comportaré como una mujer, ni rogaré al gran aborrecido con mis manos alzadas en femenina súplica que me libere de estas cadenas. Estoy lejos de todo ello.

HERMES:

Al parecer, mientras hablo, digo muchas y vanas palabras, porque ni te ablandas, ni te apaciguas con mis súplicas. Muerdes el freno como un potro recién aparejado, te revuelves y luchas contra las riendas. Además, te empecinas en un recurso sin fuerza, porque la arrogancia para quien no es juicioso ella misma por sí tiene menos poder que nada. Mira, si no haces caso a mis palabras, qué tempestad, qué tormenta de males ineludible caerá sobre ti. Primero, esta escabrosa sima el padre va a despedazar con su trueno y su relámpago ardiente, va a ocultar tu cuerpo y a aferrarte un pétreo abrazo. Una vez cumplida un largo lapso de tiempo, volverás de nuevo a la luz. El lebrel alado de Zeus, al águila sanguinaria, descuartizará furiosamente en tiras tu cuerpo, acudiendo como comensal no invitado durante todo un día y se dará un festín con tu rojo hígado roído. No esperes un final de este pesar hasta que aparezca alguno de los dioses para relevarte de tus penalidades y quiera descender al sombrío Hades y las negras profundidades que rodean al Tártaro. Medita sobre esto, que no es un alarde fingido, sino una verdad expresada. La boca de Zeus no sabe mentir y toda palabra suya se cumple. Tú escruta y reflexiona, y nunca pienses que la arrogancia es mejor que el buen juicio.

CORO:

No nos parece que Hermes haya dicho palabras inoportunas, porque te ha exhortado a que abandones la arrogancia y a que encuentres el sabio buen juicio. Hazle caso. Al sabio le resulta odioso el errar.


1104.

ESTÁSIMO II

Segunda intervención del coro

[526-560]

CORO:

Ojalá nunca, el que todo lo maneja, Zeus, disponga de su fuerza de forma contraria a mi parecer, ni me relaje a la hora de asistir con los dioses a los sagrados banquetes con carne de reses sacrificadas junto a las ondas inextinguibles del padre Océano, ni lo ofenda con mis palabras, sino que estos principios permanezcan en mí y nunca se desvanezcan.

Que se prolongue mi larga vida dulcemente con firme esperanza, mientras mi espíritu se llena de alegres celebraciones. Me estremezco al verte desgarrado por infinitos pesares, porque al no atemorizarte Zeus, veneras en demasía a los mortales en tu propio parecer, Prometeo.

¡Vamos, amigo, qué ingrata gratitud! Dime, ¿qué ayuda, qué auxilio hay en los seres caducos? ¿No viste su debilidad impotente, ensoñadora, con la que vive frustrada la ciega raza de los seres perecederos? Nunca la voluntad de los mortales supera el orden armonioso de Zeus.

Esto lo aprendí viendo tu funesta suerte, Prometeo. Este canto mío es completamente diferente a aquel que entonaba sobre el baño y tu lecho tuyo con ocasión de tu boda, cuando te llevaste a mi hermana Hesíone convenciéndola para ser tu esposa legítima con presentes nupciales.

EPISODIO III

Tercer acto

[561-886]

ÍO:

¿Qué tierra es, qué gentes? ¿Quién diré que es este al que miro y que está expuesto al invierno entre dogales pétreos? ¿De qué desatino es la condena que te está destruyendo? Indícame a qué punto de la tierra he llegado errante, desdichada de mí. ¡Ay, ay, ay, ay! Un tábano vuelve a picarme, desdichada, imagen de Argos, el nacido de la tierra. ¡Apártalo, ay, Tierra! Temo mirar al boyero de mil ojos. Pero él camina con una mirada aviesa que ni siquiera en la muerte la tierra oculta. A mí, la infortunada, viniendo desde los infiernos me da caza y vaga por la hambrienta arena de la costa. El cerúleo caramillo cantor zumba su adormecedora tonada. ¡Ay, ay! ¿Adónde me lleva este errar sin límites? ¿Qué falta, hijo de Cronos, qué falta has hallado en mí por la que me has uncido a estas penalidades? ¡Ay, ay! ¿Así consumes a una loca infortunada con el terror de ser arrastrada por un tábano? Quémame en el fuego, u ocúltame en la tierra, o dame de alimento a los monstruos marinos, pero no tomes a mal mis súplicas, señor. Hasta la saciedad mi inacabable errar me tiene agotada. Y tampoco puedo saber dónde eludiré las penalidades. ¿Oyes la voz de la doncella de bóvida cornamenta?

PROMETEO:

¿Cómo no voy a oír a la muchacha enloquecida por el tábano, a la hija de Ínaco, que inflama de deseo el corazón de Zeus y que ahora, odiada y forzada por Hera, fatiga los inacabables senderos?

ÍO:

¿Cómo sales tú profiriendo el nombre de mi padre? Dime a mí, infortunada, quién eres. ¿Quién eres, desgraciado, que te diriges a mí, desgraciada, de forma tan certera? Mencionaste un padecimiento enviado por los dioses que me está consumiendo, ¡ay!, hostigada por enloquecedores aguijones. ¡Ay, ay! He venido empujada furiosamente por una ultrajante hambre en medio de saltos, vencida por las vengativas maquinaciones de Hera. ¿Qué desventurado sufre, ¡ah, ah!, lo que yo? Pero dame una clara muestra de los sufrimientos que me aguardan. Enséñame qué remedio, qué cura hay de la enfermedad, si es que lo sabes. Grítalo, explícalo a esta enloquecida doncella errante.

PROMETEO:

Te diré claramente todo lo que deseas saber sin enredarme en enigmas, sino en lenguaje llano, tal como es de justicia que se abra la lengua para los amigos. Ves a Prometeo, el que entregó el fuego a los mortales.

ÍO:

Sufrido Prometeo, que te mostraste como común auxilio de los mortales, ¿por qué condena estás padeciendo estos tormentos?

PROMETEO:

Justamente ahora he concluido el lamento por mis penalidades.

ÍO:

¿No me harías este favor a mí?

PROMETEO:

Dime lo que pides. De todos podrás enterarte por mí.

ÍO:

Indícame quién te encadenó a las rocas.

PROMETEO:

Fue el decreto de Zeus y la mano de Hefesto.

ÍO:

¿De qué desatinos pagas la pena?

PROMETEO:

Ya he cumplido bastante contándote sólo eso.

ÍO:

Muéstrame además de eso el final de mi vagar, cuánto tiempo le queda a esta infortunada.

PROMETEO:

Es mejor para ti no saberlo que saberlo.

ÍO:

No me ocultes lo que voy a sufrir.

PROMETEO:

Es que no estoy rehusando concederte ese favor.

ÍO:

¿Por qué, pues, vacilas en comunicarme todo?

PROMETEO:

No hay vacilación alguna, pero dudo en destrozar tu corazón.

ÍO:

No te tomes más molestias por mí de las que me serían aceptables.

PROMETEO:

Dado que estás dispuesta, debo hablar. Escúchame.

CORO:

Aún no. Deléitame un poco. Indaguemos primero sobre la enfermedad de ésta, que nos cuente ella misma su muy devastadora suerte. Luego tú nos instruirás sobre los trabajos que restan.

PROMETEO:

Obra tuya es, Ío, hacerles el favor a éstas, por otra parte, hermanas de tu padre, cómo merece la pena dedicar tiempo a llorar y lamentar tu suerte allí donde se va a causar el llanto de los que escuchan.

ÍO:

No sé cómo puedo desobedeceros. Os enteraréis de todo lo que deseáis con claras palabras, aunque me avergüence decir de dónde me sobrevinieron a mí, infortunada, este vendaval y esta ruina mandados por los dioses. Con frecuencia se presentaban en las habitaciones de las doncellas visiones nocturnas que me advertían con suaves palabras: «Muy bienaventurada doncella, ¿por qué permanecer virgen tanto tiempo, cuando te es posible obtener una altísima unión? El dardo del deseo hacer arder a Zeus por ti y quiere que intervenga Cipris. No, niña, no rehúses el lecho de Zeus. Parte hacia el rico prado de Lerna, hacia los rebaños y establos de tu padre para que la mirada de Zeus se reponga de sus ansias». Desgraciada, todas las noches era acosada por tales sueños, hasta que me atreví a revelar a mi padre los recurrentes sueños nocturnos. Él envió a la Pitia y a Dodona mensajeros para saber qué debía hacer, ya sea con acciones o con palabras que fuera aceptable para los dioses, pero volvieron transmitiendo oráculos contradictorios, ambiguos y expresados de modo confuso. Finalmente, llegaron unas palabras comprensibles para Ínaco que le decían y le ordenaban claramente que me expulsase fuera de la casa y de la patria, que errase libre a las últimas fronteras. Y si no quería, vendría un ardiente rayo de Zeus que aniquilaría toda su raza. Obediente a tales presagios de Loxias, me expulsó de casa y me cerró las puertas contra su voluntad y contra la mía, pero fue la brida de Zeus la que le obligó a hacer esto a la fuerza. Inmediatamente, mi aspecto y mis pensamientos se transformaron en otros. Me salieron cuernos, como veis, y fui picada por un tábano de puntiagudo aguijón. Saltaba con enloquecidos saltos en dirección a la corriente de claras aguas de Cercnea y a la fuente de Lerna. Argos, el boyero, nacido de la tierra, de inmoderado temperamento, me estuvo persiguiendo cuando hubo visto con sus numerosos ojos mi rumbo. Inesperadamente, un súbito destino lo privó de la vida, pero yo, picada por el tábano, por un látigo divino, me veo empujada de un sitio a otro. Oyes lo que está hecho. Si quieres contar las penalidades siguientes, indícamelo, pero no te compadezcas de mí consolándome con palabras mentirosas, porque te digo que las palabras falsas son la más vil enfermedad.

CORO:

¡Déjalo, déjalo! ¡Detente, ay de mí! Nunca, nunca esperé que llegaran a mis oídos palabras tan extrañas, ni que nunca golpearan mi corazón con su doble aguijón calamidades, ruinas, temores tan difíciles de contemplar y de soportar. ¡Ay, ay, hados, hados, me estremezco al conocer lo hecho por Ío!

PROMETEO:

Muy pronto gimes y te llenas de temor. Aguanta hasta que te enteres de lo restante.

CORO:

Habla, enséñanos. A quienes están enfermos es agradable conocer claramente de antemano el dolor que les espera.

PROMETEO:

Vuestra primera requisitoria la obtuvisteis de mí fácilmente porque pedisteis primero saber por las propias explicaciones de ésta sus fatigas. Oíd ahora lo que resta, los padecimientos que debe sufrir esta joven por causa de Hera.  Tú, vástago de Ínaco, mete mis palabras en tu corazón, para que sepas el final de tu camino. En primer lugar, vuélvete desde aquí en dirección a la salida del sol y encamínate por tierras baldías. Llegarás a regiones de los nómadas escitas que habitan tiendas trenzadas que se elevan a lo alto en carros de hermosas ruedas y armados con arcos de certeras flechas. A ellos no te acerques, sino mantén tus pies cerca de las rugientes rocas marinas y deja atrás su tierra. A mano izquierda habitan los cálibes, artesanos del hierro, de los que debes guardarte porque son incivilizados y no amigos de los foráneos. Llegarás al río Insolente, cuyo nombre no le deja mentir, que no atravesarás porque es difícil de atravesar, hasta que avances hasta el mismo Cáucaso, el más alto de los montes, donde el río agota su ira desde las laderas. Debes ir por un camino septentrional superando sus cumbres que alcanzan las estrellas. Allí llegarás junto a la hueste de las Amazonas, odiadoras de hombres, que habitarán un día el Temiscira junto al Termodonte, donde la áspera mandíbula marina de Salmideso, inhospitalaria para los marineros, madrastra de las naves. Ellas te guiarán de muy buena gana. Llegarás al istmo cimerio, en la misma angosta boca de la bahía, que debes atravesar con arrojo tras abandonar el canal de Meotis. Por siempre perdurará entre los mortales el gran relato de tu paso que recibirá por ello el nombre de Bósforo. Luego de abandonar suelo europeo, llegarás a la tierra firme de Asia. ¿Acaso creéis que el rey de los dioses es igual de violento en todo tiempo? Porque el dios en su deseo de unirse a esta mortal la arrojó a este peregrinaje. Diste, muchacha, con un amargo pretendiente para tu boda, porque las palabras que ahora has oído no parecen ser para ti más que el inicio.

ÍO:

¡Ay, ay, ay de mí, ay de mí!

PROMETEO:

¿Vuelves tú a gritar y a lamentarte en voz alta? ¿Qué harás cuando te enteres de tus restantes desgracias?

CORO:

¿Es que vas a decirle a ella más penalidades?

PROMETEO:

Un tempestuoso piélago de catastróficas desgracias.

ÍO:

¿Qué ventaja, entonces, tengo en vivir? ¿No me lanzo al punto desde esta roca áspera para caer en tierra y liberarme de todas mis fatigas? Es mejor morir de una vez que sufrir terriblemente cada día.

PROMETEO:

Más arduamente, sin duda, soportarías mis fatigas, para quien no está predestinada la muerte porque ésta sería la liberación de mis penalidades. Ahora, sin embargo, no hay fin previsto para mis afanes antes de que Zeus sea derrocado de su trono.

ÍO:

¿Es posible que Zeus sea depuesto de su poder en algún momento?

PROMETEO:

Disfrutarías, creo, al ver este infortunio.

ÍO:

¿Cómo no sería así, ya que sufro terriblemente por causa de Zeus?

PROMETEO:

Puedes tener constancia de que esto es así.

ÍO:

¿Que el tirano será despojado de su cetro?

PROMETEO:

Él mismo de sus propias vacuas intenciones.

ÍO:

¿De qué modo? Dímero si algo no te perjudica.

PROMETEO:

Contraerá un matrimonio que le resultará un día doloroso.

ÍO:

¿De origen divino o mortal? Acláramelo si se puede decir.

PROMETEO:

¿Qué más da con quién? Eso no se puede decir.

ÍO:

¿Su mujer lo depondrá del trono?

PROMETEO:

Ella engendrará un niño que será más fuerte que su padre.

ÍO:

¿Y no hay posibilidad de que se libre de esta suerte?

PROMETEO:

No, sin duda, a menos de que me libre de mis ataduras.

ÍO:

¿Quién va a ser el que te libre si Zeus no lo quiere?

PROMETEO:

Es preciso que sea uno de tus propios nietos.

 ÍO:

¿Cómo has dicho? ¿Un hijo mío te salvará de tus males?

PROMETEO:

El tercero en descendencia después de diez generaciones.

ÍO:

Esta profecía no es comprensible ya.

PROMETEO:

Entonces, tampoco preguntes más para conocer tus fatigas.

ÍO:

No me ofrezcas un beneficio para privarme de él luego.

PROMETEO:

Te concederé una de las dos explicaciones.

ÍO:

¿Qué dos? Propónmelas y dame a elegir.

PROMETEO:

Te doy a elegir: o te revelo abiertamente el resto de tus penalidades o el que me va a liberar.

CORO:

Acepta tú hacerle un favor a ésta y el otro a mí; y no me consideres indigno de tus palabras. Dile a éste lo que le queda por vagar y a mí el nombre del que te va a liberar, ya que ansío conocerlo.

PROMETEO:

Puesto que lo deseáis ardientemente, no me opondré a deciros todo lo que aspiráis a conocer. Primero a ti, Ío, te voy a contar tu muy agitado errar, que debes grabar en las memoriosas tablillas de tu corazón. Cuando atravieses la corriente que limita ambos continentes hacia el rojizo oriente que mira al sol […] Atravesando el rugido del mar, hasta que llegues a las llanuras gorgóneas de Cistene, donde habitan las envejecidas muchachas hijas de Forcis, las tres con forma de cisne, que poseen un ojo común y un solo diente, a las que ni siquiera el sol mira con sus rayos y nunca la luna en la noche. Cerca están sus tres hermanas aladas, las Gorgonas, con sus cabelleras de serpientes, odiosas a los mortales, a las que ningún hombre pudo contemplar y respirar luego. Tal revelación de hago como prevención, pero escucha el contenido de otro arduo espectáculo. Guárdate de los perros mudos de afiladas fauces de Zeus y del ejército ecuestre de los arimaspos que miran con un solo ojo y que habitan en torno a la corriente dorada del río Pluto. A éstos no te aproximes. Llegarás a una tierra lejana, a una tribu lúgubre, que habita junto a las fuentes del sol, donde el río etíope. Deslízate por sus orillas hasta que llegues a una pendiente donde desde los montes de Biblos lanza el venerable Nilo su dulce corriente. Él te guiará a los tres ángulos de la tierra de Nilotis, donde, Ío, os está destinado erigir una lejana colina a ti y a tus hijos. Si algo de esto te resulta confuso o recóndito, vuelve a preguntar y te entérate plenamente. Dispongo de más tiempo libre del que deseo.

CORO:

Si tienes algo por hablar que te quede o que has dejado de este errar devastador, dilo, pero si has dicho todo, haznos por nuestra parte el favor que te pedimos. Lo tienes sin duda en la memoria.

PROMETEO:

Ya ha oído ésta el final definitivo de su caminar. Con todo, para que sepa sabrá que no me está oyendo en vano, le contaré las penalidades que tiene sufridas antes de llegar aquí. Esto dará testimonio de mis palabras. Omitiré la mayor parte del aluvión de palabras e iré al mismo punto final de tu múltiple vagar. Cuando llegaste a las planicies molosas y a la escarpada serranía de Dodona, donde está la sede profética de Zeus Tesprotio y un prodigio increíble, las encinas parlantes, por las cuales fue profetizado de forma clara y no enigmática que tú ibas a ser la ínclita esposa de Zeus (¿algo de esto te halaga?), allí, te picó un tábano. Luego, llegaste por un sendero junto al mar hasta el gran golfo de Rea, desde donde fuiste atormentada en un camino de vuelta, un nicho marino que en el tiempo futuro se llamará, lo sabes bien, Mar Jónico en recuerdo para todos los mortales de tu paso. Lo dicho es para ti una indicación de mis pensamientos, cómo mira más allá de lo que ha dicho. Lo restante os lo contaré a vosotras y a ella, retomando el mismo curso de mis anteriores palabras. Existe una ciudad, Canobo, en el extremo de la tierra, junto a la boca y los terrenos de aluvión del Nilo. Allí, justamente, Zeus, sin inspirarte temor, te devolverá la sensatez sólo con el contacto y el toque de su mano. Engendrarás al oscuro Épafo, cuyo nombre se refiere a su origen en Zeus, quien recogerá cuantos frutos el Nilo de amplias corrientes fecunda en la tierra con sus aguas. La quinta generación tras él, que constará de cincuenta jóvenes mujeres, volverá a Argos contra su voluntad huyendo de la unión consanguínea con sus primos carnales. Éstos, arrebatados de pasión sus corazones, halcones ansiosos de palomas no lejanas, llegarán en pos de la caza de matrimonios no sometidos a cacería, pero la divinidad les negará los cuerpos. Pelasgia aceptará a un Ares asesino a manos de mujeres, abatidos los novios por una audacia arropada en la noche. Cada mujer privará de la vida a cada hombre, tiñendo de matanza la espada de doble filo. ¡Ojalá Cipris acudiera a mi lado de ese modo contra mis enemigos! Pero el deseo encantará a una de las muchachas para no matar a su pretendiente, sino que embotará su juicio. Querrá una de dos cosas, oír ser llamada cobarde más que asesina. Ella engendrará en la regia Argos un linaje. Requiere un largo relato detallar esto con claridad. De esa misma semilla nacerá un valiente, afamado por sus arcos, que me liberará de estas fatigas. Tal es la profecía que mi madre ancestral, la Titania Temis, me reveló. De qué modo y manera, contarlo precisa de un largo discurso y tú nada ganarás sabiéndolo.

ÍO:

¡Ay, ay! En mi interior de nuevo un temblor y estertores de loca enajenación me carcomen. El dardo no forjado del tábano me pica y mi corazón golpea mi pecho lleno de miedo. Mis ojos dan vueltas sin parar y el loco ímpetu de la rabia me aparta fuera del camino, incontinente en mi lengua. Turbias palabras golpean al azar junto a las olas de un abominable desvarío.


1103.

ESTÁSIMO I

Primer entreacto del coro

[397-435]

CORO:

Lamento tu nefasta suerte, Prometeo. Vertiendo de mis ojos una corriente de lágrimas, mojé mis tiernas mejillas con húmedas fuentes, porque Zeus muestra su arrogante lanza a los antiguos dioses controlando con sus propias leyes estas desventuras.

Todo el país grita ya de forma penosa. Lamentan tu pundonor, magnífico, venerable, y el de tu gente, y todos los mortales que habitan asentados la sagrada Asia, sufren con tus muy dolorosas penalidades.

Las doncellas que habitan la tierra de Cólquide, intrépidas en la batalla, y la grey escita, que ocupan el último rincón de la tierra en torno al lago Meotis.

Solamente vi antes a otro Titán en medio de padecimientos, sometido por un férreo ultraje, a un dios, al eterno Atlas, soberbia fuerza poderosa, quien gime sosteniendo la bóveda celeste sobre sus espaldas.

El oleaje marino grita mientras cae, el abismo llora, el negro Hades, el hontanar de la tierra, gruñe y las fuentes de inmaculadas corrientes fluviales lloran tu mísero dolor.

 

EPISODIO II

Acto segundo

[436-525]

PROMETEO:

Para nada creáis que callo por debilidad ni por arrogancia. Mi corazón se corroe de ansiedad al verme a mí mismo así de ultrajado. Ahora bien, ¿quién sino yo asignó el galardón definitivo a estos nuevos dioses? Pero lo callo, porque, en efecto, se lo diría a quienes ya lo conocen. Oíd las penalidades de los mortales, cómo siendo anteriormente cándidos los hice juiciosos y plenos de raciocinio. Y hablaré no para hacer reproche alguno a los mortales, sino para explicar la buena voluntad con la que les di los dones. Ellos, en primer lugar, aunque tenían ojos, veían en vano; aunque oían, no lo escuchaban, sino que semejantes a la forma de los sueños malgastaban el curso completo de sus vidas desordenadamente. No conocían las casas hechas de ladrillo orientadas a levante, ni la carpintería. Habitaban bajo tierra como leves hormigas en el fondo de cuevas sin sol. No tenían noción cierta ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del fructuoso verano. Todo lo hacían sin conciencia hasta que les mostré la salida de los astros al este y las puestas al oeste, difíciles de distinguir. También les instruí en los números, magnífica sabiduría, y en la disposición de las letras, memoria de todas las cosas, madre laboriosa de las Musas. Les uncí por primera vez las bestias a los yugos, sometidas como siervas a las gamellas y las albardas, de modo que sustituyeran a los mortales en las más penosas labores. Conducían caballos obedientes a las riendas en sus carros, imagen de una abundantísima opulencia. Ningún otro, sino yo, inventó las embarcaciones de los marineros que vagan por el mar con aladas velas. Desgraciado, a pesar de haber inventado tales ingenios para los mortales, desgraciado, no tengo recursos para apartar de mí esta presente calamidad.

CORO:

Has sufrido un castigo indigno. Vagas después de que tu corazón se hubiera equivocado. Como un mal médico que hubiera caído en la enfermedad, estás descorazonado y no sabes hallar con qué remedios puedes curarte.

PROMETEO:

Escucha lo que me queda y te asombrarás más, los ingenios y recursos que inventé. El mayor de todos, si alguien cayera en la enfermedad, no había cura alguna, ni alimento, ni ungüento, ni pócima, sino que languidecían sin el uso de medicinas, hasta que yo les mostré las mixturas de remedios que los aliviaran, con los que se defienden de todas las enfermedades. Instauré los muchos modos de la adivinación. Fui el primero que discernió de los sueños los que eran reales, y supe los que les eran presagios de difícil interpretación y los augurios casuales. Distinguí con exactitud el vuelo de las aves de curvas garras, las que por naturaleza son favorables y las que son adversas, las costumbres que posee cada una, cuáles son los odios mutuos, los afectos y las bandadas, cuál es la liviandad de sus entrañas, qué bilis tienen, si será para complacer a los dioses, y la moteada simetría del lóbulo. Quemando los miembros cubiertos de grasa y los grandes lomos, conduje a los mortales a un arte de difícil interpretación. Les aclaré los presagios mediante el fuego, que eran antes oscuros. Y hay más. Dentro de la tierra, ocultos, ¿quién diría haber descubierto antes que yo los metales útiles para los hombres, bronce, hierro, plata, oro? Nadie, bien lo sé, a no ser que quiera farfullar vanamente. En suma, entérate en una palabra de todo: todas las artes proceden de Prometeo.

CORO:

No seas ya de más utilidad a los mortales más allá de lo razonable y no te desentiendas de ti mismo en el infortunio, porque yo albergo esperanzas de que, una vez liberado de tus cadenas, no tendrás una fuerza inferior a la de Zeus.

PROMETEO:

La eficaz Parca no ha decidido que eso se cumpla de esa manera. Tras ser doblegado por infinitas penalidades y desgracias, escaparé así de mis cadenas. La destreza es con mucho más débil que la necesidad.

CORO:

¿Quién es timonel de la necesidad?

 PROMETEO:

Las triformes Parcas y las memoriosas Furias.

CORO:

¿Acaso Zeus es más débil que ellas?

PROMETEO:

No podría escapar del destino.

CORO:

¿Qué es lo que hay destinado para Zeus sino el eterno poder?

PROMETEO:

Eso ya no lo podrías saber y tampoco insistas en ello.

CORO:

Sin duda que es algo solemne lo que ocultas.

PROMETEO:

Mencionad otros asuntos. No es momento en absoluto de evocar éstos, sino que es preciso ocultarlos cuanto más mejor, porque, guardándomelo, es como escaparé de estas indignas cadenas y desgracias.

 


1102.

EPISODIO I

Primer acto

[193-396]

CORO:

Revélanos todo y haznos saber la razón, por qué delito Zeus te ha apresado de forma tan ignominiosa y te ultraja acerbamente. Enséñanoslo, si no hallas dolor en contarlo.

PROMETEO:

Me es doloroso contar esto, pero también duele callarlo y, en todo caso, es algo digno de lástima. Cuando los dioses hicieron nacer su cólera y se levantó la discordia entre ellos, unos por querer derribar el trono de Cronos para que a partir de ahí reinase Zeus y otros por afanarse en lo contrario, de modo que Zeus nunca gobernase a los dioses, en aquel momento yo pretendí convencer a los Titanes, hijos de Urano y la Tierra, pero no pude. Desdeñando mis seductores ardides con violentos planes, creyeron triunfar fácilmente mediante la coacción. A mí, mi madre Temis, o Gea (hay una sola forma para muchos nombres), no ya sólo una vez me había predicho lo que sucedería, que no sería necesario que los vencedores lograsen el poder mediante la fuerza ni la violencia, sino por el engaño. Aunque se lo expliqué con mis palabras, no se dignaron siquiera a considerarlo por encima. Entonces, creí que lo mejor en esas circunstancias era tomar a mi madre conmigo y unirme de forma voluntaria a un Zeus conforme. Gracias a mis consejos, el abismo de profunda oscuridad guarda al provecto Crono junto con sus aliados. Tras haber sacado semejante provecho de mí el soberano de los dioses, me correspondió con este perverso castigo. Ésta es la enfermedad que, de alguna manera, reside en el poder, no confiar en los leales. Pero el objeto de la pregunta, la causa por la cual me veja, te la voy a aclarar. Tan pronto como se sentó en el trono de su padre, al punto distribuyó la recompensa a unos y otros de los dioses y se atribuyó a sí mismo el poder, pero no tuvo una palabra para los desgraciados mortales; antes bien, quiso aniquilar todo su linaje y plantar uno nuevo. A estas disposiciones nadie se opuso excepto yo. Yo sí me atreví. Libré a los mortales de ser destruidos y acabar en el Hades. De este modo, me retuerzo entre estas penalidades de doloroso sufrimiento y lamentable visión. Puse por delante a los mortales por piedad, pero no me consideré digno de hallar yo mismo esto, sino que inhumanamente he sufrido esta corrección, espectáculo poco glorioso para Zeus.

CORO:

Corazón de hierro y tallado en piedra tiene quien no siente compasión por tus penalidades, Prometeo. Ni mirar esto hubiera yo deseado, pero cuando lo miro, me duele el corazón.

 PROMETEO:

Sin duda que da pena a mis amigos verme.

CORO:

¿Es que continuaste estas acciones y fuiste más allá?

PROMETEO:

Evité que los mortales miraran la muerte por adelantado.

CORO:

¿Qué remedio hallaste para esta enfermedad?

PROMETEO:

Fundé en ellos ciegas esperanzas.

CORO:

Un regalo útil les hiciste a los mortales.

PROMETEO:

Además de esto también yo les proporcioné el fuego.

CORO:

¿Ahora cuentan con el fuego llameante, seres caducos?

 PROMETEO:

Gracias a lo cual adquirirán numerosas destrezas.

CORO:

Sin duda por tales causas, Zeus te…

PROMETEO:

Me está sometiendo a vejaciones y no me libra de ningún mal.

CORO:

¿Y no hay término de esta prueba prevista para ti?

PROMETEO:

No hay más que esto, salvo cuando le parezca bien.

CORO:

¿Cómo le va a parecer bien? ¿Qué esperanza hay? ¿No te das cuenta de que has errado? Que has errado ni a mí me resulta agradable decírtelo y para ti es doloroso. Pero dejemos esto y busca alguna solución para esta prueba.

PROMETEO:

Es fácil a quien posee un pie fuera de las penalidades, aconsejar y advertir al que lo pasa mal. Yo sabía todo eso, erré voluntariamente, voluntariamente, no lo negaré. Por ayudar a los mortales, yo mismo encontré mis sinsabores. En verdad que no creí consumirme por esta condena junto a rocas alzadas al aire, dando con estos riscos solitarios e inhóspitos. No lloréis la presente aflicción. Marchad a tierra y oíd la suerte que se me avecina, para que os enteréis de todo al detalle. Hacedme caso, hacedme caso, solidarizaos con quien ahora pena. El sufrimiento, maquinando las mismas cosas, se aferra a uno y a otro continuamente.

CORO:

No has urgido esto a gente sin ganas, Prometeo. Ahora, con ágil pie abandono mi presurosa sede y el éter puro, sendero de las aves, me acerco a esa rugosa tierra para enterarme a fondo de tus penalidades.

OCÉANO:

He llegado a ti después de llevar a término un largo camino, Prometeo, guiando sin bridas y por propia decisión esta ave de ágiles alas. Debes saber que me compadezco de tu suerte. Porque creo que el parentesco así me obliga y, dejando aparte el linaje, no hay nadie a quien otorgue mayor respeto que a ti. Vas a conocer esto como verdadero. No me es posible hablar en vano para complacerte. Indícame lo que debo compartir contigo, porque nunca dirás que hay amigo más leal para ti que Océano.

PROMETEO:

¡Ah! ¿Qué cosa veo? ¿También tú has venido para contemplar mis penalidades? ¿Cómo has osado dejar la corriente de tu mismo nombre y las cuevas de pétreas bóvedas ancestrales, y venir a la férrea tierra madre? ¿Acaso has acudido para contemplar mi suerte y compadecerte de mis males? Mira el espectáculo, a este amigo de Zeus, el que le ayudó a instaurar su soberanía, bajo qué penalidades me retuerzo por su causa.

OCÉANO:

Lo estoy viendo, Prometeo, y quiero recomendarte lo mejor, aunque seas persona de recursos. Acéptate y adáptate a los nuevos modos, porque nuevo es el soberano de los dioses. Si vas a arrojar ásperas y afiladas palabras, puede que Zeus, aunque esté en una muy alta sede, te oiga, de modo que acabes creyendo que esta actual turbamulta de pesares es un juego. Vamos, desgraciado, abandona la ira que te posee, busca una liberación de estas penalidades. Tal vez te parezca que te digo cosas trilladas, pero tal es, Prometeo, la compensación por una lengua demasiado altiva. Tú, hasta ahora, no has sido humilde ni has cedido pese a los infortunios. Quieres añadir a los presentes otros más. No me uses a mí como maestro para añadir más leña al fuego, viendo que gobierna un rey severo y no sometido a responsabilidad. Ahora yo iré e intentaré, si puedo, liberarte de este sufrimiento. En cuanto a ti, cálmate y no seas imprudente con tu boca. ¿O es que no sabes bien, en tu gran inteligencia, que el dolor va unido a una lengua vana?

PROMETEO:

Te envidio porque consigues tomar parte de todo esto sin ser culpado y habiéndote atrevido a estar conmigo. Pero ahora, déjame y no te preocupes por ello. En modo alguno lo convencerás, porque no es fácil de persuadir. Ten cuidado no vayas s sufrir tú alguna calamidad en tu camino.

OCÉANO:

Eres por naturaleza más diestro, con mucho, en instruir a los demás que a ti mismo. Soy testigo por los hechos, no por las palabras. No me retengas cuando ya me he puesto en marcha, porque me jacto, sí, me jacto de que Zeus me concederá este favor, librarte de estas penalidades.

PROMETEO:

Te alabo por ello y no dejaré nunca de hacerlo, porque no te falta ni un poco de buen ánimo; sin embargo, no pases ninguna penalidad. Si es que quieres esforzarte, en vano me será tu esfuerzo a no ser que me seas útil. Pero tranquilízate y quédate al margen, porque si yo soy un desgraciado, no querría por este hecho causar calamidades a una mayoría de gente, no y no, porque también el destino de mi hermano Atlante me angustia, quien permanece en las regiones de poniente sosteniendo en sus hombros la columna del cielo y la tierra, un peso no fácil de llevar entre los brazos. Y lamento la visión del habitante de cilicias cuevas, hijo de la Tierra, monstruo devastador, el furioso Tifón de cien cabezas, derrotado por la violencia, que se enfrentó a todos los dioses exhalando terror entre sus terroríficas mandíbulas. Arrojaba desde sus ojos un pavoroso fulgor de relámpagos con la intención de despojar a Zeus de su poder por la fuerza. Pero le alcanzó el dardo insomne de Zeus, el rayo que desciende emanando llamas y que lo expulsó de sus jactancias grandilocuentes. Golpeado en su mismo corazón, su poder fue reducido a cenizas por el rayo. Ahora, inútil y desmadejado cuerpo, yace cerca de un marino estrecho, aplastado por las raíces del Etna. Hefesto golpea el hierro al rojo asentado en el punto extremo de sus cumbres, de donde un día brotarán ríos de fuego, devorando los campos llanos de Sicilia, la de hermosos frutos, con sus salvajes mandíbulas. Tifón volverá a hacer bullir semejante ira con los hirvientes dardos de una espantosa tormenta de fuego, aunque haya sido carbonizado por el rayo de Zeus. Tú, que no eres ingenuo, no me tomes como maestro, Sálvate a ti mismo del modo que sepas. Yo agotaré mi suerte actual, hasta que la voluntad de Zeus haga cesar su cólera.

OCÉANO:

¿Es que no sabes, Prometeo, que las palabras son el médico de la cólera enferma?

PROMETEO:

Siempre que el corazón se enternezca oportunamente y no doblegue su temperamento ardiente con la violencia.

OCÉANO:

¿Qué daño existente ves en el hecho que alguien esté bien dispuesto y se atreva a algo? Enséñamelo.

PROMETEO:

Un esfuerzo superfluo y un candor ingenuo.

OCÉANO:

Déjame enfermar con esa enfermedad, porque parece que lo más ventajoso para quien tiene buena voluntad es no pensar.

 PROMETEO:

A mi juicio, ése será mi error.

OCÉANO:

Es evidente que esas palabras tuyas me mandan de vuelta a casa.

PROMETEO:

Pues que mis lamentos no te empujen a la enemistad.

OCÉANO:

¿Contra quien se acaba se sentar en un trono omnipotente?

PROMETEO:

Vigila que no se irrite su corazón en algún momento.

OCÉANO:

Tu infortunio, Prometeo, es mi maestro.

PROMETEO:

Prepárate, márchate, salva estas pretensiones.

OCÉANO:

Me has dado este mensaje cuando ya me iba. El leve sendero del éter acaricia con sus alas el ave de cuatro patas. De buena gana dejará descansar su rodilla en hogareños establos.


1101.

PÁRODO

Entrada del coro formado por ninfas Océanides

 [128-192]

CORO:

Nada temas. Es ésta una alada formación amiga la que se acerca en rápida lid a esta roca, venciendo con esfuerzo los paternos deseos. Me han enviado las ágiles brisas, porque el sonido de un acerado golpe atravesó la hondura de las cuevas y sorprendió mi severo pudor y me arrojé descalza en mi carro alado.

PROMETEO:

¡Ay, ay, vástagos de la prolífica Tetis e hijas del padre Océano, el que rodea toda la tierra con su incansable corriente! Mirad, contemplad con qué cadenas atado, en el extremo promontorio de este barranco mantendré una guardia abominable.

CORO:

Te contemplo, Prometeo. Una temible niebla cayó sobre mis ojos, llena de lágrimas cuando vi tu cuerpo marchitándose en estas piedras con estas férreas y ultrajantes cadenas. Nuevos timoneles gobiernan el Olimpo. Con novedosas leyes Zeus manda de forma absoluta y los antiguos monstruos ahora aniquila.

PROMETEO:

¡Ojalá me hubiera arrojado bajo la tierra, al fondo, al inconmensurable abismo de Hades, el que acoge a los muertos, y me hubiera atado salvajemente con insolubles cadenas, de modo que ni un dios ni ningún otro ser hubiera disfrutado con estos padecimientos! Pero yo, ahora, desgraciado de mí, sufro etéreos vaivenes, motivo de regocijo para mis enemigos.

CORO:

¿Qué divinidad será tan dura de corazón que se alegre de estas cosas? ¿Quién no sentirá compasión hacia tus males, aparte de Zeus? Siempre vengativo, imponiendo su inflexible voluntad, domina a la prole de Urano. No parará hasta que su corazón se sacie o hasta que alguien mediante algún ardid se apodere de su inquebrantable mando.

PROMETEO:

Aunque ciertamente vejado entre fuertes grilletes, el patrón de los bienaventurados tendrá necesidad de mí para que le muestre el nuevo decreto por el cual será despojado de su cetro y sus dignidades. Y no me seducirá con las melifluas y hechiceras palabras de la persuasión, ni yo le daré cuenta de aquel por asustarme con firmes amenazas, hasta que me libre de estas brutales cadenas y quiera compensarme de estos ultrajes.

CORO:

Eres osado y no cedes nada ante amargas penalidades. Hablas con demasiada libertad y un penetrante miedo aguijonea mi corazón. Temo por esta suerte tuya, sin saber dónde es preciso que conduzcas tu nave y veas el fin de estos sufrimientos. El hijo de Crono tiene una naturaleza inaccesible y un corazón inexorable.

PROMETEO:

Sé que Zeus es riguroso y que posee en sus manos la justicia, pero creo que reblandecerá todo su carácter algún día, cuando sea aplastado de ese modo. Calmará su implacable ira y nos apresuraremos a ir al encuentro de nuestra amistad y afecto.


1100.

PRÓLOGO
[1-127]

PODER:
Hemos llegado al solar de una lejana tierra, a territorio escita, a un páramo intransitable. Hefesto, debes atender las órdenes que tu padre te encomendó, encadenar a este infame a las rocas de altos peñascos con los inquebrantables grilletes de unas cadenas duras como el diamante, porque la cima de tu destreza, el fuego resplandeciente, generador de todas las artes, lo robó y lo dio como compañero a los mortales. Hay que hacer justicia con él ante los dioses por su falta, para que aprenda a respetar la autoridad de Zeus y a cesar en su actitud de amor al ser humano.

HEFESTO:
Poder y Fuerza, la orden que Zeus os dio está siendo cumplida y ya nada la impide. En cuanto a mí, aunque carezca de audacia para encadenar por la fuerza un congénere divino a un barranco batido por los vientos, tengo que atreverme a ello, porque descuidar las palabras de Zeus es peligroso. (A Prometeo) Altruista hijo de Temis, la recta consejera, contra mi voluntad voy a clavarte a ti contra tu voluntad a esta inhumana roca con inquebrantables grilletes, donde no verás ni imagen de mortal alguno ni voz, y, abrasado por la radiante llama del sol perderás la lozanía de tu piel. La noche tachonada de luminarias ocultará para ti, aliviado, su luz, pero el sol en la aurora dispersará de nuevo el rocío. Siempre el peso del presente mal te corroerá, porque no ha nacido aún quien te lo alivie. Tales son los frutos de tu comportamiento filantrópico. Al no inclinarte como dios ante la ira de los dioses, entregaste cosas valiosas a los mortales más allá de lo que les corresponde. A cambio de ello, vigilarás esta roca indeseable, en recta postura, insomne, sin poder doblar la rodilla. Proferirás muchos lamentos y sollozos inútiles, porque los pensamientos de Zeus son implacables. Rudo es todo aquel cuyo poder es reciente.

PODER:
Sea. ¿Pero por qué te retrasas y te lamentas en vano? ¿Por qué no abominas del dios más odiado por los dioses, que entregó tu atributo a los mortales?

HEFESTO:
El parentesco es terrible y el trato.

PODER:
Estoy de acuerdo y desobedecer las palabras del padre, ¿cómo es posible? ¿No temes eso más?

HEFESTO:
Tú, al menos, eres siempre despiadado y lleno de valor.

PODER:
No es ninguna solución llorar por éste. En cuanto a ti, no te esfuerces en vano por lo que no tiene utilidad alguna.

HEFESTO:
¡Ah, qué labor tan odiada!

PODER:
¿Por qué la odias? Simplemente, tu oficio no es en absoluto el responsable de lo que está pasando ahora.

HEFESTO:
En todo caso, ojalá le hubiera correspondido a cualquier otro esta tarea.

PODER:
Todo trabajo es odioso, excepto ser el señor de los dioses, porque nadie es libre, salvo Zeus.

HEFESTO:
Lo tengo sabido y no puedo oponer ninguna palabra.

PODER:
¿No vas entonces a ponerle a éste las cadenas para que tu padre no pueda verte ocioso?

HEFESTO:
Sin duda, las cadenas pueden verse y están listas.

PODER:
Ponlas en sus manos, golpéalas con el martillo, fuerte, poderosamente y fíjalas a las rocas.

HEFESTO:
Ya está acabando y no se demora esta tarea.

PODER:
Martillea más, aprieta, para nada aflojes, porque es algo grande hallar el sendero en medio de las dificultades.

HEFESTO:
Al menos este brazo quedó agarrado de forma inamovible.

PODER:
Amárralo firmemente para que aprenda que, aun siendo listo, es más torpe que Zeus.

HEFESTO:
Nadie, a no ser éste, podría reprobarme con justicia.

PODER:
Agarra con fuerza el penetrante borde de la cuña adamantina a través de su pecho.

HEFESTO:
¡Ay, ay! Gimo por tus sufrimientos.

PODER:
¿Te retraes de nuevo y lloras por los enemigos de Zeus? Mira no sea que te lamentes por ti mismo un día.

HEFESTO:
Estás viendo un espectáculo doloroso de ver con los ojos.

PODER:
Estoy viendo que éste obtiene lo que se merece. Vamos, pon esas cadenas alrededor de su costado.

HEFESTO:
Tengo que hacerlo, no me insistas tanto.

PODER:
No dudes que te ordenaré y lo haré a gritos más aún. Ve hacia abajo y aprieta alrededor de sus piernas con fuerza.

HEFESTO:
Bien, ya está hecho el trabajo y no con gran esfuerzo.

PODER:
Golpea ahora con energía los hirientes grilletes, porque quien inspeccionará tu obra es alguien severo.

HEFESTO:
El tono de tu voz es similar a tu aspecto.

PODER:
Tú sosiégate y no me reproches mi arrogancia y la rudeza de mi ira.

HEFESTO:
Marchémonos. Ya tiene las cadenas puestas en sus miembros.

PODER:
(A Prometeo) Anda, ve ahora y afrenta a los dioses, despójales de sus dones para dárselos a los seres caducos. ¿En algo son capaces los mortales de ahorrarte estos sufrimientos? Falsamente te llaman los dioses Prometeo, porque tú mismo necesitas un Precavido para hallar el modo de librarse de este artificio.

PROMETEO:
¡Oh, éter divino y brisas de veloces alas, fuentes de los ríos, sonrisa de incontables olas marinas, tierra madre de todos! ¡También a ti te invoco, órbita del sol que todo lo ve! Vedme, qué sufrimientos padezco, siendo un dios, por parte de los dioses. Mirad con qué oprobios habré de contender durante miles de años mientras soy destrozado. Estas son las ultrajantes cadenas que el joven caudillo de los bienaventurados halló para mí. ¡Ay, ay! Lloro la calamidad que está cayendo sobre mí en este momento. ¿Dónde debo encomendarme para dar fin en alguna ocasión a estos pesares? ¿Pero qué digo? Todo mi futuro conozco de antemano con exactitud y no me sobrevendrá ninguna calamidad imprevista. Hay que sobrellevar el destino fijado de la mejor manera posible, sabiendo que la fuerza de la fatalidad es irresistible. Pero no me es dado callar ni no callar esta suerte, porque al facilitar ese don a los mortales me uncí, desgraciado, a esta fatalidad. Apresé la robada fuente del fuego y llené con ella una férula, que resultó ser maestra de toda destreza para los mortales y un gran recurso. Pago la pena de tales errores sujeto a cadenas expuestas al aire libre. ¡Ay, ay, ay! ¿Qué sonido, qué olor invisible vuela hacia mí? ¿Es enviado por los dioses, por los mortales o por ambos? Un espectador ha llegado a la roca del fin del mundo. ¿Qué es lo que quiere? Ved a un desdichado dios encadenado, un enemigo de Zeus, que es odiado por todos los dioses que entran en el atrio de Zeus, por su total amistad con los mortales. ¡Ay, ay! ¿Qué susurro de aves vuelvo a oír? El éter murmura con un liviano revoloteo de alas. Lo que se me acerca es completamente temible.