789.

MAESTRA

 Mientras sube las escaleras, no sabe por qué, recuerda que nunca le atrajeron los hombres. Ni eso que los demás llaman amor, o ahora, tan desatado todo el mundo, sexo. Pablo Méndez sacude los fundamentos de la memoria y aquellos intentos de sentirse novia suya recién cumplidos los veinte. Fueron un par de años peleando con sus deseos de bodas, aquel único fondeadero donde los supervivientes de los tiempos duros podían soñar la paz de sus ardores. Dos años en los que Pablo Méndez asistía impávido y constante a sus reticencias, a sus excusas. Tuvo novio porque se debía tener novio, porque una mujer joven y guapa, inteligente y enérgica como ella no podía quedarse para vestir santos. Nunca hubo otro Pablo Méndez, sino miles de criaturas que poblaron curso tras curso las aulas de los colegios por los que estuvo pasando, pequeñas criaturas, siempre idénticas, siempre cambiantes. Mientras introduce la llave en la cerradura y entra en su viejo piso, esa falta de ascensor que a veces le resulta tan punzante, repasa algunos de aquellos hitos de pocos centímetros de altura en cuyo altar ofrenda todos y cada uno de sus días, incluso muchos de vacaciones. Alguna vez, en alguna calle, alguien se le acerca sonriente y le dice que se llama fulano de tal o fulanita de cual y le revela un recorrido infantil a su lado. Ella le compensa también con su sonrisa y finge reconocerlo. Preguntas tópicas y respuestas difusas, adiós amable y plenitud en su alma cuando lo ve, cuando la ve alejarse. Enciende la luz del pasillo. Siente el estómago aún repleto y unos ciertos vapores de los vinos y las copas. En la cómoda del salón deja la placa que le han regalado en los postres. La comida, el homenaje por su jubilación han quedado bien. Lentamente entra su dormitorio y se tumba en su cama.


788.

BÚSQUEDAS

 Nace y se cría en un mundo católico y en una familia llena de dulces mujeres que, fungiendo de sincero camaleonismo, se tuerce a los vientos y reza el rosario algunas tardes, acude a misa de doce los domingos y en Semana Santa observa silencio y tristeza. Años de infancia en los que sigue la cola del cometa porque la edad no da para indagaciones, por más que un aguijón traspase ya día a día sus entrañas. Llega el momento de las preguntas más adelante y comienza una vía dolorosa donde la garra del pecado se le adhiere al alma. Las pasadas ofrendas ya no cubren las ansias de una divinidad que se le antoja excesiva en sus reclamaciones. Persevera en el camino de sus antepasados afiliando nuevos surcos al albur de unos nuevos tiempos, tan traicioneros en pintar imágnes de siempre con colores más agrestes. De ahí nada resulta ya. Busca entonces puertos que cree más amables y apacibles. Indaga en otros cristianos, los frecuenta y los abandona porque todos, al final, piden lo mismo. Inagotable el pozo de su dolor por la ausencia en lo más acá de lo más allá, se abisma en Oriente durante plazos serenos de meditación y maestros tan cercanos en su verbo como lejanos en su médula. Agotado de tanta búsqueda, desengañado de las sombras que ocultan la realidad la nada, avanza la proa de su barquichuela en el mar de la existencia y emprende un desesperado, infructuoso asalto a esa subjetividad envidiosa de lo cierto que llaman filosofía. Un amanecer la iluminación se abate sobre su mente aún entre la niebla y ve sus cuatro años de edad, aquel primer día de colegio y el estupor.


787.

GRIPE

La fiebre le tiene derrotado en la cama. Una luz mortecina combate con las sombras dentro del dormitorio e ilumina cobardemente los frascos que acechan en la mesilla de noche. Hay jarabes, analgésicos, algún antibiótico dudoso y otros filtros de pobre efectividad contra los embates despiadados y resistentes de los virus. Afortunadamente, antes de que la enfermedad se agravara y lo dejara inmóvil pudo ir al médico y comprar las medicinas. La tos le asalta los pulmones con una periodicidad dolorosa y lo sacude en la cama como un triste saltimbanqui de circo en ruinas. Este año la gripe es más virulenta que la última vez. No la recuerda bien porque su salud es buena y las caídas en esta zanja se suceden alguna vez cada dos o tres años. Lo ha derribado por completo, de forma incontrovertible. Entre los espasmos, la garganta sufre, herida por agujas invisibles y el estómago se resiente de tanta contracción. Suda y, a la vez, tirita de frío. Le vendría bien una sopa caliente. La memoria viene en auxilio de sus deseos y le pone ante sus ojos los caldos llenos de sustancia, sabrosos, que su madre le preparaba cuando estaba enfermo. No ir al colegio, sentirse cuidado y punto de atenciones siempre le compensó de las adversidad a las que las enfermedades de la infancia sometían su cuerpo. Estaban deliciosas aquellas sopas que su madre le traía. Oye sus pasos desde la cocina, viniendo por el pasillo de su vieja casa, abriendo la puerta del cuarto que compartía con su hermano menor. Las imágenes de disuelven en la realidad y decide levantarse. No le queda más alternativa que levantare e ir a la cocina de su apartamento, sacar una pastilla de caldo de pollo de uno de los armarios y calentar agua hasta que hierva mientras espera entre las sacudidas de su tos.

 

 


786.

HIJO

 Lo ve en la cuna, un diminuto adminículo donde la matrona le ha indicado que lo deposite. Llega la señora, oronda pero ágil, dispuestísima en sus andares y expresiones, con el amasijo de ropas en brazos. Al entrar en la habitación, las dos abuelas se abalanzan. Pretenden tomar el dominio de la criatura, pero la matrona las sortea hábilmente y planta los ropones en los brazos irresolutos del hombre. Tras un suave forcejeo con la nueva experiencia, la superficie arrugada de la cuna se le representa como una isla reparadora en medio del océano de incertidumbre. La criatura duerme. No ha llegado en medio de llantinas ni revoluciones. Sospecha de la cesárea. El hijo duerme y se chupa el pulgar de su mano derecha. Las abuelas vuelven a intentar el asalto, de nuevo repelido por los ademanes estrictos de la matrona. El hombre lo mira y no sabe. Ignora tantas cosas, está ajeno a la maraña que se arremolina tanto en la habitación como en su interior. Su vida anterior a este momento pasa por su memoria. Las auroras en compañía de ella, las mañanas, atardeceres y noches en unión; los viajes de cada verano a rincones inusitados, las cenas a la luz de velas y sometidos a las atenciones de expertos camareros y maîtres, los trajes, los vestidos de marca. Todo parece difuminarse en una neblina de opacidad y adioses. Pero más le atenaza el alma que por primera vez en su vida sepa lo que es tener miedo.

 


785.

MÚSICA

La mujer le dice que quite la música. El hombre, intrigado, le pregunta la razón. Ella es renuente a darle a conocer los enredos de su cerebro. Primero intenta despejar la situación con alguna evasiva dicha con tan pobre convicción que el hombre le regala un gesto de incredulidad. Insiste. Cuál es la razón de que ella no desee oír esas canciones que acompañaron sus primeros momentos de amor. Las melodías recuerdan el calor de una chimenea en una casa rural. Diciembre sin nevadas, pero un frío en el exterior que enmarcaba las llamas nunca consumidas dentro del refugio. Fueron varios días de enajenación, sin salidas, con la nevera agotada y las horas nunca exhaustas. No hubo televisión, ni radio, ni internet. Sólo un viejo reproductor de compactos y varios discos. Hace ya más de quince años y siguen juntos. Las nubes que esporádicamente ensombrecen las mañanas, se disuelven por la tarde y a la noche regresa la calidez sabida de la camaradería. Ambos intuyen que nada hay en el horizonte que augure riscos, arrecifes o quebradas en el camino que llevan recorrido en compañía. Pero esa música, ella no quiere oírla. Y él, mientras va depositando el disco en su caja y lo lleva a la estantería, reconoce íntimamente que tampoco le resulta agradable revivir según que sensaciones.


784.

Lazo Negro

¿…?


783.

De vuelta al Renacimiento de manos de John Dowland (1563-1626).

John-Dowland

Flow, my tears, fall from your springs!
Exiled for ever, let me mourn;
Where night’s black bird her sad infamy sings,
There let me live forlorn.

 Down vain lights, shine you no more!
No nights are dark enough for those
That in despair their lost fortunes deplore.
Light doth but shame disclose.

 Never may my woes be relieved,
Since pity is fled;
And tears and sighs and groans my weary days
Of all joys have deprived.

 From the highest spire of contentment
My fortune is thrown;
And fear and grief and pain for my deserts
Are my hopes, since hope is gone.

 Hark! you shadows that in darkness dwell,
Learn to contemn light
Happy, happy they that in hell
Feel not the world’s despite.

                     *    *    *

 Fluid, lágrimas mías, caed de vuestros manatiales.
Exiliado para siempre, dejadme que me lamente.
Donde el negro pájaro de la noche canta su triste deshonra,
dejadme vivir allí desolado.

 Abajo las luces vanas, no brilléis más.
No hay noches bastante oscuras para aquellos
que lamentan su suerte perdida en medio de la desesperación.
La luz no hace sino revelar la vergüenza.

 No permitáis nunca que mis aflicciones encuentren alivio,
porque la compasión ha huido
y las lágrimas, los suspiros, los gemidos
han privado mis cansados días de todo gozo.

 Desde la más alta cumbre de la alegría
mi suerte es arrojada,
y el miedo, la pena y el dolor para mi merecido
son mis esperanzas, porque la esperanza se ha ido.

 Oídme, sombras que habitáis en la oscuridad.
aprended a repudiar la luz.
Felices, felices los que en el infierno
no sienten el desprecio del mundo.