759.

Aquel año se produjeron extraños acontecimientos. Hubo terremotos en Constantinopla, las aguas del Nilo permanecieron anormalmente más tiempo de la cuenta en la tierra y arruinaron las siembras, y una enorme ballena, que había asolado el Bósforo ante la impotencia de sus habitantes, varó en la costa, murió y sirvió de alimento durante largo tiempo. 

[17] Βυζάντιοι δέ, ἐπειδὴ τῶν τε σεισμῶν ᾔσθοντο καὶ τὰ ξυμπεσόντα ἀμφί τε τῷ Νείλῳ καὶ τῷ κήτει τούτῳ ἔγνωσαν, προὔλεγον αὐτίκα ξυμβήσεσθαι ὅσα δὴ αὐτῶν ἑκάστῳ ἤρεσκε. [18] φιλοῦσι γὰρ ἄνθρωποι τοῖς παροῦσι διαπορούμενοι τὰ ἐσόμενα τερατεύεσθαι, καὶ τοῖς ἐνοχλοῦσιν ἀποκναιόμενοι τὰ ξυμβησόμενα λόγῳ οὐδενὶ τεκμηριοῦσθαι. [19] ἐγὼ δὲ μαντείας τε καὶ τεράτων δηλώσεις ἄλλοις ἀφιεὶς ἐκεῖνο εὖ οἶδα, ὡς ἡ μὲν τοῦ Νείλου ἐπὶ τῆς χώρας διατριβὴ μεγάλων αἰτία ἔν γε τῷ παρόντι συμφορῶν γέγονε, τὸ δὲ κῆτος ἀφανισθὲν πολλῶν ἀπαλλαγὴ κακῶν διαδείκνυται οὖσα.

[17] Los habitantes de Constantinopla, cuando sintieron los terremotos y se enteraron de lo que había sucedido en el Nilo y con la ballena, auguraron que iba a pasar todo aquello que a cada uno se le ocurría. [18] Cuando se encuentran abrumados por las circunstancias, los seres humanos suelen profetizar futuros desastres y preocupados por aquello que les turba, sin ninguna razón deducen lo que va a pasar. [19] Por mi parte, yo dejo a otros las declaraciones sobre augurios y monstruos y sólo sé que la permanencia en el terreno del Nilo ocasionó en el momento enorme infortunio y que la desaparición de la ballena demostró ser el final de numerosos males.

Procopio de Cesarea, Historias, VII 29.17-19.


758.

PERFECCIÓN

Su padre siempre dice que en toda familia debe haber un médico y un abogado. En las últimas conversaciones, ella le añade que el informático ha logrado hacerse un hueco de similar trascendencia en esa lista. El primo ha hecho honor a las expectativas y ha sabido tratar astutamente, en tiempo y forma el proceso de divorcio. Ha sacado de su ex marido todo el jugo que se podía extraer habida cuenta de que no se contaba con criaturas por medio y que las propiedades en común apenas abarcaban lo habitual de una clase media en su expresión más constreñida. Es decir, un piso de noventa metros cuadrados y un utilitario. Una vez cerrada la puerta del despacho, ella respira hondo, convencida de que la decisión ultimada hacía unos meses era la más adecuada. La cara de estupor de ese hombre ya cubierto por el limbo del pasado apenas si le causa una comezón y la herida, un arañazo, comienza a dejar de ser una leve inflamación para allanarse en la piel tersa de su alma. Avanza por el pasillo de la planta hasta el ascensor y dentro, ocluido el mundo exterior, se afirma en el motivo de aquel movimiento que cerró la página de diez años de convivencia. Él, como decían todas sus amigas con envidia, era perfecto.


757.

CASUALIDAD

 Pone el ordenador en la mesa. La tienda de informática está en la esquina de su calle, un cubículo de extrañas criaturas con variopinto plumaje y forma cuya vitalidad se esconde detrás de un aparente y mortecino reposo. Ella no entiende de esos chismes y su marido, recién fallecido, era el encargado de manejar aquel aparato cuya presencia en casa se le antojaba un enigma. A su edad no está para novedades, como no sean el obligado mando de la lavadora superautomática o las instrucciones de la termomix. El empleado, un joven con barba de varios días y pelos alborotados a la moda, la atiende con la simpatía habitual. Reconoce el ordenador y le dice que, efectivamente, su marido es cliente habitual. Le da el pésame cuando le dice que ha muerto y sus ojos de empleado atento se nieblan de incertudimbre ante una situación nunca planteada en los cursillos de empresa. Ella tiene claro lo que desea de la tienda. Se lo ha preguntado diplomáticamente a su hijo Pedro, cuyo habitual desinterés no ha cuestionado la medida. En el momento de empujar con suavidad el aparato hacia el dependiente, resuenan en sus pupilas las lágrimas y los sollozos de su amiga. La casualidad dictó que el esposo también muriera. Fue un mes antes de que la modesta camaradería en que se había convertido su matrimonio se rompiera tras cuarenta y dos años por la garra contundente de un infarto. La amiga, en su buena intención de arreglar asuntos pendientes, había descubierto en el ordenador de su marido fotografías y vídeos que abrían a la luz una vida que jamás hubiera imaginado. Ella lo tiene claro. Sabe las palabras que debe usar. Y encarga al joven empleado que formatee el aparato.  


756.

HISTORIA MÍNIMA DE LAS MENTALIDADES

Fatalidad en el siglo VI d.C.

 [15] καί μοι ἔδοξεν ἢ Βελισάριον ἑλέσθαι τὰ χείρω, ἐπεὶ χρῆν τότε Ῥωμαίοις γενέσθαι κακῶς, ἢ βεβουλεῦσθαι μὲν αὐτὸν τὰ βελτίω, ἐμπόδιον δὲ τὸν θεὸν γεγονέναι, Τουτίλᾳ τε καὶ Γότθοις ἐπικουρεῖν ἐν νῷ ἔχοντα, καὶ ἀπ’ αὐτοῦ τῶν βουλευμάτων τὰ βέλτιστα ἐς πᾶν τοὐναντίον Βελισαρίῳ ἀποκεκρίσθαι. [16] οἷς μὲν γὰρ ἐπιπνεῖ ἐξ οὐρίας τὸ πνεῦμα τῆς τύχης καὶ τὰ χείριστα βουλευομένοις οὐδὲν ἀπαντιάσει δεινόν, ἀντιπεριάγοντος αὐτὰ τοῦ δαιμονίου ἐς πᾶν ξύμφορον· [17] ἀνδρὶ δέ, οἶμαι, κακοτυχοῦντι εὐβουλία οὐδαμῆ πάρεστι, παραιρουμένου αὐτὸν ἐπιστήμην τε καὶ ἀληθῆ δόξαν τοῦ χρῆναι παθεῖν. [18] ἢν δέ τι καὶ βουλεύσηταί ποτε τῶν δεόντων, ἀλλὰ πνέουσα τῷ βουλεύσαντι ἀπ’ ἐναντίας εὐθὺς ἡ τύχη ἀντιστρέφει αὐτῷ τὴν εὐβουλίαν ἐπὶ τὰ πονηρότατα τῶν ἀποβάσεων.

[15] A mi juicio, o bien Belisario escogió la peor opción porque en aquel momento tenía que irle mal a los romanos, o bien había tomado la mejor decisión, pero la divinidad le puso obstáculos al tener en mente ayudar a Totila y a los godos, y orientó la mejor de las decisiones en una dirección totalmente opuesta a Belisario. [16] A quienes el soplo de la suerte les inspira con viento de popa, aunque tomen las peores decisiones, no hallarán oposición radical, dado que frente a ella la divinidad lo dirige hacia una meta plenamente conveniente; [17] sin embargo, a mi parecer, no hay buen criterio presente en el hombre con mala fortuna, porque la necesidad le arrebata el conocimiento y la opinión certera cuando toca padecer.  [18] Y si adopta una decisión sin alternativas, la suerte, soplando en contra del que tomó la medida, inmediatamente le da la vuelta a su buen criterio hacia los más nefastos de los resultados.

Procopio de Cesarea, Historias, VII 13.15-18.


755.

REGRESO

Ella está detrás, mirando por la ventanilla. Al otro lado, las nubes entonan una coral de blancos y celestes, se embozan en tules rasgados que entreveran la melodía de sus colores. La mira con cierto temblor ancestral bosquejando un disimulo nada oculto. En el interior de sus ojos se reflejan los actos de la tragicomedia que han jugado durante los veinte años de vidas paralelas. Días y más días de alboradas, respiraciones y sueños. Ha sido este último un intento de ganar la mano al río de la existencia que todo lo arroya tanto en su crecida como en su sequía. Volvieron a la ciudad donde se amaron, donde se supo que la travesía iba a ser fecunda, llena de experiencias. Procuraron revivir los pensamientos que hicieron de sus cuerpos y sus almas un solo cuerpo y una sola alma. Pisaron los mismo callejones y calentaron la misma cama de la misma habitación del mismo hotel, milagrosamente sobrevividos después de tanto tiempo. Él la mira velando inútilmente su certeza. Va unos asientos detrás en la cabina del avión. Fue un gesto inesperado y decisivo ante el mostrador de facturación. Ella, decidida, tomó sus papeles y regresó al final de la cola.


754.

CUADERNO

Viéndolo, se pregunta por qué no lo ha destruido. Sumidas en el caos de mil fragmentos aquellas letras se hubieran vuelto inindentificables y el hombre ajeno no hubiera podido acceder a las emociones duramente talladas a lo largo de aquellos meses. Al contemplar cómo se marcha empujando dificultosamente con una mano el fardo caótico de su carrito y con la otra sosteniendo el cuaderno, embebido en la lectura, se cuestiona una cierta imprudencia, haberlo arrojado tal cual al cubo de la basura. Fue hace tanto tiempo. Era tan joven, tan ingenuo. Ya no se acordaba cuando se dio de bruces con el cuaderno en aquella limpieza de cajones y estanterías. Fue un amor hirviente que consumió en su fogosa inanidad días y días, semanas y semanas, meses y meses. Fue un sacrificio cruento en el altar de una diosa que se dignaba asistir a las ceremonias de su devoto con la altivez que sólo los que se creen inmortales albergan. Ni siquiera, es más que probable, leyó lo que tan delicadamente le escribió a lo largo de días, semanas, meses. Y que le ofrecía con lealtad de guerrero suicida. Ve alejarse torpemente al mendigo que ha revuelto en el contenedor. Lo ve ojear su viejo cuaderno de poemas y termina de beber con suavidad el café.


753.

OCURRENCIAS

Su madre y don Julián son personas muy ocurrentes. Éste siempre lleva en sus bolsillos unos caramelos que le entega al niño cuando lo ve jugar en el rellano. Desciende don Julián las escaleras con porte de señor, terno de color gris oscuro, sombrero a juego y bastón, desplegando una ancianidad digna y reposada. Pero nunca adusta, como puede comprobar el niño mientras le da las gracias, siguiendo instrucciones de los padres, y se mete alegre la primera golosina en la boca. La madre también es ocurrente, una cualidad añadida a las que normativamente suponen una buena progenitora. Y tiene, en efecto, ocurrencias. Como, por ejemplo, tomar de la mano al niño una tarde, conducirlo al piso de don Julián, introducirlo hasta su alcoba y acercarlo a un costado de la cama donde yace su cadáver. El niño en su intuición y en su ignorancia sabe y no sabe lo que pasa porque su madre, tan ocurrente, nada le dice. Cuando se acuerda de la escena, paga la última sesión de psicoanalista. Ya sabe por qué no  pasa día de su vida que no piense en la muerte.