616.

AGRADECIMIENTO

 Viernes por la mañana. Eso significa supermercado. Significa lista de la compra, coche, atasco, aparcamiento en subterráneo y largas líneas de estanterías donde seleccionar lo que siempre se compra. Viernes es sinónimo de cola para pagar y cajera joven con sonrisa forzada, un día; otro día, empleada madura sin sonrisa. Ni forzada, ni sin forzar. Viernes por la mañana significa regresar a casa con los congelados y esperar a que por la tarde traigan el envío. Eso quiere decir una hora y media de organización. Una familia de marido y dos hijos, una casa de dos plantas con sótano en un barrio dormitorio de las afueras y un perro pastor alemán requieren esas labores. A la tarde, cuando todo haya pasado, habrá espacio para un rato de televisión, de relajación, de descanso en un día ajetreado. Y tan semejante a todos como todos los viernes de los últimos veinte y cuatro años. Este viernes por la mañana ha vuelto a suceder. Quizá el atasco era menos espeso. Lo que no ha obedecido a la costumbre es que ante la estantería de las cajas de leche aquel desconocido se le ha acercado. Iba bien vestido. Una gorra marcaba cierto punto de disonancia. Porque no era invierno, porque en el supermercado hacía algo de calor y porque debajo se percibía claramente que no había rastro de cabello. “Luisa” ha dicho el hombre. Edad indefinida. Tal vez porque su rostro maltratado hacía impredecibles sus años. Luisa lo ha mirado y ha arqueado las cejas. Sin palabras. “Soy Andrés. Andrés Salas. Agosto de 1981, Galicia, Miño”. Luisa con sus manos prendidas a la barra del carrito no ha apartado su mirada de la mirada del extraño. No tan extraño ya después de abismarse en el fondo de sus recuerdos y alzar penosamente la memoria de unos acontecimientos recónditos bajo el pesar de los años. Sí. Pero, es él realmente aquel Andresito. Pobre, qué aspecto tiene. Luisa no sabe qué quiere aquel perdido amor de su primera juventud, típica pasión de un verano, de previsible naufragio tras algunas cartas en septiembre y unas nunca repetidas vacaciones en Miño. Andresito Salas. No fueron sus primeros besos, pero sí el primer estallido en plenitud de sus cuerpos. De los dos. “Perdona que te aborde aquí. Te he buscado y seguido durante mucho tiempo sin atreverme a decirte nada. Y mira que ha sido aquí donde me he armado de valor. No te molesto. Perdona, pero no podía dejar de hacerlo. Sólo quiero decirte una cosa y me voy. Y te dejo. Sólo esto: gracias por aquel momento, por aquella noche.” Andrés Salas le sonrió, bajó la cabeza, se dio la vuelta y se alejó dando torpes pasitos con la muleta.       

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615.

EPITAFIO DE UN NIÑO ENCONTRADO EN UNA TUMBA DEL VIEJO CEMENTERIO DE CORINTO

Tu cuerpo sin vida
sin vida deja nuestros cuerpos frágiles.
Tu alma en el Hades
en un Hades convierte nuestras almas.
Celosos son los dioses con el tiempo
si camina por él la dicha ajena.


614.

Estás leyendo Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. Tropiezas con este párrafo en el que un autor que nada sabe de nuestros momentos aclara el núcleo de lo que nos acontece en Cataluña y el País Vasco:

 Einstein dijo que el nacionalismo es “el sarampión de la especie humana”. Esto no siempre es verdad -a veces es sólo un resfriado-, pero el nacionalismo puede volverse violento cuando es comórbido con el equivalente grupal del narcisismo en el sentido psiquiátrico, a saber, un ego grande pero frágil con una inmerecida reivindicación de preeminencia. Recordemos que el narcisismo puede provocar violencia cuando el narcisista está enfurecido debido a una señal insolente de la realidad. Si combinamos el narcisismo y el nacionalismo, tenemos un fenómeno funesto que los científicos políticos denominan ressentiment (resentimiento): la convicción de que la nación o la civilización de uno tiene un derecho histórico a la grandeza pese a su estatus modesto, lo que sólo se puede explicar recurriendo a la malevolencia de un enemigo interno o externo.

El resentimiento crea las emociones de dominación frustrada –humillación, envidia y furia- a las que son propensas los narcisismos. Historiadores como Liah Greenfield y Daniel Chiror han atrbuido las guerras y los genocidios más importantes de las primeras décadas del siglo XX al resentimiento de Alemania y Rusia. Ambos países sentían que estaban haciendo realidad su legítimo derecho a la preeminencia, que los pérfidos enemigos les habían negado. Los observadores de la escena contemporánea se han dado perfecta cuenta de que tanto Rusia como el mundo islámico conservan resentimientos sobre su inmerecida falta de grandeza, y que estas emociones son verdaderas amenazas.

Apuntando en otras direcciones, hay países europeos como Holanda, Suecia y Dinamarca que abandonaron el juego de la preeminencia en el siglo XVIII y vincularon su autoestima a logros más tangibles aunque menos vibrantes, como ganar dinero y procurar a sus ciudadanos un buen nivel de vida. Como sucede con países que de entrada nunca tuvieron interés en el esplendor, como Canadá, Singapur o Nueva Zelanda, su orgullo nacional, aunque notable, es proporcional a sus éxitos, y en el ámbito de las relaciones interestatales no crean problemas.

 Más claro, agua.


613.

Todos tenemos derecho a pensar políticamente como queramos. Hasta los comunistas y los nazis. Otro asunto es que nuestro pensamiento tenga encaje en la realidad que nos rodea. Y que esa realidad, a veces y con justicia, los combata escarmentada por sus desmanes.  Nadie debe impedir que existan nacionalistas. Tienen derecho a sus ideas. Otra cosa es que su ideología difícilmente produzca efectos deseables en la realidad que vivimos. En todo caso, tanto el nacionalismo como las dos corrientes mencionadas al inicio, igual que la religión (a la que las ideologías vienieron a sustituir en la modernidad) son inerradicables del alma de sus creyentes. Cuando están plenamente convencidos, la realidad no les importa porque su comprensión del mundo, su supervivencia emotiva dependen de esas referencias. No ven ni unos ni otros que perseverar en esos conceptos no nos dirige sino al pasado. El mundo va por otros senderos. El futuro tiene otros pensamientos. La Unión Europea, esa especie de Ítaca pingüe que algunos sueñan como puerto seguro de sus travesías, mira hacia otros horizontes. Parece que una vez más buena parte de los españoles prefiere anclarse en el pasado y combatir el presente. Nacionalistas o comunistas son los carlistas del siglo XXI. Los serviles del hoy. Mientras otros miran de frente la realidad, aquí muchos la combaten.


612.

No eres aficionado a la novela negra. Leíste algún Chandler y algún Hammett hace años. Pero por la curiosidad de ver en su estado original lo que te clavaba a la pantalla en las películas que inspiraban. Eres, sin embargo, fiel a la serie de Lorenzo Silva que tiene como protagonistas a los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Con la acostumbrada fruición te has leído de golpe la última entrega, La marca del meridiano. Alude a la indicación que en la carretera de Madrid a Barcelona señala la presencia del meridiano de Greenwich y el salto del hemisferio occidental al oriental. Y alude, también, a las marcas que indican el paso del bien hacia el mal, de la honradez al delito. Y de una parte de España a esa otra donde mora gente que preferiría perderla de vista. Hay un crimen, una investigación que te deja sin aliento. Pero, como es habitual en la serie, destaca la reflexión sobre la condición humana contemporánea, sobre el sentido de respetar un código ético en un contexto donde tales códigos son débiles, o inexistentes, o están desacreditados. Y, sobre todo, donde nada ni nadie, salvo uno mismo, compensa de los sinsabores de seguirlos. Como buena novela negra, hay un retrato de sociedad en la que vives, de tu país en este instante. Aquí y ahora. En cuanto al estilo, de prosa sencilla, sin florituras ni imágenes, te quedas con los diálogos. Dudas si el realismo que el autor preconiza hace honor a lo que expone en el libro. No sabes por qué, sospechas que algo de artificial hay en los ambientes policiales que describe y en las relaciones entre sus moradores. Finalmente, como suele suceder en lo que has leído de la serie, el crimen se desenreda y la trama concluye de forma un tanto extemporánea. Te parece, porque, como dijiste, no eres aficionado al género. Esta impresión te lleva a pensar que el verdadero objetivo del autor es pintar un cuadro de nuestros días, más que escribir una novela canónica en su género. No te resistes, antes de acabar, a recoger una pequeña anécdota que muestra la corrupción del tingladillo de los concursos literarios. Lorenzo Silva presentó el libro al Premio Planeta con pseudónimo… y lo ganó. Nada que objetar si no fuera porque los conocidos protagonistas de su novela no portaban tal máscara.

Lorenzo Silva, la marca del meridiano, Barcelona, Planeta, 2012.

 


611.

Como dicen los epicúreos y también, paradójicamente, los budistas, cuando la muerte está, no estamos nosotros. Cuando hay vida, hay sólo vida; cuando hay muerte, hay sólo muerte, decía Dōgen. En la muerte no hay gozo, pero tampoco sufrimiento. No hay añoranza por la vida perdida, como suponían los griegos que las almas, empalidecidas en etéreas sombras, gemían en el Hades. Lo que aterra de la muerte es más bien el dolor y la angustia. El primero es comprensible porque la enfermedad, frecuente antesala de la muerte, suele venir custodiada por el dolor físico y mental. La segunda deviene como consecuencia del instinto esencial de todo ser vivo: la supervivencia. Nos angustia morir porque nuestro instinto más profundo nos impulsa a la vida. Sea como sea. Así que, llegados a este punto, la mejor muerte es la que llega inesperada, sin dejar que la conciencia del ser vivo perciba sus pasos.


610.

Se vuelve a abrir la herida que nunca se curó. Para qué añadir más palabras.