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ISÓCRATES

 EL PODER DE LA PALABRA EN TIEMPOS DE CRISIS

 y VI

Isócrates nació en el demo ático de Erquia el año 436 a.C., hijo de Teodoro y de Hedito. Su padre poseía un taller de fabricación de flautas que prosperó y permitió a la familia un buen nivel de vida. Isócrates gozó de una muy buena formación. Fue discípulo de Pródico y de Gorgias. A causa de la Guerra del Peloponeso, la familia se arruinó e Isócrates se vio en la tesitura de tener que buscar un medio de vida. Aprovechando la buena formación recibida en sus estudios de retórica, se dedicó a tareas de logógrafo, profesional que redactaba discursos para que los intervinientes en los procesos judiciales los memorizaran y los declamaran ante el tribunal, función que el procedimiento judicial ateniense propiciaba al exigir que los demandados y los demandantes intervinieran personalmente y no mediante abogados. Dada su timidez y su débil voz, se vio obligado a encauzar sus inclinaciones políticas en la redacción de discursos para ser leídos, no pronunciados en la Asamblea. En el año 390 a.C. funda una escuela para formar a la futura élite gobernante ateniense. Murió en el año 338 a.C.

 

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ISÓCRATES

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 V

images (1).jpgDentro de esa constitución oligárquica es fundamental poner al frente de la ciudad una clase ilustrada que nutra las filas de la élite gobernante. Para esa función Isócrates funda una escuela de retórica. Y, de nuevo, volvemos al punto de partida. Esa educación debe basarse en el dominio de la palabra, dado que este instrumento es el más característico del ser humano. Es el buen uso de la palabra el que permite al gobernante actuar con εὐβουλία (eubulía), la prudencia informada por el buen criterio. Estamos aquí otra vez lejos del ideal del filósofo propugnado por Platón y la Academia. Y, en esto, Isócrates se muestra más apegado a la realidad de la política que las ensoñaciones sobre las formas puras que despliega Platón, por más que éste sea piedra angular y cimiento de nuestra civilización en mucha mayor medida que el orador. No debemos, con todo, mirar la retórica en el sentido que nuestros tiempos la conciben. Dominar el arte de la oratoria conllevaba no sólo el control de los recursos estilísticos de la lengua, de ciertas destrezas teatrales y poseer unas cualidades puramente físicas (buena voz) y mentales (buena memoria), suponía también conocer las materias sobre las que se trataba, su historia, sus recovecos, estar bien informado, haber reflexionado sobre los argumentos que iban a ser expuestos y toda una serie de requisitos que hacía del que subía a la tribuna o redactaba un discurso una persona sólida intelectualmente. De ahí que una escuela de retórica pueda considerarse también el precedente de una Universidad donde se impartían toda clase de disciplinas siempre que fueran enfocadas al triunfo en la persuasión. En este objetivo entran unos discursos dirigidos a los reyes de Chipre que serán modelos de lo que posteriormente se denominarán Espejos de príncipes, instrucciones para la formación de futuros dirigentes.

220px-Philip_II_of_Macedon_CdMIsócrates en su larga vida (vivió 98 años) fue derivando según su experiencia le mostraba nuevos caminos. De este modo, de concebir una confederación de ciudades-estado encabezada por Esparta y Atenas pasó a considerar más operativo subordinar la Hélade a un único caudillo prestigioso. Tras algún que otro candidato, se fijó en el rey de Macedonia, Filipo II, padre de Alejandro. Con esta decisión, Isócrates entra con pleno derecho en el nuevo horizonte del helenismo que el sucesor de Filipo iba a crear con sus campañas y que haría realidad los proyectos que el ateniense había acariciado a lo largo de sus muchos años de existencia. Pero esa parte de la historia no llegaría a contemplarla.

Continuará


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ISÓCRATES 

EL PODER DE LA PALABRA EN TIEMPOS DE CRISIS

 IV

Como vimos, la mirada tiene que dirigirse hacia el exterior, ya que la experiencia muestra que la destrucción mutua no presenta ventaja alguna. En un principio, Isócrates propone una alianza contra el persa encabezada por las dos principales ciudades de Grecia, Atenas y Esparta. Siguiendo las enseñanzas de la guerra pasada, la primera aportaría su potencial marítimo y la segunda, su probada eficiencia en el combate terrestre. Y en el sentido de la regeneración que debe experimentar su ciudad natal para poder afrontar la nueva etapa que se adivina en el horizonte, nuestro autor emprende la redacción de discursos que planteen un programa renovador. Su pensamiento, en este sentido, va en la línea de la restauración de las viejas costumbres aristocráticas que permitan una democracia controlada. De ahí que intente darle nuevos aires a una institución como el Areópago, versión ateniense de los consejos de ancianos que detentaban el poder en las primitivas colectividades y cuyas más conocidas derivaciones eran el Senado romano o la Gerusía espartana. descarga (2).jpgEl Areópago había sido en tiempos el objetivo que debía ser despojado de sus poderes para dar paso a la democracia. El largo camino hacia un régimen democrático había dejado en tiempos de Pericles al Areópago como tribunal para juzgar sólo delitos relacionados con crímenes de sangre.

 

En otro momento, Isócrates propone una constitución que consiga armonizar los tres regímenes posibles: la monarquía, la aristocracia y la democracia. Y, para terminar, aunque el discurso que lo plantea no es de los tardíos, redacta un elogio de Atenas cuyo título ha dado desde entonces nombre a cualquier pieza que alabe a alguien o a algo. Me refiero a su Panegírico. Durante este discurso, Isócrates en un fragmento nos revela un destello de cómo la mentalidad griega iba cambiando lentamente hacia una visión que en tiempos helenísticos sería la dominante. Las conquistas de Alejandro abrieron la mente griega al mundo y convirtió a los helenos en cosmopolitas, en ciudadanos del mundo. Isócrates ya vislumbra ese horizonte cuando en el Panegírico (4.50), partiendo de una idea ya esbozada en Tucídides (II 41), nos dice que el nombre de griego no se le debe aplicar a quien participa de una determinada naturaleza física, sino a quienes aceptan formar parte de la cultura griega. No puedo resistirme aquí a dejar constancia de que, adaptado al soporte del frontispicio que da acceso a la Biblioteca Genadio de la Escuela Americana de Estudios Clásicos en Atenas (American School of Classical Studies at Athens – Gennadius Library), el estudioso advierte el fragmento citado anteriormente es esta frase: Ἕλληνες καλοῦνται οἱ τῆς παιδεύσεως τῆς ἡμετέρας μετέχοντες (Griegos se llaman los que participan de nuestra cultura).

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Continuará

 

 


1128.

ISÓCRATES

EL PODER DE LA PALABRA EN TIEMPOS DE CRISIS

 III

descarga (1).jpgLa diferencia entre la ciencia y la opinión lleva aparejadas muchas consecuencias. Por otro lado, es un combate ya viejo y que, de un modo u otro, es una de las corrientes subterráneas que informan la historia cultural de Occidente y de sus derivaciones mentales concretas en cada momento. El filósofo (platónico) cree en la verdad; el orador, es relativista. El filósofo cree en lo perenne; el orador, en lo transitorio. El filósofo cree en valores universales; el orador, en los valores del momento. El filósofo mira a la eternidad; el orador, a la oportunidad presente (καιρός, kairós). Para el filósofo (platónico), la palabra desvela la verdad (ἀ-λήθεια, a-létheia) y esa verdad lleva al buen obrar; para el orador, la palabra adecuada provoca el comportamiento adecuado.

Isócrates, pues, desde el primer momento se dedica a la oratoria. Es heredero, además, por formación de los primeros sofistas, ya que se dice que fue discípulo de Gorgias y Pródico. Pero no estamos hablando de discursos escritos para ser declamados ante una asamblea de ciudadanos o un tribunal, sino para ser leídos. images (3).jpgA falta del concepto de «ensayo» tal como lo entendemos hoy, Isócrates se sirve de la técnica y del envoltorio de la retórica para exponer un pensamiento que por no pertenecer al ámbito de la filosofía no cabía en el formato de diálogo, tal como era usual, ni en el de tratado tal como lo hará Aristóteles, ni, mucho menos, en el marco poético, tal como había sido habitual en algunos presocráticos. Salvando algunas obras de las que hablaremos más adelante, bien podemos afirmar que Isócrates fue un ensayista político de su tiempo. Como dato añadido, él mismo nos dice que no gozaba de un temperamento adecuado para subirse a la tribuna, así como de una voz apropiada para pronunciar discursos en público.

Continuará


1127.

ISÓCRATES

 EL PODER DE LA PALABRA EN TIEMPOS DE CRISIS

 II

moneda-artajerjes-II.jpgDesde siempre, el mejor medio para cohesionar un colectivo es buscarle un enemigo externo que lo amenace. Este recurso es elemental en cualquier política, ya sea dirigido por regímenes más abiertos a la participación o por dictaduras de variado pelaje. En el caso de la Hélade, ese enemigo externo era Persia. Un imperio hegemónico en su tiempo, que había invadido repetidas veces el suelo de la patria, que había provocado infinitos sufrimientos materiales y espirituales. Caracterizaba, además, al enemigo persa su nefanda condición de bárbaro, gentes que hablaban lenguas extrañas y, por ello, ajenas a la claridad y superioridad olímpica que la lengua griega regalaba a sus hablantes nativos. Para ello, idea un programa que requiere para fomentarlo y llevarlo a cabo de los elementos que tenían vigencia en la época que le toca vivir. Ese programa es, obviamente, político e Isócrates es ateniense. Unir ambas condiciones nos lleva, de forma indefectible, a la oratoria; y la oratoria, al arte de la palabra.

 

descargaHay otra vía basada en el uso de la palabra y en la utilización de su poder. Es el camino que Platón y su Academia proponen. La lengua para el filósofo es un instrumento para conocer la realidad por cuanto la palabra es el instrumento de la razón y ambas, razón y palabra, caracterizan al ser humano frente al resto de los seres vivos semovientes. Esta asociación sólo es comprensible desde la misma lengua griega, donde el término λόγος [lógos] abraza en su sentido las dos facetas indicadas. Así, mientras los filósofos se servirán del logos para conocer la realidad de lo que es y, como correlato, orientar la conducta, el orador se servirá de la misma herramienta para, directamente, influir en la mente del que escucha y empujarlo a la acción que el discurso pretende. Estamos en la lucha entre la ἐπιστήμη [epistéme] y la δόξα [dóxa], entre la ciencia, el conocimiento y la simple opinión. Isócrates, como orador, es un partidario del uso de la palabra basada en la doxa.

Continuará


1126.

ISÓCRATES

 EL PODER DE LA PALABRA EN TIEMPOS DE CRISIS

 I

descargaIsócrates vive una época de transición. Aunque nacido en la segunda mitad del siglo V a.C., su mente camina hacia el futuro que la devastación de la Guerra del Peloponeso augura para las ciudades griegas. Es el momento en que el esquema político de la polis, la ciudad-estado independiente, se ve superado por la fuerza de su capacidad de autodestrucción. Desde épocas inmemoriales, el principal pasatiempo de las ciudades griegas era el odio mutuo. La raza griega se había estado desangrando durante siglos en peleas intestinas sin más objetivo que acabar con ese odiado vecino que habitaba unas leguas a oriente o a occidente, al norte o al sur. Tanto era así, que se inventaron aquello de las treguas durante los juegos deportivos panhelénicos para descansar periódicamente de sus inquinas y reconocerse miembros de una única estirpe, aunque mal avenida.

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imagesLa culminación de esa tendencia fue la Guerra del Peloponeso, en la que toda Grecia, como dice Tucídides, sufrió una conmoción general y que puso de relieve la virtualidad asesina de ese afán por aniquilar al compatriota. Isócrates vive los estertores de esa guerra civil y adivina la llegada de un tiempo diferente que requerirá de nuevos modelos de intervención social y de nuevos esquemas de interpretación mental de la realidad griega. La alternativa de la concordia necesita motivos que la fomenten y que insuflen viento en sus velas. Isócrates propone un plan que otorgue esos impulsos. ¿Y qué menos que devolver al bárbaro sus golpes?

Continuará


1125.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

y VI

Sin título

Epicuro nació en el año 341 a.C. en la isla de Samos. Su padre se llamaba Neocles y su madre Queréstrata. Aquél era maestro y ésta, adivina. La pareja procedía de Atenas y gozaba de la ciudadanía ateniense. Se instalaron como colonos en la isla y allí nació Epicuro, cuyo nombre significa «ayudante, auxiliar, aliado», como el segundo de cuatro hijos. Epicuro, hijo de ciudadano ateniense, heredó esa condición. Haciendo gala de su nombre, parece ser que ayudó al padre en su profesión, pero pronto sus intereses derivaron hacia la filosofía y se convirtió en un avisado lector de la materia. Su primer contacto con la filosofía vino de mano de un platónico llamado Pánfilo, también asentado en Samos. A los dieciocho años marchó a Atenas para cumplir con el servicio militar, a cuyo licenciamiento se trasladó a Colofón. Allí entró en contacto con un filósofo seguidor de Demócrito y Pirrón llamado Nausífanes. En el 311 a.C. fundó su primera escuela de filosofía en Mitilene, capital de la isla de Lesbos. Posteriormente, se trasladó a Lámpsaco. En el 306 a.C., con 35 años, marchó a vivir a Atenas donde fundaría su escuela definitiva y donde viviría hasta su muerte. En una pequeña propiedad llamada «El Jardín», cerca de El Pireo, organizó una comunidad de amigos alejada del bullicio de la ciudad donde Epicuro maduró su doctrina en un ambiente más cercano a un club de personas con afinidades intelectuales que a una escuela filosófica al uso. El hecho de que aceptara en su seno a gentes de toda condición social, incluidas mujeres y esclavos, contribuyó desde el comienzo a la leyenda negra del epicureísmo. El maestro murió en el año 270 a.C., con 72 años.

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