1223.

XII

[1] Pero lo que aportó muchísima complacencia y ornato a Atenas, y el mayor asombro a los hombres, y lo único que a Grecia le da testimonio de que aquel llamado poderío suyo y la vieja prosperidad no eran mentira, es la construcción de monumentos. Este hecho fue objeto de crítica por parte de sus enemigos, mucho más que las medidas políticas de Pericles, y fue objeto de calumnias en las convocatorias de la asamblea. Gritaban que el pueblo ateniense había perdido su honor y adquirido mala fama por haber transferido el tesoro común de los griegos desde Delos hacia su propio tesoro[1]. [2] La más ajustada excusa de Pericles frente a los que lo acusaban fue que por temor a los bárbaros se llevó de allí el tesoro común para guardarlo en un lugar fuertemente protegido. Ese pretexto adujo. Parece ser que Grecia fue insultada con este terrible insulto y que sufrió una tiranía de forma evidente, al ver que con sus contribuciones forzosas para la guerra nosotros enriquecíamos la ciudad y la embellecíamos, como una mujer presumida que luce piedras preciosas, con estatuas y templos que costaban miles de talentos[2]. [3] Pericles enseñaba al pueblo que el tesoro no les servía a los aliados puesto que los atenienses combatían por ellos y mantenían alejados a los bárbaros sin que ellos pagasen como tributo ni un caballo, una nave o un hoplita, sino sólo dinero, recursos que no son de quienes los dan, sino de quienes los reciben, si los suministran como pago por lo que reciben. [4] Una vez equipada suficientemente la ciudad de lo necesario para la guerra, se debía atender para su prosperidad a aquello que generase fama imperecedera, y cuando se haya logrado, la prosperidad estará al alcance. Aparecieron toda clase de actividades y múltiples necesidades que despertaron todas las artes y movieron todas las manos, y convirtieron a casi toda la ciudad en asalariada, embellecida y alimentada al tiempo por sí misma. [5] A quienes tenían la juventud y la fuerza, las campañas militares les proporcionaban prosperidad con fondos públicos. Deseando que la masa indisciplinada y obrera no careciera de su parte en los subsidios ni que los ganara sin trabajar y ociosa, Pericles planeó grandes intervenciones en la construcción y proyectos en muchos campos que procuraban una ocupación, y los presentó al pueblo a fin de que quien se quedaba en casa tuviera excusa para beneficiarse y participar del dinero público, y en ningún caso de forma menos provechosa que quienes estaban en la mar, de guarnición o en el ejército. [6] Cuando los materiales eran la piedra, el bronce, el marfil, el ébano, el ciprés, las artes que las trabajaban y elaboraban estaban en manos de carpinteros, escultores, broncistas, pedreros, tintoreros, artesanos del oro y del marfil, pintores, bordadores, tallistas. Por otra parte, había suministradores, transportistas, comerciantes, y marineros y pilotos en la mar. [7] En tierra, había constructores de carros, boyeros, cocheros, cordeleros, lineros, curtidores, peones camineros, metalúrgicos. Cada arte tenía organizada, como un general su propio ejército, una masa particular de menestrales, que se había convertido en un instrumento y un cuerpo de servidores. Las ocupaciones, por así decir, distribuían y repartían prosperidad a gentes de toda edad y condición[3].

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El Imperio Ateniense es la consecuencia de la Liga de Delos

[1] En el año 454 a.C. por orden de Pericles, se trasladó a Atenas el tesoro de la Liga de Delos, constituida por muchas de las ciudades griegas tras las Guerras Médicas como alianza defensiva contra los persas. La excusa era que estaría más seguro en la Acrópolis que en la isla de Delos. Este dinero sirvió a Pericles para financiar su programa de grandes construcciones monumentales.

[2] El talento ateniense del siglo V a.C. equivalía a unos 26 kg. de plata. Al precio que está la plata al día 23 septiembre de 2019, hoy en día serían unos 13.630,24 € (el kilogramo de plata está hoy a 524,24€).

[3] Debo pedir perdón por hacer un comentario en este lugar. Como el lector avezado habrá podido advertir, estamos ante lo que puede ser (quizás las pirámides egipcias fueran anteriores) el primer ejemplo de keynesianismo en la historia. Como decían los romanos, nihil sub sole nouum, (Eclesiastés, 1:9). o dicho en la versión griega de los Setenta que sirvió de fuente a la traducción latina: καὶ οὐκ ἔστι πᾶν πρόσφατον ὑπὸ τὸν ἥλιον.

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1222.

XI

[1] Los aristócratas veían desde hacía tiempo que Pericles se había convertido ya en el más poderoso de los ciudadanos. Queriendo, no obstante, que un miembro de su partido fuera el que se le opusiera en la ciudad y que debilitara su poderío, para que no se convirtiera en una monarquía íntegra, le contrapusieron a Tucídides, del demo de Alopece, hombre prudente y pariente de Cimón, para que le enfrentara. Era éste inferior a Cimón en la guerra, [2] pero superior en la oratoria y en la política. Mirando por la ciudad y enzarzándose con Pericles en la tribuna, rápidamente consiguió reestablecer el equilibrio en el gobierno. No dejó que los hombres llamados buenos y nobles se mezclaran con el pueblo, como antes, porque rebajaban su dignidad ante la masa, y poniéndolos aparte y concentrando en un solo partido todo su poder, que había llegado a ser grande, creó una especie de equilibrio como un yugo. [3] Desde el principio hubo una doble hendidura, como en el hierro, que sugería la diferencia entre las facciones democrática y aristocrática. Las rencillas y ambiciones de aquellos hombres dividieron la ciudad profundamente y creó la denominación de los unos como «el pueblo» y de los otros como «los oligarcas». [4] Por eso, fundamentalmente, Pericles entonces le soltó las riendas al pueblo y gobernó pensando en su favor. Siempre maquinaba para que hubiera algún espectáculo, algún banquete o procesión por las calles, «divirtiendo con toscos placeres»[1] a la ciudad. Anualmente, hacía zarpar sesenta trirremes en las que navegaban muchos ciudadanos con los gastos pagados durante ocho meses para que aprendieran y practicaran la disciplina náutica. [5] Además de esto, despachó al Quersoneso miles de colonos; quinientos, a Naxos; la mitad de esta cantidad, a Andros; miles a Tracia para que convivieran con los bisaltas; otros, a Italia, donde estuvo situada Síbaris[2], a una colonia que llamaron Turios. Estas cosas las hacía para aliviar a la ciudad de una chusma holgazana y entrometida a causa del ocio, y para subsanar la pobreza del pueblo. También lo hacía para atemorizar y vigilar a los aliados a fin de que no se revolvieran.

[1] En griego es un verso procedente de un autor desconocido.

[2] Síbaris había sido destruida en el año 510 a.C. en el curso de una guerra con la vecina Crotona.

Bisaltas

Emplazamiento del pueblo de los bisaltas

Síbaris & Crotona

Síbaris y Crotona


1221.

X

[1] El ostracismo tenía decretado por ley el exilio durante diez años. En el transcurso de ese tiempo, los lacedemonios invadieron la región de Tanagra[1] con un gran ejército y los atenienses inmediatamente salieron contra ellos. Cimón, regresando de su exilio, situó sus armas junto con los hombres de su tribu en la línea de batalla con el deseo de borrar la acusación de laconismo mediante sus obras y arriesgándose al lado de sus conciudadanos; pero los amigos de Pericles se agruparon y lo expulsaron por ser un exiliado. [2] Debido a ese motivo, parece ser que Pericles luchó muy arrojadamente en aquella batalla y se convirtió en el combatiente más ilustre porque no evitó la muerte. Todos los amigos de Cimón cayeron hasta el último hombre, a quienes Pericles había acusado también de laconismo. Los atenienses sintieron un profundo arrepentimiento y añoraron a Cimón, al ser derrotados en los bordes del Ática y por la expectativa de una guerra sangrienta a la llegada de la primavera. [3] Pericles, entonces, se dio cuenta y no dudó en agradar al pueblo. Él mismo escribió el decreto por el que llamaba al hombre y aquél, con su regreso, trajo la paz entre las dos ciudades, porque los lacedemonios le eran favorables, del mismo modo que odiaban a Pericles y al resto de los jefes de la facción popular. [4] Algunos dicen que Pericles no decretó el retorno de Cimón hasta que no se suscribió un acuerdo secreto entre ellos a través de Elpinice, la hermana de Cimón, de modo que Cimón debía zarpar al mando de doscientas naves y debía comandar las campañas en el extranjero para asolar la tierra del rey persa, con idea de que Pericles se hiciera con el poder en la ciudad. [5] Parece, también, que antes Elpinice había ablandado el ánimo de Pericles respecto a Cimón durante su defensa ante la pena capital. Uno de los acusadores propuestos por el pueblo era Pericles. Elpinice llegó ante él entre súplicas y él, sonriendo, le dijo: «Elpinice, eres una mujer anciana, una mujer anciana, como para hacer tamañas tareas.» Sin embargo, sólo se levantó para hablar una vez, hizo una propuesta para salir del paso y se retiró tras perjudicar mínimamente a Cimón entre los acusadores. [6] ¿Cómo, por tanto, podríamos creer a Idomeneo cuando acusa a Pericles de haber asesinado a Efialtes, jefe de la facción popular, del que era amigo y compañero de partido político, a causa de los celos y la envidia que sentía por su fama? Ignoro de dónde sacó tales acusaciones y las arrojó contra ese hombre como si fuera hiel, alguien que no era completamente irreprochable tal vez, pero que tenía una naturaleza noble y un alma generosa, en las que no reside ninguna emoción tan cruel o salvaje. [7] A Efialtes, que fue temido por el partido oligárquico y que era inexorable respecto a las responsabilidades y las denuncias de quienes cometían injusticias con el pueblo, lo mataron a escondidas sus enemigos en una conspiración a manos de Aristódico de Tanagra, como tiene dicho Aristóteles. En cuanto a Cimón, murió en Chipre mientras ejercía el mando de general.

[1] Año 457 a.C.

Sin título


1220.

IX

[1] Tucídides señala que la política de Pericles era en cierto modo aristocrática, «ya que era de palabra una democracia, pero de hecho era el gobierno de un solo hombre.»[1] Otros muchos dicen que por primera vez bajo su mando al pueblo se le suministraron lotes de tierra en las colonias, subsidios para asistencia a espectáculos y dietas para los cargos públicos, de tal modo que con aquellas medidas políticas se acostumbró mal y se volvió caprichoso e insaciable en lugar de juicioso y trabajador. Veamos a través de los mismos hechos la causa del cambio. En principio, [2] como quedó dicho, alineándose en contra de la fama de Cimón, se ganó al pueblo, pero dado que era inferior a éste en riqueza y recursos, medios con los que conquistaba a los pobres suministrando diariamente comida a aquel ateniense que lo necesitara, vistiendo a los ancianos, quitando las cercas de los campos para que pudieran recoger sus frutos quienes lo quisieran, Pericles, derrotado por tales mañas demagógicas, recurrió a la distribución de dinero público por consejo de Damónides, del demo de Oa, según tiene dicho Aristóteles. [3] Rápidamente, compró a la masa con subsidios para asistir a los espectáculos, dietas para ser jurados y otros pagos y subvenciones, y usó esos medios contra el Consejo del Areópago, del que no era miembro porque no le había correspondido en el sorteo: ni el cargo arconte epónimo, arconte tesmoteta, arconte rey ni arconte polemarco.[2] Estos cargos eran adjudicados desde antiguo por sorteo y mediante éste los admitidos accedían al Areópago. [4] Con esto, adquirió más fuerza Pericles entre el pueblo y se sobrepuso al Areópago. Éste había sido privado ya por Efialtes de la mayoría de sus competencias. Cimón, por su parte, fue condenado al ostracismo con las acusaciones de laconismo[3] y de odiar al pueblo, un hombre que para nada carecía de riqueza y noble linaje, que había vencido en las más brillantes victorias a los bárbaros y que había llenado la ciudad de abundantes riquezas y botín, como he dejado escrito en su biografía. Tan grande era el poder de Pericles con el pueblo.

[1] Aquí se trata del historiador. La cita está tomada de su Historia de la Guerra del Peloponeso,II 65.9.

[2] El Consejo del Areópago era el órgano de gobierno del régimen aristocrático ateniense. Se llamaba así por el lugar donde se reunía: la Colina de Ares. Los integraban nueve miembros. El principal era el arconte epónimo, que daba nombre al año en que ejercía el poder. El arconte rey era encargado de los ritos religiosos y el polemarca era el jefe del ejército. Finalmente, había seis tesmotetas, que actuaban de apoyo a los mencionados.

[3] «Laconismo» era la acusación de ser amigo de los espartanos.

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El Areópago hoy


1219.

VIII

[1] Afinando una elocuencia, como si fuera un instrumento musical, que se ajustaba a su forma de vida y a la magnitud de su inteligencia, intercalaba por doquier a Anaxágoras, como si vertiera en su oratoria la ciencia natural cual una tintura. Como dice el divino Platón: «adquiriendo junto a su apostura esa elevación intelectual y su completa efectividad» gracias a la ciencia de la naturaleza. Aplicando esos recursos al arte de la retórica destacó con mucho sobre todos. [2] Por ello dicen que se ganó su apodo, si bien unos creen que se le llamaba «Olímpico» por las construcciones con las que adornó la ciudad y otros por su poder político y militar, y no resulta carente de razón que la fama del hombre fuera el resultado de la concurrencia de muchas cualidades. [3] Las comedias de los autores de entonces muestran, con los muchos y jocosos versos dejados afanosamente para él, que el apodo se generó sobre todo por su oratoria. Dicen que él «truena y relampaguea», cuando se dirige al pueblo, y que «lleva un temible rayo en su lengua.»[1] También se recuerda un discurso de Tucídides, el hijo de Melesias[2], pronunciado entre bromas sobre la habilidad de Pericles. [4] Fue Tucídides un hombre honrado y noble y se opuso durante muchísimo tiempo a Pericles. Arquídamo, rey de los lacedemonios, preguntado sobre si él o Pericles era el mejor luchador, dijo: «cuando lo derribo en el combate, él me contradice y replica que no ha caído. Así vence y persuade a los espectadores.» No sólo eso, sino que también era atinado Pericles en la oratoria, de modo que siempre, cuando subía a la tribuna, rogaba a los dioses que ni una sola palabra saliera involuntariamente de su boca que no se ajustara al asunto propuesto. [5] No dejó nada escrito, salvo sus decretos, y se recuerdan muy escasas palabras suyas, como cuando exhortó a segregar Egina de El Pireo cual una legaña; o cuando dijo que veía la guerra acercándose desde el Peloponeso. En otra ocasión, siendo estratego con Sófocles, mientras navegaban juntos, éste alabó a un hermoso muchacho. «Un estratego no sólo» replicó Pericles «debe tener las manos puras, sino también los ojos.» [6] Estesímbroto dice que durante un encomio a los muertos en Samos afirmó desde la tribuna que se habían vuelto inmortales como los dioses, porque a éstos no los vemos, pero por la dignidad que tienen y los bienes que nos proporcionan, conjeturamos que son inmortales; pues bien, esto mismo sucede con aquellos que mueren por la patria.

[1] Rayos, truenos y relámpagos son expresiones de la cólera de Zeus, rey y señor del Olimpo.

[2] No confundir con Tucídides, hijo de Oloro, el historiador.


1218.

VII

[1] Cuando Pericles era un joven se mostraba extremadamente cauto con el pueblo, porque había la creencia de que era parecido al tirano Pisístrato en su aspecto. Su voz era agradable; su lengua, elocuente e ingeniosa en el discurso, y los ancianos se quedaban muy sorprendidos con su parecido. Además, era rico, su linaje era destacado y tenía amigos muy poderosos. Su temor al ostracismo le hacía no actuar en política, pero en la milicia era hombre valiente y arrojado. [2] Cuando Arístides hubo muerto, Temístocles mandado al exilio y las campañas militares retenían la mayor parte del tiempo a Cimón fuera de Grecia, en ese momento preciso, Pericles fue y se dedicó al pueblo, tomando partido por las clases populares y por los pobres en lugar de los ricos y la oligarquía, y en contradicción con su propia naturaleza, que era escasamente popular. [3] Parece ser que, por evitar incurrir en la sospecha de tiranía y viendo que Cimón era partidario de los aristócratas y que era extraordinariamente querido por los miembros de la nobleza, fue seduciendo al pueblo para procurar su propia seguridad y poder frente a Cimón. [4] Pronto, también, se impuso un estilo diferente en su modo de vivir. Se le veía caminar en la ciudad sólo por una ruta, la del ágora y la de la sede del Consejo, y rechazaba las invitaciones a banquetes y toda costumbre relacionada con los placeres de la amistad, de modo que en el largo período de tiempo en que se dedicó a la política, nunca fue a ningún banquete en casa de un amigo, excepto durante la boda de su primo Euriptólemo donde estuvo presente hasta el momento de las libaciones[1]. Luego, se levantó y se fue inmediatamente. [5] El disfrute con los amigos sabe cómo vencer cualquier tipo de circunspección, y con el trato habitual difícilmente se conserva el respeto de la opinión pública. Las apariencias, fundamentalmente, de una verdadera virtud son, con toda evidencia, las más adecuadas, y para la gente nada es más admirable en los hombres virtuosos que su vida diaria con aquellos con quienes la comparte. Pericles, evitando el trato con el pueblo y su exceso, se le acercaba a intervalos, sin hablarle por cualquier motivo y sin presentarse continuamente ante la masa, sino que aparecía lo estrictamente necesario, como la trirreme Salaminia[2], según dice Critolao. El resto lo trataba dejándoselo a los amigos y a otros oradores. [6] Se dice que uno de ésos era Efialtes, que acabó con el poder del consejo del Areópago, escanciando sobre los ciudadanos, como dice Platón, una abundante y desmedida libertad, bajo la cual dicen los comediógrafos que se desbocó el pueblo, como un caballo, y que «osaba no obedecer ya, sino morder Eubea y saltar sobre las islas.»

[1] Momento de las ofrendas a los dioses, a partir del cual comenzaba el banquete sirviéndose el vino.

[2] Atenas tenía cinco trirremes «sagradas», que eran las encargadas de llevar los mensajes de la Asamblea. Sus nombres era Paralo, Antigónide, Ptolemaida, Amoníada y Salaminia.


1217.

VI

[1] Pericles no sólo sacó provecho del trato con esas enseñanzas de Anaxágoras, sino también parece que se sobrepuso a la superstición, que activa la admiración por los mundos celestes en aquellos que ignoran sus causas, están esclavizados por lo divino y turbados por su desconocimiento. El discurso racional aparta de la superstición atemorizadora y extravagante y genera una religiosidad certera en unión de una halagüeña esperanza. [2] Se cuenta que en una ocasión le fue llevada a Pericles una cabeza de carnero con un solo cuerno, y que Lampón, el adivino, cuando vio que el cuerno crecía firme y seguro en medio de la frente, dijo que, dado que en la ciudad había dos facciones poderosas, la de Tucídides y la de Pericles, el poder recaería en aquel a quien se refiriera la señal. Anaxágoras, tras cortar en dos el cráneo, mostró que el cerebro no había llenado el espacio, sino que se había alargado por el cráneo como un huevo cuya punta caía en el lugar donde la raíz del cuerno tenía su origen. [3] Y se dice que los presentes quedaron asombrados con Anaxágoras y poco después con Lampón, puesto que Tucídides fue derrotado y todos los asuntos relacionados con el pueblo cayeron por igual bajo el poder de Pericles. Nada impedía, a mi juicio, que tanto el filósofo de la naturaleza como el adivino tuvieran éxito, ya que el uno percibió la causa y el otro, el final de forma acertada. Aquél advirtió por qué motivo y cómo había sucedido y éste predijo para qué había sucedido y lo que significaba. [4] Los que dicen que el descubrimiento de la causa es la destrucción de la señal no entienden que anulan junto con la intervención divina también el artificio del signo, como el sonido de los platillos, la luz de las antorchas y la proyección de las sombras de los relojes de sol, cada uno de los cuales ha sido creado como signo de algo con su causa y la apariencia.