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SÓFOCLES 

EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA

y VI

contentSófocles nació en el demo ateniense de Colono, hijo de Sófilo, un fabricante de armas acomodado que se permitió darle una buena formación intelectual. Colono es el lugar donde situará el escenario de la tragedia final de Edipo y donde también pondrá en escena a sus dos hijas Antígona e Ismena. La fecha de su nacimiento oscila entre 497 y 496 a.C. Como dije al principio de estas entradas, es fama que su carácter afable lo hizo ser apreciado entre sus conciudadanos. Este hecho contribuyó a que se contara con él para cargos y misiones a veces delicadas. Del mismo modo, su amor a la tierra natal le llevó a rechazar ofertas e invitaciones que le vinieron de otras partes de Grecia Ejerció el cargo equivalente a un ministro de Hacienda y formó parte del colegio de diez estrategos cuando éste estuvo bajo el mando de Pericles (441-440 a.C.), aunque sus funciones fueron más diplomáticas que militares. En el año 413, tras la derrota ateniense en Sicilia, se le eligió como miembro del comité que debía recoger las aspiraciones oligárquicas.

Sin títuloComo escritor, compuso un peán con ocasión de la introducción del culto al dios Asclepio en Atenas, ganó dieciocho veces el concurso de las fiestas Dionisias con sus tragedias y siempre contó con el favor del público. Desde el punto de vista del género, aumentó el número de integrantes del coro de 12 a 15, abandonó el esquema de trilogía que había seguido Esquilo y pasó de poner dos actores simultáneamente en escena a tres. Murió en 406/405 a.C. tras una larga y provechosa vida, poco antes de la derrota definitiva de Atenas en la Guerra del Peloponeso.

 

Teatro Herodes

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SÓFOCLES

 EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA

 V

ActoresSe ha discutido mucho si el verdadero protagonista de Antígona es la hija de Edipo o su tío Creonte. Bien pudiera ser que ambos compartieran ese papel. La una porque nos dice que debemos ser respetuosos con los dioses, porque a fin de cuentas no somos sino efímeros mortales y a ellos nos debemos. Y si esto nos lleva a morir, es un sacrificio justo y digno. Por otro lado, Creonte representa el peligro de quien ostenta el poder. Sófocles nos advierte del principal peligro en cualquier régimen político y aquel que la democracia ateniense se esforzó por evitar: la tiranía, o dicho en palabras contemporáneas, el abuso de poder. Ocupar el pináculo de la pirámide social lleva inevitablemente a olvidarse de la moderación, del respeto a los dioses que la propugnan y caer en la soberbia. Siglos después, los liberales, que son los únicos que entienden realmente lo que es una democracia, basarán sus ideas políticas en la limitación del poder. La democracia según Sófocles reside en controlar al que manda porque la naturaleza humana hará del gobernante un tirano en potencia. La desgracia, en definitiva, caerá sobre los dos protagonistas de la tragedia. Una, Antígona, morirá con honor. Otro, Creonte, verá desaparecer de su vida a sus seres queridos por culpa de su ceguera, de su alejamiento de la moderación que debe regir cada obra humana. Y, sobre todo, el ciudadano espectador no debía perder de vista que todo este edificio se basa en aquello que los dioses prescriben. Porque la democracia ateniense se basaba en la voluntad divina, no en balde, según Esquilo, es la misma Atenea, la protectora y patrona de Atenas, la que instaura el tribunal del Areópago.

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Sófocles es el tragediógrafo del centro, no sólo por ocupar ese puesto en el orden de estudio de los manuales de literatura griega o por su espacio biográfico, sino porque representa esa centralidad moderada que debe informar una vida sana y una sociedad saludable. Años después Aristóteles lo diría en su Política, es la clase media con sus valores de templanza y moderación la que sostiene una polis democrática. Una moderación que deben mostrar los ciudadanos en primer lugar porque son los dueños de la soberanía y que deben mostrar también aquellos que son elegidos para gobernarlos. En esta pareja de intervinientes, sin embargo, la carencia de extremismos es mucho más importante en el caso de los ciudadanos, porque al gobernante se le limita si el régimen funciona bien, pero una masa desbocada no tiene quien le ponga límites. Esa lección tiene validez universal y llega a nuestros días. Su olvido provoca los mayores males a las sociedades democráticas. Sólo desde la moderación es viable un régimen de ese tipo, sólo desde una mayoritaria clase media es posible una democracia, sólo desde un control del poder es factible la vida en comunidad donde los derechos y los deberes de sus integrantes se combinen de forma armónica frente al caos al que abocan inevitablemente las tiranías.

Continuará


1114.

SÓFOCLES

EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA

 IV

Edipo-Rey-Sofocles-1De todas las tragedias que escribió, la más conocida es Edipo rey. Le debe su fama, quizás, a la labor de Sigmund Freud o al hecho, cercano a la sensibilidad estética contemporánea, de que su desarrollo semeja en algunos momentos a una trama policíaca, con un crimen, un culpable, una investigación y el desvelamiento final sorpresivo. La maestría de ese Sófocles autor de tramas detectivescas avant la lettre reside en que el detective es el culpable al mismo tiempo y que la sorpresa le sobreviene al protagonista. El público está al corriente de lo que ha sucedido y contempla con asombro cómo el investigador va cayendo poco a poco en el pozo de la verdad. Con todo, a mi juicio, la tragedia más rica en sugerencias y contenido es Antígona. Decía Georg Steiner que la atracción de esta obra y su validez eterna descansa fundamentalmente en que nos presenta los cinco enfrentamientos más significativos del ser humano: el viejo frente al joven, la mujer frente al hombre, el individuo frente al estado, los vivos frente a los muertos y los hombres frente a los dioses. De este modo, se despliega ante nuestros ojos la panoplia de unos retos a algunos de los cuales todos nos enfrentamos en la vida, remontándose a una historia que se desarrolla en tiempos míticos y en cuya contemplación experimentamos el proceso que he descrito más arriba.

 

descargaEn mis tiempos de profesor de adolescentes y en mis intentos por acercar a esos jóvenes los conceptos éticos que se esconden en Antígona, les proyecté en clase la película titulada entre nosotros Solo ante el peligro (High Noon), filmada bajo la dirección de Fred Zinnemann en 1952 y con Gary Cooper como protagonista. (Aunque, dicho sea de paso, pronto me di cuenta de que para ellos el cine de vaqueros en blanco y negro les era tan ajeno como los propios mitos griegos.) Partía de la base de que la mitología de nuestro tiempo bien pudiera ser el género cinematográfico del Western. Tanto en la tragedia como en la película, los protagonistas hacen lo que deben hacer, aunque nadie los apoya, aunque todos a su alrededor les aconsejen que se abstengan y aunque sepan que el resultado de su acción va a ser la muerte. Por supuesto, obviamos las concesiones a los respectivos géneros que suponen en la tragedia la ruina efectiva de la protagonista y la salvación final de Will Kane en la película. Pero el mensaje es el mismo. Es evidente, con todo, que la tragedia alberga una mayor riqueza conceptual, pero cumple junto con el Western de aquellos años con su función de ilustrar al espectador ciudadano de una democracia sobre los valores que deben guiar su vida en sociedad.

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1113.

SÓFOCLES

 EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA

 III

Epidauro

Sófocles despliega ante sus compatriotas el manual de conducta del buen ateniense en aquel contexto histórico. El ser humano es un animal social, como bien dirá Aristóteles tiempo después, un animal que vive en el colectivo propio de su naturaleza, que es la polis, esa reunión de barrios o poblaciones cuyos integrantes están unidos por una misma condición de poseedores de la soberanía. Si hiciéramos la pirueta mental de aplicar un esquema moderno a la Atenas de aquellos tiempos y cayéramos, conscientemente, en un anacronismo por mor de la mayor comprensión para lectores contemporáneos, diríamos que de los tres tipos de nacionalismo que hay, los atenienses se sentían miembros de una nación constitucional. No eran nacionalistas étnicos porque su raza la compartían con los espartanos y con otros muchos de sus enemigos. Tampoco era un nacionalismo cultural porque, de idéntica manera, su cultura era común con espartanos, corintios, argivos, eleos, y demás estados griegos. Su raza era diferente a la de los bárbaros, aquellos que hablaban extrañas lenguas, pero no era distinta de la raza de los tebanos o los beocios, cuyas lenguas, aunque divergían en algunos aspectos, era reconociblemente griega. Ni los dioses eran otros, ni las costumbres eran ajenas a las de lo melios o los samios. Aquello en lo que los atenienses si eran conscientes de pertenecer a una colectividad diferenciada y superior, rasgo de todo nacionalismo, es en su régimen constitucional. Se trataba de un ordenamiento social en el que la ley era el rey (nómos basiléus – νόμος βασιλεύς), en el que nadie estaba por encima de aquélla y en el que esa misma ley emanaba de la voluntad del pueblo soberano (démos – δῆμος) reunido en asamblea (ekklesía – ἐκκλησία), cuyos miembros gozaban de libertad política (eleuthería – ἐλεύθερία), de libertad de expresión (parresía – παῤῥησία) y de igualdad ante esa ley (isonomía – ἰσονομία)

AsambleaEse régimen es en el que vive y muere Sófocles y en el que cree tanto, que adapta la religiosidad tradicional y los recursos de un género para dejarle claro a los pertenecientes al seno de su polis que para ser un buen ciudadano hay que ser moderados, hay que cumplir con los dioses de siempre, hay que guardarse de creerse más de lo que realmente somos, unos seres caducos, limitados. Hay que estarles agradecidos a los dioses por habernos dado facultades superiores a los demás seres vivos y por hacernos semejantes físicamente a ellos, pero no debemos olvidar que ellos viven eternamente afortunados y que nosotros morimos, bajamos al Hades convertidos en sombras y que transitamos por una existencia llena de asechanzas y adversidades. Dado que nuestra salvación depende de nuestro grupo, nadie más afortunado que el ateniense que vive en un entorno tan privilegiado, pero al que no debe arruinar con la arrogancia y la soberbia (hybris – ὕβρις). El núcleo de este sistema ético es tradicional. Sófocles no innova. Como buen integrado en su entorno mental, responde a las creencias de siempre. Es un griego como casi todos, un creyente, y no hace sino fundamentar en la religión las formas de un régimen político.

Continuará

 


1112.

SÓFOCLES

EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA 

II

Máscaras

Del ciudadano espectador se esperaba que sufriera en su mente, a lo largo de la contemplación del espectáculo, un proceso que partía de ver lo que ocurría en escena como algo ajeno a su vida diaria. Colaboraban a este efecto la puesta en escena con personajes míticos, enmascarados, de elevada estatura, que cantaban y recitaban, y que se expresaban en verso. El siguiente paso iba emergiendo conforme avanzaba la acción. El espectador iba poco a poco identificándose con el protagonista del drama, percibiendo que el dilema en el que se encontraba, por más que aparentemente le fuera ajeno, en su esencia podía presentársele a él también. Finalmente, cuando todo había acabado y el desenlace había abocado al desastre, el asistente al teatro debía sentirse, a través de la piedad y el temor (éleos kai phóbos – ἔλεος καὶ φόβος), sometido a una purificación (kátharsis – κάθαρσις) que lo integraba en el cuerpo social al que pertenecía mediante la aceptación de un código de conducta cohesionador.

descarga (1).jpgEste es el objetivo que Sófocles tiene en sus obras, cumpliendo la misión que la sociedad ateniense del siglo V a.C. había otorgado a la tragedia. El género, nacido en el contexto de unas celebraciones religiosas en honor de Dioniso, acaba convertido en el siglo de Pericles en un medio de educación de masas. Esto se manifiesta sobre todo en sus dos primeros representantes, Esquilo y Sófocles. Eurípides, el tercero de la tríada, es otra cosa. Esquilo representa la democracia en sus primeros tiempos y sus fundamentos espirituales y materiales. En su trilogía la Orestíada, acaba por mostrar a los ciudadanos la base sagrada de la justicia del estado, que supera con su imparcialidad el ciclo sangriento e inacabable de la justicia del clan. De este modo, da argumentos para defender uno de los pilares del régimen democrático. La justicia del estado que propone Esquilo no se ejerce a manos de una cuerpo elegido y profesional de magistrados, sino del mismo pueblo, uno de cuyos deberes es formar parte de los jurados que ven las causas. Esquilo es la democracia en el momento de su nacimiento y de empezar a crecer. Sófocles es la democracia ya madura, después de la cual sólo queda la decadencia que representa la obra de Eurípides, ya más atento a las pasiones humanas que a las expectativas políticas y sociales del ciudadano.

Continuará

 


1111.

SÓFOCLES

 EL DRAMATURGO DE LA TEMPLANZA

 I

Sófocles.1Los manuales que tratan sobre la figura de Sófocles subrayan el contraste entre su personalidad y el contenido de su obra. Parece ser que nuestro dramaturgo fue una persona equilibrada, amable, querida por sus conciudadanos, integrada en su entorno social. Participó en todo cuanto su ciudad requería de él y fue considerado siempre un patriota que no se mostraba reacio a los deberes. Frente a este cuadro, su tragedia es la imagen del sufrimiento caído sobre el ser humano sin más razón que la voluntad de un destino cuyos motivos ni siquiera los dioses son capaces de adivinar. Ni Ayante, ni Edipo, ni Electra, ni Antígona, ni Filoctetes son responsables de las desgracias que se abaten sobre sus cabezas. Nada han hecho que los vuelva culpables del dolor que han de atravesar. Salvo la figura de Job, no hay quizá en la mitología cristiana personaje que no deba sus desgracias a sus pecados. En la mente del devoto griego de la Antigüedad, lo desvalido de la condición humana reside en que está sujeto al capricho de fuerzas sobrenaturales sin que nada hiciera en principio para ganárselo y frente a las cuales nada se puede hacer. Nada, excepto aceptarlas con dignidad y reflexionar sobre el mecanismo que provoca la devastación en el ser humano. Aquí radican los motivos esenciales del teatro sofocleo, el análisis del sufrimiento humano, sus causas, su desarrollo, el inútil intento de evitar sus golpes y el desastre final, y todo en el contexto de un género literario orientado hacia la formación del buen ciudadano.

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No poco del dolor que provoca la situación trágica viene incrementado por la soledad absoluta con la que el protagonista transita por la obra. Como sucede en la vida misma de todos, el dolor es propio de cada uno y por más que nos acompañen, como les sucede a los héroes sofocleos, la experiencia del sufrimiento es particular e intransferible. En todo este marasmo, la única postura que le queda al ser humano es acoger esa desgracia enviada por el destino con serenidad y decoro. El medio que los dioses se procuran para hacer caer a los mortales es llevarlos a incurrir en la desmesura. De haber habido una opción para salvarse de la ruina, de haberse podido contar con algo parecido a la libertad de elección, se podría haber evitado todo este desastre y el mortal sufriente hubiera podido salvarse del dolor. Le hubiera bastado al protagonista con haberse dado cuenta de que estaba transgrediendo las normas délficas que advierten «nada demasiado» y «la moderación es lo mejor». Es una ironía que un género nacido en el seno de un dios orgiástico como Dioniso le sirva al más templado de los dramaturgos para propugnar las máximas de Apolo, el dios modelo de la contención y la medida.

Continuará


1110.

TUCÍDIDES

 EL PRIMER RACIONALISTA EN CONTAR LA HISTORIA

 y IV

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La fascinación por Tucídides se incrementa cuando vemos en su actividad intelectual la repetición de un fenómeno que aparecerá con recurrencia en el mundo helénico de la época clásica. Se nos presentan figuras que o bien sin tener precedentes de los que nos hayan quedado huellas, o bien teniéndolos y perfeccionándolos hasta su culminación, han modelado de forma permanente y definitiva la forma de enfocar el espíritu, de observar la naturaleza de lo humano. Homero lo hizo con la épica y marcó el rumbo de la ficción literaria en Occidente para siempre. Tucídides lo hizo con la historia en cuanto que estudio imparcial de los hechos políticos y bélicos, y fue tal su clarividencia que, salvo el caso de Polibio unas centurias más tarde, hasta el siglo XIX no se volvió a enfocar la historia del modo en que el ateniense lo hizo. Los dramaturgos, tanto trágicos como cómicos, cumplieron idéntica función en el género teatral. Los filósofos presocráticos fueron otra muestra de lo dicho. Y todo eso sin entrar en otros ámbitos de la cultura como las artes plásticas o las matemáticas. Lo fundamental de aquellos tiempos es que Occidente, su cultura y su civilización no son sino una interminable partitura de variaciones sobre los temas ya compuestos por nuestros antepasados.

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Tucídides nació en Atenas sobre el 460 a.C. Como de la mayoría de los personajes relevantes de la Antigüedad, carecemos de datos ciertos sobre su biografía y estamos a expensas de la información que él mismo brinda en su obra y de relatos de su vida que contengan detalles creíbles. Era hijo de Oloro, cuyo nombre vinculaba a la familia de Tucídides con la región de Tracia. Parece ser que poseían minas de oro en aquella zona, por lo que pertenecía a la clase social alta. Su filiación política lo vinculaba con las facciones conservadoras de Atenas, aunque este hecho no influyó en su espíritu crítico y su intento de imparcialidad. Padeció la epidemia sufrida en Atenas en el año 430 a.C. durante la cual murió Pericles. En el año 424 a.C. fue elegido como miembro del colegio de diez estrategos, una especie de Alto Estado Mayor, que dirigía el curso de la guerra con Esparta. En calidad de tal y dados sus lazos con Tracia, se le envió a aquel frente. Avisado con retraso de que debía acudir a levantar el asedio que el espartano Brásidas imponía a la ciudad de Anfípolis, zarpó desde la isla de Tasos con siete naves, si bien ese retraso malogró la misión. En Atenas, se le responsabilizó del fracaso y fue condenado a un exilio de veinte años, durante los cuales recorrió los escenarios de la guerra del Peloponeso y entró en contacto con los beligerantes a fin de redactar su obra. En el año 404 a.C. y aprovechando la amnistía decretada en Atenas tras la derrota ante los espartanos, Tucídides regresó a su ciudad, aunque volvió a sus posesiones en la finca de Skapte Hyle, en la isla de Tasos, donde parece ser que murió en una fecha posterior al 399 a.C.