1125.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

y VI

Sin título

Epicuro nació en el año 341 a.C. en la isla de Samos. Su padre se llamaba Neocles y su madre Queréstrata. Aquél era maestro y ésta, adivina. La pareja procedía de Atenas y gozaba de la ciudadanía ateniense. Se instalaron como colonos en la isla y allí nació Epicuro, cuyo nombre significa «ayudante, auxiliar, aliado», como el segundo de cuatro hijos. Epicuro, hijo de ciudadano ateniense, heredó esa condición. Haciendo gala de su nombre, parece ser que ayudó al padre en su profesión, pero pronto sus intereses derivaron hacia la filosofía y se convirtió en un avisado lector de la materia. Su primer contacto con la filosofía vino de mano de un platónico llamado Pánfilo, también asentado en Samos. A los dieciocho años marchó a Atenas para cumplir con el servicio militar, a cuyo licenciamiento se trasladó a Colofón. Allí entró en contacto con un filósofo seguidor de Demócrito y Pirrón llamado Nausífanes. En el 311 a.C. fundó su primera escuela de filosofía en Mitilene, capital de la isla de Lesbos. Posteriormente, se trasladó a Lámpsaco. En el 306 a.C., con 35 años, marchó a vivir a Atenas donde fundaría su escuela definitiva y donde viviría hasta su muerte. En una pequeña propiedad llamada «El Jardín», cerca de El Pireo, organizó una comunidad de amigos alejada del bullicio de la ciudad donde Epicuro maduró su doctrina en un ambiente más cercano a un club de personas con afinidades intelectuales que a una escuela filosófica al uso. El hecho de que aceptara en su seno a gentes de toda condición social, incluidas mujeres y esclavos, contribuyó desde el comienzo a la leyenda negra del epicureísmo. El maestro murió en el año 270 a.C., con 72 años.

images

Anuncios

1124.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

 V

descargaEste epicureísmo originario se encuentra, a mi juicio, con dos enormes obstáculos cuya envergadura se hace difícil superar. Me refiero al dolor y a la muerte. Una filosofía tan utilitaria y tan práctica, con esa fijación en el aspecto más atractivo de la existencia, se enfrenta desguarnecida ante los dos mayores infortunios del ser humano. Del dolor dice Epicuro que uno se salva refugiándose en la memoria y en el recuerdo de los instantes placenteros. Pero creo que, aunque sometamos nuestra mente al esfuerzo de evocar aquellos momentos felices en compañía de nuestros mejores amigos alrededor de una frugal pero satisfactoria mesa con un ambiente distendido y moderadamente alegre, un cólico nefrítico será siempre un padecimiento sumamente doloroso ante el que nuestro único consuelo será pedir un médico, un analgésico y beber mucha agua para que el maldito pedrusco se evacúe lo más rápidamente posible. Y no se excluyen los gemidos y las maldiciones. Y menciono esta enfermedad porque el propio Epicuro murió, según se dice sin perder la compostura, por culpa de una retención de orina causada por el mal de piedra. Al menos, parece ser que el maestro dio ejemplo. De la muerte, nos dice que no debemos temerla porque cuando ella está, nosotros no estamos y cuando ella no está, nosotros estamos. Es como un fenómeno con el nunca vamos a converger ni coincidir, por lo que la zozobra está injustificada.

 

images (8)

 

descarga (3)

En esta concepción del remedio ante la muerte se comprueba esa fe inquebrantable de la mentalidad filosófica griega en el poder de la razón. Desgraciadamente, como ya de forma incisiva remarca don Antonio Machado en su Juan de Mairena, refiriéndose a este pensamiento epicúreo, «eso de saltarse la muerte a la torera no es tan fácil como parece, ni aun con la ayuda de Epicuro, porque en todo salto propiamente dicho la muerte salta con nosotros. Y estos lo saben los toreros mejor que nadie». Aquí reside la invalidez de la solución del maestro, la muerte no es un acontecimiento con el que no nos chocamos, sino que es, precisamente, su choque con nosotros lo que la caracteriza. Como dato curioso y posible prueba de que el budismo originario pudo haber nacido en los filósofos escépticos que acompañaron a Alejandro Magno a la India en sus campañas, ese mismo argumento es el que usan los maestros budistas para dar a entender a sus discípulos que la muerte no debe preocuparnos. Ya lo dijo el maestro zen Dōgen: «cuando hay vida, sólo hay vida; cuando hay muerte, sólo hay muerte». Con todo, y en defensa del epicureísmo, bien podemos decir que ninguna concepción filosófica ni religiosa, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor imaginación, ha podido ofertar lo que todos los mortales desearíamos, no sufrir nunca dolor y no morir nunca.

descarga (4)

Continuará


1123.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

 IV

descarga (3).jpgEs difícil para nuestra mentalidad moderna entender la virtualidad liberadora que la filosofía de Epicuro podía hacer florecer en las mentes de los hombres de la Antigüedad. La perspectiva del alma mortal, del vacío como alternativa al mundo de ultratumba, corolario inevitable de la materialidad del alma, no les provocaba más desasosiego que el sentirse liberados del capricho del destino. El azar siempre será menos amenazador que la voluntad casquivana de unos dioses o de un hado inescrutable. Del mismo modo, como nos dice Lucrecio, el concebir racionalmente como algo natural y explicable todo aquello con lo que la naturaleza nos inflige dolor, es menos angustioso que pensarlo como consecuencia de la ira divina por nuestra negligencia a la hora de acordarse de ella. Para nosotros el vacío de un Dios, que tiene una vertiente misericordiosa y salvadora, puede provocar desorientación; para nuestros antepasados, siervos de una divinidad sin valores morales ni coherencia lógica, verse ajenos a sus decisiones provocaba un suspiro de alivio. De ahí la función liberadora que la filosofía materialista y hedonista del epicureísmo tenía para las mentes que se integraban en su círculo.

Tyche_Antioch_Vatican_Inv2672

Diosa Fortuna (Τύχη)

En suma, el materialismo, el ateísmo práctico, una ética centrada en el placer sometido a la razón, la sensación de verse sometido a la única fuerza de un azar cuyas consecuencias funestas pueden ser controladas con una tranquilidad de espíritu basada en el conocimiento racional del ser y demás desarrollo del pensamiento epicúreo provocaron que los textos del maestro fueran obviados más que otros por los monjes cristianos que durante la Edad Media copiaron y recopiaron los textos de los autores de la Antigüedad. Con todo, han quedado muchos más testimonios de las doctrinas epicúreas que de otros pensadores y ello es debido en buena parte al azar, más que a la voluntaria pretensión de exterminar de la tierra al ateo de Epicuro. El respeto de aquellos monjes y eruditos medievales por la sabiduría antigua, incluso la de aquellos que divergían de los dogmas cristianos, era tal que copiaron a aquellos autores que podrían suponer una amenaza a sus creencias. Probablemente, la pérdida del inmenso porcentaje del conocimiento de la Antigüedad se deba más al expurgo que ya el canon helenístico impuso sobre los textos de la Antigüedad, a los expolios, a los incendios, a los avatares de guerras y conquistas que a un supuesto oscurantismo de la cristiandad medieval, tanto en Oriente como en Occidente.

descarga

Continuará


1122.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD 

III

Pero, justamente, en función de esa postura que prescribe no hacerse notar, Epicuro dice a sus seguidores que deben participar en los cultos de la ciudad, en las ceremonias donde se exponen públicamente los lazos que mantienen unidos a los integrantes de la polis. Como buen griego y mejor ateniense, Epicuro era consciente de que esos cultos a los dioses están en el fundamento de la cohesión social y que ausentarse de ellos es excluirse notoriamente de la sociedad en la que vive. Hay que ser moderado también en el afán de apartarse del mundo exterior.

acrc3b3polis_3_fiestas_panateneas

El principal efecto práctico del ateísmo epicúreo es eliminar de la mentalidad griega el destino fatal, tan incrustado en la creencia sobre los dioses. Pensar que somos marionetas de un destino prefijado desde unas esferas divinas cuyos arcanos son incomprensibles incluso para los dioses más comunes, hacía sufrir a los griegos de ese pesimismo que Nietzsche bien identificó en su obra sobre el nacimiento de la tragedia. Borrada la acción de la divinidad del mapa, los seres humanos pueden respirar tranquilos, que los acontecimientos de su existencia se deberán al simple azar que todo lo domina en la naturaleza. Nada hay prescrito y todo depende de nuestra capacidad para afrontar con imperturbabilidad (ἀταραξία) las veleidades de la vida. Ese ánimo imperturbable, en un giro tan propio de la pretensión de omnipotencia de la racionalidad entre los pensadores griegos, debe ganarse gracias a un ejercicio de la razón basado en los conocimientos que las reflexiones del maestro nos proporcionan. En este sentido, Epicuro sigue el criterio de la filosofía helenística de dividir su pensamiento en tres partes, la Epistemología (llamada Canónica), la Física y la Ética. El proceso que sigue esta división tripartita reside en que primero hay que establecer el medio para conocer. Posteriormente, esos medios de conocimiento se aplican a conocer la naturaleza para extraer, finalmente, el contenido del objetivo final que es fijar unas normas de comportamiento para una vida feliz. Virgilio (Geórgicas, II.490) lo expresó mejor que nadie en su famoso verso Felix qui potuit rerum cognoscere causas: «feliz (Ética) quien puede conocer (Canónica) las causas de las cosas (Física)».

libro_1313512378

imagesEl principio fundamental de la Física epicúrea, una vez que ya hemos esbozado su Ética y su Canónica, es la absoluta materialidad del ser. Todo lo que es se conforma a partir del juego libre y azaroso de esos corpúsculos invisibles e indivisibles llamados «átomos» (ἄτομα), que caen en el vacío y que, debido a la variedad de sus formas, se enganchan unos con otros hasta formar los cuerpos,  desde los más compactos hasta los más sutiles. Quien mejor supo exponer la teoría atómica epicúrea fue el romano Tito Lucrecio Caro, quien en su poema didáctico sobre la naturaleza titulado, precisamente, De rerum natura, llevó a su más fina extensión las consecuencias de esa teoría.

images (8).jpg

descarga (4).jpg

              images (7).jpg

Continuará


1121.

EPICURO

 EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

 II

images (9)Quizá no fuera especialmente ese principio del placer como «finalidad» (τέλος) propia del ser racional, que es el hombre a la manera aristotélica, lo que más molestaba a la mentalidad cristiana. Epicuro también se aparta de la religión en su concepción de la divinidad. Para el maestro hay dioses, pero viven en su mundo, ajenos a las vicisitudes de los mortales. Nuestra desgracia y nuestra alegría les traen al pairo, no son asunto suyo. Esto invalida a Epicuro como pensador ateo, aunque podríamos afirmar que, no siendo propiamente un ateo, sí lo es a efectos prácticos, porque de nada sirve la divinidad si no interviene de un modo u otro en el acontecer humano. Epicuro sería un ateo práctico, no un ateo teórico.

descarga (2)

Esta visión epicúrea del mundo divino entronca con su actitud respecto a la vida social y política. Epicuro vive en un momento en que la polis griega ya ha dejado de ser el núcleo de convivencia humana y está abriéndose a un horizonte vastísimo gracias a las campañas de Alejandro en Asia y al fracaso de la fragmentación política helénica que provocó, previamente, su sumisión al padre del conquistador, Filipo II de Macedonia. Epicuro, aunque nacido en Samos, era ciudadano ateniense por ser hijo de otro ciudadano ateniense asentado en la isla. Pero Epicuro ya no se siente ciudadano de Atenas, sino que avanza el concepto de «cosmopolita» (κοσμοπολίτης), de «ciudadano del mundo» que la aventura del rey macedonio ha brindado a sus compatriotas griegos. Sus contemporáneos están empezando a ver en los reyes descendientes de Alejando y de sus generales a seres semidivinos, con la ventaja, como alguno de ellos decía, de que a estos personajes se les ve, mientas que a los dioses nadie los ha visto de forma patente. Cuando la soberanía sobre la gestión pública ya no depende del «pueblo», el «demos» (δῆμος), sino del monarca, la participación en los asuntos comunes es irrelevante.

Aunque en Atenas, nominalmente, en la época de Epicuro se siguiera manteniendo una especie de farsa democrática, a nadie se le ocultaba que quien tenía la última palabra era el hombre que desde las lejanas tierras macedonias reinaba en la Hélade. En consecuencia, Epicuro nos dice que debemos retirarnos a nuestro propio jardín (κῆπος), a nuestro hortus conclusus, a nuestro círculo más íntimo de amigos y vivir de forma anónima, sin ser notados (λάθε βιώσας). 425b3de8a53542a6a4c164405fb33205.jpgY, siempre de acuerdo con Aristóteles, vivir en compañía de personas con las que nos unan lazos de amistad, la más perfecta forma de relación humana. En cuanto a la política, no nos interesa porque nada podemos hacer por transformar su curso y sólo es motivo de sinsabores, es decir, de dolor. Sus placeres son precisamente aquellos que la razón desaconseja porque el ejercicio de la anticipación (πρόληψις) de sus efectos nos lleva a renunciar a ellos.

Continuará


1120.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD

 I

descargaLa interpretación más común que se da al sustantivo «epicureísmo» o al adjetivo «epicúreo» es la de una actitud ante la vida donde el sujeto en cuestión suele darse a la buena vida en el sentido más material y corpóreo posible. Tiene unas connotaciones de exquisitez y refinamiento en muchos casos y en otros, las connotaciones presentan un tinte de cierta carencia de escrúpulos y de amoralidad. Buena parte de esa fama puede deberse a la herencia de una ética cristiana que ha dominado la mentalidad occidental desde los lejanos tiempos de su triunfo. Pero esa visión del pensamiento de Epicuro, el fundador, no está exenta de una tendenciosidad manifiesta que pretendía hacerla aborrecible a quienes se acercaban a sus principios. Nada hay que reprochar al cristianismo en esta interpretación de la doctrina epicúrea. Es una más de las reacciones que a lo largo de la historia de Occidente se han sucedido entre las diferentes corrientes filosóficas y religiosas y que ya aparecen pronto en la antigua Grecia. Hay que entender esta interpretación cristiana del pensamiento epicúreo. Sus presupuestos son radicalmente contrarios a los del cristianismo. Pero también hay que reconocer que la radicalidad del cristianismo en su afán de denostar a Epicuro y sus seguidores ha oscurecido aquellas facetas que hacían del filósofo de Samos un personaje más cercano a ciertos preceptos cristianos de lo que podríamos pensar.

descarga (3)Epicuro en ningún momento propugna el desmadre, el placer por el placer y un desbordamiento de las pasiones. Es bien sabido que en la formación de Epicuro hay un fuerte componente asristotélico. Esta influencia en nada mejor se percibe que en el mandato de disfrutar de los placeres, pero sin perder de vista jamás la moderación en esa actividad. El propio maestro decía preferir un trozo de queso y pedazo de pan a los más opíparos manjares, dado que los primeros saciaban el hambre de forma placentera sin consecuencias lamentables, mientras que los segundos llevaban indefectiblemente a problemas de salud. Más o menos, que no es así exactamente como lo expresaba. Por tanto, ese placer que Epicuro designa como objetivo fundamental del «bien vivir» (τὸ εὖ ζῆν) es un placer calculado, tamizado por la razón que nos permita, de un lado, controlar su acceso para no caer en la incontinencia y, de otro, no excedernos en su ejercicio para no tener posteriormente un dolor que invalide los efectos salutíferos del placer moderado ya satisfecho.

Continuará


1119.

PROTÁGORAS

EL SER HUMANO ANTE SÍ MISMO

 y III

Ruinas de Abdera

Ruinas de Abdera

Protágoras formó parte del grupo de profesionales de la oratoria (que es lo mismo que decir, política) que formaron a una generación de jóvenes en el arte de persuadir a sus conciudadanos en la asamblea. Dado que la asamblea era el órgano de decisión donde la soberanía del pueblo se manifestaba, dominar esa institución era tener poder. Protágoras pertenece a una primera hornada de sofistas que todavía parece mostrar un cierto prurito en mantener unos valores morales. Sus apreciaciones sobre la centralidad del ser humano y el agnosticismo respecto a la divinidad son pilares epistemológicos en los que sustentar sus criterios de actuación. Pronto, la sofística derivará en el relativismo y en la amoralidad, lo que provocará la reacción de Platón y su búsqueda de una verdad trascendente que supere la inmanencia neutra de sus adversarios. Este proceso nos muestra el principal peligro de la democracia como régimen político y, ampliando sus efectos, como principio moral para el fundamento de una sociedad. Admitir la variedad en que se manifiesta el ser, trasladarla como base al ordenamiento social puede llevar a aquello de que la verdad y la realidad no existen, sino que todo depende del color del cristal con el que cada uno las mira. Y también contra ese dominio de la opinión (δόξα, dóxa), que propone la inexistencia de una verdad general, reaccionó Platón estableciendo el conocimiento auténtico (ἐπιστήμη, episteme) como modo de acercamiento a una verdad realmente existente. De ahí brotará el árbol de las formas puras, o ideas.

Sin título

Ruinas de Turios

Ruinas de Turios

Protágoras nació en Abdera, o en Teos, en una fecha no precisa que oscila entre el 500 y el 481 a.C. Parece ser que tuvo como maestro a Demócrito y que fue el inventor de una especie de cojín (τύλη, tyle) que servía para hacer más livianos los bultos que transportaban los cargadores y cuya idea se le ocurrió al tener que sufrir él mismo como porteador la dureza del oficio. Hacia mediados del siglo V a.C. se instaló en Atenas y ejerció como miembro del grupo de sofistas que allí florecían al amparo de la importancia que la oratoria había adquirido por efecto del régimen democrático. Amigo de Pericles, participó en la fundación de la colonia ateniense de Turios, en la Magna Grecia, encargado de la redacción de una constitución, junto con Heródoto e Hipódamo de Mileto, quien trazó los planos de la ciudad. Acusado de blasfemia o de ateísmo (en el sentido moderno de ese término) por el contenido de su libro sobre los dioses, tuvo que escapar de Atenas en dirección a Sicilia, donde según unas versiones logró refugiarse o bien pereció durante el viaje en el año 416 a.C.