781.

CIPRÉS

Reposa en un rincón del jardín, tarde de primavera, aromas efervescentes y colores desplomándose en cascada sobre los paseantes. Desde que lo ingresaron, no ha pronunciado palabra. Limpiadoras, auxiliares, enfermeros y médicos están satisfechos con él porque no es agresivo y obedece a la primera cualquier instrucción, orden, recomendación que le dan. Tampoco se resiste a los medicamentos ni a las reiterativas expresiones de la tortura con las que el tropel sanitario se afana en asistir a los pacientes que se despliegan en esta tarde abril por las serenas lomas y los bancos resignados. Un hombre en bata blanca dialoga con una mujer también en igual atuendo. Miran a ese anciano bondadoso, incólume, abismado en sus pensamientos. Porque los médicos sospechan que tiene pensamientos, tan intensos, tan enhebrados en su mente que no desean respirar el aire que respiran los demás. Ojalá todos fueran como él, se desean; ojalá otros no dieran tanta guerra, suspiran. El viejo está sentado en una silla plegable que siempre porta, a la sombra huraña de un ciprés, el menos acogedor de los árboles, su preferido. El hombre de bata blanca cree haber descubierto la afición del viejo por esos árboles y su busca incansable tras el cómplice de los muertos. No, no es que desee la muerte, dice. El anciano, se ha enterado, tuvo suerte porque se jubiló cuando comenzaron a automatizarlos. Pasó solo toda su vida en un promontorio perdido a cargo de un faro.


780.

EXPERIENCIA

 Los ve a diario pasear por el parque con sus bastones, con sus andadores. En los últimos tiempos ya aparecen algunos llevados en sillas de ruedas por alguna inmigrante de piel morena y ojos achinados. Hasta los hay viudos, pobres sombras errantes privadas del sostén que sólo las mujeres de antes sabían ofrecer a sus maridos, tan inútiles para casi todo. También se ha sufrido alguna extemporánea baja definitiva. Son sus viejos compañeros de oficina, los que compartieron su vida de funcionario durante más de cuarenta años jornada tras jornada. No los frecuenta demasiado porque nunca fue muy sociable. Los ve charlar entre ellos y a veces se les acerca y les pregunta cómo les va la vida y cómo sus familias. Lo hace arrastrado por un inexpresable prurito de amabilidad y tragando a duras penas el rosario de juicios cada vez más lamentables y quejumbrosos. Tantos años de convivencia dan para muchas historias, para mucho desencuentro, para mucho chiste, mucho café a media mañana supurando envidia y sana camaradería. Tantas experiencias como aquella que pudo haberse distinguido por una buena cantidad de dinero. Se lo habían propuesto hacía decenios, demasiados decenios atrás, casi estrenada su carrera. Era tan fácil traspapelar, dar por perdido, sellar a posteriori lo que debía estar sellado a priori y más escondrijos administrativos que llenarían sus bolsillos con unos buenos fajos de esos billetes que tan imprescindibles eran en tiempos de escasez y cinturones ajustados. Dijo que no por más que era consciente de que todos lo hacían, ese u otros afanes similares. Y en adelante fue desechado como cómplice. Su mujer admiró su gesto de honradez, sus compañeros no tanto, porque todo siempre era muy fácil y nunca nadie fue investigado. Mientras pasea, es bien consciente. Lo único que sintió en aquellos días fue miedo, ese miedo afilado, su compañero desde que sabe que está vivo.

 


779.

MUDANZA

 Lo peor son los libros. El hombre observa las columnas apiladas en los muros del nuevo piso. Engañan, como es habitual, esos objetos tan absorbentes en su amor como cualquier otro cuyo centro sea algo vivo. Aquella primera vez  fue consciente de ese trampantojo que los libros brindan al espectador, tan correctos, tan modosos, tan atentos cuando se les contempla ordenados en la estanterías. Que ocupen las cuatro paredes de una habitación no daña la sensibilidad de la mayoría, antes bien, provoca admiración en los no habituados y envidia en los conocedores. Sólo perjudica a quienes la simple sospecha de una letra les hace segregar bilis negra. Aquella ocasión, la primera mudanza de su vida, desplegó un horizonte desconocido ante los ojos del hombre. Cuando los libros se hunden en cajas, lo que parecía un mundo en armonía se convierte en un caos voraz que aniquila cualquier aspiración a la serenidad. Se dijo entonces, cuando se hubieron ido los empleados y en el nuevo piso sólo había decenas de cajas llenas de libros, algunas pocas con el resto de enseres y un escaso mobiliario, que su próxima mudanza sería envuelto en madera y con los pies por delante. Porque era de sospechar que la multitud atronadora de libros sería incrementada gracias a su compulsión lectora y el espectáculo adquiriría la trama de una tragedia. Con el gran ventanal del salón a sus espaldas, el sol del atardecer deslizándose sosegado por las aristas de la estancia, el hombre cuenta con los dedos sus mudanzas y enumera las emboscadas de los trabajos y los días. Cuando se le acaban, pone manos a la obra.    


778.

HISTORIA MÍNIMA DE LAS MENTALIDADES

El azar y el final del rey godo Totila.

[28] (…) Αὕτη γέγονε Τουτίλᾳ τῆς τε ἀρχῆς καὶ τοῦ βίου καταστροφή, ἔτη ἕνδεκα Γότθων ἄρξαντι, οὐκ ἐπαξίως ἐπιγενομένη τῶν ἔμπροσθεν αὐτῷ πεπραγμένων, ἐπεὶ καὶ τὰ πράγματα πρότερον τῷ ἀνθρώπῳ ἐχώρησε, καὶ τοῖς ἔργοις οὐ κατὰ λόγον ἡ τελευτὴ ἐπεγένετο. [29] ἀλλὰ καὶ νῦν ἡ τύχη ὡραϊζομένη τε διαφανῶς καὶ διασύρουσα τὰ ἀνθρώπεια τό τε παράλογον τὸ αὐτῆς ἴδιον καὶ τὸ τοῦ βουλήματος ἀπροφάσιστον ἐπιδέδεικται, Τουτίλᾳ μὲν τὴν εὐδαιμονίαν ἐξ αἰτίας οὐδεμιᾶς ἐπὶ χρόνου μῆκος αὐτοματίσασα, δειλίαν δὲ οὕτω τῷ ἀνθρώπῳ καὶ καταστροφὴν ἀπαυθαδισαμένη [30] ἐξ οὐ προσηκόντων ἐν τῷ παρόντι. ἀλλὰ ταῦτα μὲν ἀνθρώπῳ, οἶμαι, καταληπτὰ οὔτε γέγονε πώποτε οὔτε μήποτε ὕστερον ἔσται· λέγεται δὲ ἀεὶ καὶ δοξάζεται διαψιθυριζόμενα ἐς τὸν πάντα αἰῶνα, ὥς πη ἑκάστῳ φίλον, λόγῳ τῷ εἰκότι δοκοῦντι εἶναι παρηγοροῦντι τὴν ἄγνοιαν. ἐγὼ δὲ ἐπὶ τὸν πρότερον λόγον ἐπάνειμι.

[28] Este fue el fin del poder y de la vida de Totila tras once años de gobernar a los godos. Sobrevino de forma nada digna de los hechos protagonizados previamente por él, porque así como anteriormente las cosas le habían marchado bien, del mismo modo la conclusión de sus obras no respondió a lo razonable. [29] En ese momento, el azar, divirtiéndose de forma evidente y haciendo trizas las aspiraciones humanas, dejó claros su propio carácter ilógico y lo voluble de sus propósitos. Espontáneamente, le concedió a Totila durante largo tiempo la prosperidad sin motivo alguno, pero se atrevió a infundirle aquella muestra de cobardía y arruinar al hombre [30] de forma nada decorosa en ese instante. Estos giros, sin embargo, nunca han sido ni en el futuro serán comprensibles para el ser humano.  Siempre se viene hablando y murmurado opiniones en todo tiempo según el sentido que a cada uno se le antoja bajo la apariencia de un carácter razonable que consuele su ignorancia. Pero regresemos al curso anterior de la narración.

Procopio de Cesarea, Historias, VIII 32.28-30.


777.

METÁFORA

La imagen es afortunada. Recoge íntegramente la esencia y los atributos del deseo que le ha aprisionado durante esos meses. Mira la maleta en la habitación del hostal. Es una solución de emergencia mientras se organiza y busca un apartamento, una tarea que debe emprender a no mucho tardar. Aunque el coste por día sea asequible, no puede permitirse dejar que sus escuetos caudales se desagüen por este canal, visto que le espera una tortuosa y cara vía de desencuentros y combates. Todo lo que se abre ante sus ojos es arduo. La metáfora, con todo, era afortunada. La llevaba en su cabeza, hundida en sus vísceras, flotando contumaz en los entresijos de sus ansias cuando apareció a su puerta, la misma maleta en el suelo, sonrisa en sus labios, y un camino largo, largo de paradas siempre gozosas. Ella le abrió la puerta como lo había venido haciendo durante los meses anteriores cada vez que él se podía escapar para ahondarse en aquel abismo de enajenación que los brazos de ella le brindaban. Sonrió maliciosa como siempre, augurando una vez más la maraña en que se confundirían sus cuerpos. La metáfora, sin embargo, se disipó en su inanidad cuando miró al suelo y vio la maleta. Volaron la metáfora y los horizontes de eternas paradas donde repostar y seguir el camino de bienaventuranzas. Le permitió el paso, pero una vez dentro le dejó claras las cosas. Fue la metáfora, se dice, la maldita metáfora. “No puedo dejar escapar este tren. Puede que sea el último de mi vida” le dijo a su esposa en el momento de alzar su maleta y partir en busca del último expreso a ninguna parte.


776.

HISTORIA MÍNIMA DE LAS MENTALIDADES

 EL MUNDO CIVILIZADO CONTRA LOS BÁRBAROS O LA IMPORTANCIA DE LAS INSTITUCIONES

El general Narsés se dirige a sus hombres antes de la batalla contra los godos.

(…) [4] οἱ δὲ θράσει θανατῶντες ἀλογίστῳ τινὶ καὶ μανιώδη προπέτειαν ἐνδεικνύμενοι προὖπτον αὐτοῖς θάνατον ἀναιρεῖσθαι τολμῶσιν, οὐ προβεβλημένοι τὴν ἀγαθὴν ἐλπίδα, οὐδὲ τί ἐπιγενήσεται σφίσιν αὐτοῖς ἐκ τοῦ παραλόγου καὶ τοῦ παραδόξου καραδοκοῦντες, ἀλλὰ πρὸς τοῦ θεοῦ διαρρήδην ἐπὶ τὰς ποινὰς τῶν πεπολιτευμένων ἀγόμενοι. ὧν γὰρ ἄνωθέν τι κατεγνώσθη παθεῖν, χωροῦσιν ἐπὶ τὰς τιμωρίας αὐτόματοι. [5] χωρὶς δὲ τούτων ὑμεῖς μὲν πολιτείας εὐνόμου προκινδυνεύοντες καθίστασθε εἰς ξυμβολὴν τήνδε, οἱ δὲ νεωτερίζουσιν ἐπὶ τοῖς νόμοις ζυγομαχοῦντες, οὐ παραπέμψειν τι τῶν ὑπαρχόντων ἐς διαδόχους προσδοκῶντές τινας, ἀλλ̓ εὖ εἰδότες ὡς συναπολεῖται αὐτοῖς ἅπαντα καὶ μετ̓ ἐφημέρου βιοτεύουσι τῆς ἐλπίδος. [6] ὥστε καταφρονεῖσθαι τὰ μάλιστά εἰσιν ἄξιοι. τῶν γὰρ οὐ νόμῳ καὶ ἀγαθῇ πολιτείᾳ ξυνισταμένων ἀπολέλειπται μὲν ἀρετὴ πᾶσα, διακέκριται δέ, ὡς τὸ εἰκός, ἡ νίκη, οὐκ εἰωθυῖα. [7] ταῖς ἀρεταῖς ἀντιτάσσεσθαι.’ τοιαύτην μὲν ὁ Ναρσῆς τὴν παρακέλευσιν ἐποιήσατο. (…)

[4] Ellos desean la muerte con un impulso irracional y, mostrando una precipitación de locos, prefieren morir abierta y osadamente sin ampararse en una perspectiva propicia, ni esperar que les sobrevenga algo inopinado e imprevisto. Son conducidos por Dios de forma explícita hacia su condena por causa de su organización social y quienes sufren el decreto de lo alto avanzan espontáneamente hacia su castigo. [5] Vosotros, sin embargo, ajenos a eso, os planteáis esta contienda aceptando los riesgos en defensa de unas instituciones legales. Ellos actúan sediciosamente en su enfrentamiento a las leyes sin esperar transmitir algo de su condición a sus sucesores, sino siendo bien conscientes de que todo su mundo será destruido y de que su esperanza de vida será efímera. [6] De ese modo, merecen en grado sumo ser despreciados. No queda virtud alguna en quienes no se sustentan en la ley y en unas instituciones decorosas. El resultado está decidido ya que, como es lógico, la victoria no suele erigir sus líneas contra las manifestaciones de la virtud.” Éste fue la arenga que pronunció Narsés.

Procopio de Cesarea, Historias, VIII 30.4-7.


775.

El César Carlos era dado, al parecer, a la melancolía. Oyendo esta pieza musical no puedes evitar imaginarlo en su retiro de Yuste, a la espera del reencuentro con su Dios, meditando sobre la vanidad del mundo, sus divertimentos, sus glorias, sus grandezas entreveradas de amarguras, entre las cuales no sería menor la pérdida de su amada esposa Isabel. El compositor Luis de Narváez (1500-ca. 1550) adaptó una obra previa del flamenco Josquin des Prez (1450-1521) cuyo título original era Mille regretz (“Mil pesares”). Tanto agradaba al soberano en su tristeza esta composición que se le conoció como “La canción del Emperador”.